“ESTO ES FUTBOL, NO LA CATEQUESIS”

Hace cuatro años que la selección española de futbol inició un ciclo triunfal que se puede cerrar esta noche con un rotundo balance de dos Eurocopas y un Mundial. Durante estos años se han establecido numerosas analogías entre la selección y el FC Barcelona hasta el punto de identificar sus estilos bajo el denominador común del tiqui-taca. Esta identificación es por lo menos grosera, pues si bien es cierto que los dos equipos comparten  la utilización estratégica de la posesión del balón lo hacen representando esquemas tácticos claramente diferenciados.

También se ha querido buscar una analogía entre la personalidad de Pep Guardiola y la de Vicente del Bosque, ambos de carácter afable y poco dado a la bronca, elegantes en el trato y la palabra. Pero esta comparación también es superficial, del Bosque no tiene ni un ápice del carácter mesiánico y evangelizador de Guardiola. Y mientras que el estilo de juego es para Vicente del Bosque un resultado de los jugadores con los que cuenta para Guardiola es más bien un acto de fe, una convicción en la superioridad de un estilo de juego sobre los otros. Mas que como El Filosofo, Guardiola habría jugado el papel de evangelista.

Sea como fuera su mensaje ha calado. Hace unos meses concluimos en otra entrada que “lo maravilloso del fútbol y de los filósofos del juego bonito es que han hecho de la necesidad virtud y han convertido algo que simplemente está desregularizado [la posesión del balón que en otros deportes está acotada y reglamentada] en el verdadero canón estético del fútbol”.  Pues bien, ahora nos encontramos con este fragmento extraído de una entrevista  a Vicente del Bosque para el diario As:
“¿Cuándo maduró lo del falso nueve?
Como consecuencia de que Pirlo y De Rossi inician muy bien el juego y queríamos taponarle la salida del balón.
¿Eso significa jugar en función del rival?
¿Y por qué no? Tampoco somos tan soberbios para decir que no tenemos que pensar en el contrario. Entonces no iríamos ni a ver los partidos de los rivales, ¿para qué vamos a ir? Si fuéramos tan buenos y tuviéramos esa soberbia, que es malísima, malísima compañera, diríamos: nosotros vamos a lo nuestro. Claro que vamos a lo nuestro, pero hay detalles del rival que debemos contrarrestar. Ya dije que esto es la Eurocopa, que aquí están las mejores selecciones de Europa y que hay que estudiar cada detalle”

La acusación (pues no se le puede llamar pregunta) del periodista de jugar en función del rival sólo es imaginable en un mundo en el que el mensaje de  Guardiola ha triunfado,  en el que el estilo es innegociable independientemente del rival y de las circunstancias. Pero el seleccionador se nos revela como de la vieja guardia y su respuesta lo separa definitivamente del pensamiento Guardiola.

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EN SERIO CON LAS SERIES

En la vida cotidiana manejamos las ideas de una manera práctica, heurística, como si realmente supiéramos lo que queremos decir y como si lo que decimos sólo tuviera una lectura posible. Tratamos unívocamente ideas complejas y soterramos bajo su aparente uniformidad todo un entramado de relaciones complejas; cada uno dice lo que quiere y el que escucha entiende lo que le da la gana. Procedemos, en definitiva, como sofistas con ideas como Democracia, Cultura, Ciencia, Igualdad. La labor del filósofo, por el contrario, consiste en desenmarañar estas ideas y pulirlas hasta que cumplan el precepto cartesiano de la claridad y la distinción. Esto puede parecer un tema muy serio y aburrido, ocurrencias de filósofos que tienen demasiado tiempo libre. Yo, que no soy filósofo y que de tiempo libre ando bastante escaso, voy a intentar ilustrar esta cuestión con un ejemplo cercano.

Una de estas ideas cuya aparente claridad viene dada por su indefinición es la idea de unidad y la relación de las partes con el todo. Todos creemos saber en que consiste tal cosa y si yo os dijera, por ejemplo, que la justicia, la sensatez y la piedad son partes de la virtud no tendríais ningún problema en entender lo que os estoy diciendo y podríamos empezar a discutir sobre el tema inmediatamente. Vosotros me podríais decir que si la piedad sí que si la piedad no, pero ninguno (los filósofos no contáis) me contestaríais lo que Platón le contestó al sofista:

 – ¿Qué clase de unidad es la virtud? La justicia, la sensatez y la piedad ¿son partes de la virtud, o bien éstas que acabo de nombrar son todas nombres de una sola realidad? Esto es lo que quiero saber.
– Fácil resulta, Sócrates, responder a esto: al ser la virtud una, son partes las que mencionabas.
¿Son partes a la manera que la boca, la nariz, los ojos, los oídos, son partes del rostro, o la manera en que lo son las partes del oro, que en nada difieren entre sí y cada una con respecto el todo, excepto en la grandeza o la pequeñez?

El acierto de Gustavo Bueno fue convertir este texto marginal del Protágoras de Platón en una de las distinciones básicas del materialismo filosófico: la que diferencia entre totalidades atributivas (la cara con respecto a sus partes) y totalidades distributivas (los lingotes de oro). En un caso las partes aparecen vinculadas entre sí, referidas las unas a las otras, mientras que en el otro caso las partes se relacionan directamente con el todo, lo ejemplifican, independientemente de que puedan establecerse relaciones entre ellas.

Me diréis que os había prometido un ejemplo cercano y, en lugar de eso, me he ido 2500 años atrás para hablaros de Platón y de las totalidades atributivas y distributivas. Pero no desesperéis que todo llega en la vida.

Seguro que la mayoría de vosotros seguís alguna serie de televisión. Si no es Perdidos, habréis visto Juego de Tronos y si no Los Simpson, Friends o Aida. Pues bien, si aceptamos que cada serie es una totalidad y que los capítulos son sus partes, podríamos preguntarnos, siguiendo a Platón, si estas partes siguen el patrón de la nariz y la boca con respecto a la cara o, por el contrario, se comportan como los lingotes con respecto a la barra de oro.

Intuitivamente se puede apreciar diferencias entre unas series y otras. Pero no podríamos hacerlas explicitas de no haber diferenciado antes entre especies de totalidades. Así unas series funcionan como totalidades atributivas (Perdidos, Juego de Tronos, 24) en las que los capítulos se interrelacionan unos con otros y no se entienden por separado (no constituyen unidades aisladas), mientras que otras conforman totalidades distributivas (Los Simpson, Cheer’s, Friends) donde cada capítulo reproduce unos esquemas determinados que permiten una mayor independencia (sin por ello dejar de estar relacionados). Es por ello que en unas series tenemos la sensación de no poder perdernos ningún capítulo porque si no “perdemos el hilo” mientras que en otras esta exigencia de fidelidad no es tan estricta. Y lo dicho de las series televisivas se podría extrapolar a las series cinematográficas. Pocos empezarían El Señor de los Anillos o El Padrino por la segunda película pero no tendrían inconveniente en ver primero Indiana Jones en la Última Cruzada antes que En busca del arca perdida o ver Torrente 3 sin haber visto ninguna de las anteriores.

Si, después de todo, os sigue pareciendo la filosofía como algo inútil, propio de gente ociosa, intentad explicarlo renunciando a las herramientas que nos brinda la filosofía.

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A VUELTAS CON DESCARTES: ORIGEN

 

Implantando ideas.

¿Cuál es el parásito más resistente? ¿Una bacteria? ¿Un virus? ¿Una lombriz intestinal? Una idea. Resistente, muy contagiosa. Una vez que una idea se ha apoderado del cerebro es casi imposible erradicarla. Una idea totalmente formada y entendida se queda ahí.

Ya dijimos, a la hora de comentar El show de Truman, que la hipótesis del genio maligno en versión cinematográfica ha adoptado dos vestimentas claramente diferenciadas: por un lado se nos ha representado como un genio maligno que actúa paratéticamente, colándose en la mente de sus victimas para engañarles  y, del otro lado, se nos ha representado apotéticamente, actuando a  una escala más etológica, donde el engaño se asemeja más a la tela que teje la araña para atrapar a su victima. Origen (Inception, Christopher Nolan, 2010) caería del lado del primer grupo.

Origen parte de la premisa freudiana de que los sueños son el portal de entrada al subconsciente y es la herramienta de la que se sirven Cobb y su equipo para extraer los secretos mejor guardados de sus victimas a través del sueño compartido. Como Cobb le explica a la nueva arquitecta, “tu creas el mundo del sueño, nosotros colocamos al sujeto en el sueño y él lo llena con su subconsciente”. Como vemos lo mismo son espías que podían haber sido psicoanalistas.

El éxito de su trabajo se fundamenta en la dificultad que tiene la victima para distinguir el sueño de la vigilia (“los sueños nos parecen reales mientras los tenemos, sólo cuando nos despertamos nos damos cuenta de que algo no cuadra”) por lo que en este punto la conexión con Descartes ya es evidente, al ser ese  el segundo supuesto sobre el que asentaba su duda metódica.

La trama de la película se centra en el nuevo encargo que reciben Cobb y sus colaboradores. Ahora no se trata ya de extraer información sino de implantarla (eso es a lo que refiere “origen”), dejarla alojada en el subconsciente de la victima para que crezca como una semilla y se apodere de su mente.  “Se necesita la visión más simple de una idea para que ésta se desarrolle de la forma mas natural en la mente del sujeto”. La victima es Robert Fisher, el heredero de una gran empresa energética al que deben inducir para que desmantele el imperio de su padre. Para ello disponen de las diez horas del vuelo Sidney-Los Ángeles, tiempo en el que se desarrollará el “sueño compartido”.  Hay que tener en cuenta que según la película a cinco minutos reales le corresponde una hora en el sueño y teniendo en cuenta que establecen otros dos niveles más de sueños dentro del sueño es de suponer que disponen de tiempo más que suficiente. Como era de esperar , al tratarse de una película de acción, la cosa se complica y finalmente no les sobrará precisamente el tiempo.

Para que el engaño surta efecto es necesaria, en primer lugar, la participación del químico. Será el encargado de preparar el sedante adecuado para garantizar el sueño durante tantas horas y con tanta profundidad. En segundo lugar, es imprescindible la participación de la arquitecta que es quien tiene que decorar y dar verosimilitud a los sueños de Fisher. También se necesita un falsificador capaz de adoptar en los sueños diferentes personalidades con las que poder ´ganarse la confianza de la victima. Y, por último, tenemos la maquina que hace posible todo el invento, que conecta todos los sueños en un escenario común  Estos son los instrumentos de los que se sirve el genio maligno para envolver la conciencia de su presa.

En el comentario de El show de Truman dijimos que la versión paratética del genio maligno irremediablemente se vería abocada a presentar una visión reduccionista de la mente: o bien mentalista o bien fisicalista. Parece claro que en el caso de Origen nos encontramos con su vertiente mentalista, puesto que los que entran finalmente en juego son las propias proyecciones conscientes e inconscientes de los personajes. Las mentes se comunican e interactúan. Si de El show de Truman dijimos que presentaba una versión digerible de la hipótesis del genio maligno para los presupuestos del materialismo filosófico, no podemos decir lo mismo de Origen pues su versión idealista de la hipótesis la sitúa más bien en la orbita del mentalismo y el psicoanálisis. Se trata, en definitiva, del engaño propio de la hipnosis.

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iTUNES U

Es posible simplificar sin caer en la caricatura. De hecho, eso hacen los buenos profesores: transmiten un esquema veraz pero simple, una plantilla que los alumnos pueden ir afinando por su cuenta. Una buena muestra es este curso introductorio de Peter Millican. Lo recomiendo a cualquiera como una práctica de inglés y, en especial, a los profesores de filosofía para que imiten la exposición inteligible, ordenada y clara. Se puede descargar entero en iTunes U, la sección de iTunes dedicada a la universidad. En ella están disponibles cientos de cursos sobre filosofía. En algunos, el sonido parece salir de un transistor, en otros, sin embargo, los defectos de contenido se perciben en estéreo.

Hay un tipo de estudiante que oculta sus fuentes. Se resiste a compartirlas por vanidad, con la esperanza de retrasar el descubrimiento de que su agudeza es, a fin de cuentas, un talento locuaz para la paráfrasis, para el remiendo y el gato por liebre. Nosotros tenemos otros vicios, pero menos repugnantes; lo que encontramos interesante aparece aquí.

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NÚMERO TREINTA Y CUATRO

METASCIENTIA: Teorías de la ciencia a la luz de los neutrinos, por Bruno Cicero

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TEORÍAS DE LA CIENCIA A LA LUZ DE LOS NEUTRINOS

Desde que allá, por septiembre del año pasado, investigadores del CERN encontraran “evidencias experimentales” de que los neutrinos podían viajar a una velocidad superior a la de la luz hasta su fatal y decepcionante desenlace, hemos asistido a un periodo en el que la incontinencia especulativa ha sido la tónica general. Esto ha sido así hasta el punto de que, estas partículas subatómicas, han pasado de ser un concepto más o menos marginal dentro de la física de partículas a convertirse en trending topic de corrillos y tertulias.

La cuestión de fondo era que estos resultados experimentales entrarían en conflicto con  el supuesto básico de la teoría de la relatividad que defiende que ningún cuerpo puede viajar a una velocidad superlumínica. “Los neutrinos ponen en jaque la teoría de Albert Einstein”, “Golpe a la relatividad”, “¿El fin de la teoría de la relatividad?”… son algunos de los titulares con los que los medios recibieron la inquietante noticia. Hubo unos cuantos a los que, ante esta posibilidad, sólo les faltó aplaudir con las orejas y no porque se abriera paso a los viajes en el tiempo y a contactos con otras civilizaciones extraterrestres (ahí sólo aplaudía Iker Jiménez y sus colaboradores de Cuarto Milenio) sino porque este hallazgo parecía confirmar una creencia mucho más arraigada en nuestros días: la contingencia de las verdades científicas.

El hecho de plantear la cuestión en estos términos es ya indicativo de una determinada concepción acerca de lo que sea la ciencia. Una vez descubierto el fallo, los principales damnificados de todo este asunto no son ni los científicos del CERN ni, por supuesto, el bueno de Albert Einstein, sino las propias teorías de la ciencia que han servido de soporte para tanta especulación. La cuestión ahora es ver cuáles han sido estas teorías y en que medida se han visto afectadas.

En la búsqueda del culpable, la primera pista con la que nos encontramos es que, en todo momento, se ha planteado la cuestión como un supuesto conflicto entre una teoría por un lado, y unos hechos por el otro. De esta manera, teoría y  hechos seguirían cursos paralelos, cada uno con una realidad independiente. De las cuatro familias de teorías de la ciencia que distingue la Teoría del cierre categorial, tres asumen esta distinción por lo que sólo podemos exculpar hasta el momento al circularismo que, por definición, es “toda teoría de la ciencia que termine, no ya ignorando, sino negando la distinción hipostasiada entre la forma y la materia de las ciencias”.   Para el materialismo filósofico las teorías científicas no explican los hechos ni los describen sino que, en todo caso, se construyen con los hechos. Hechos y teorías podrán ser disociados pero en ningún caso distinguidas como entidades separadas. Es por esto por lo que no tendría sentido desde parámetros circularistas plantear la problemática de los neutrinos en los términos que se ha planteado. Entre otras cosas porque sólo con un alarde de imaginación se pueden considerar los neutrinos como hechos puros dados en la Naturaleza.

Cualquiera de las otras tres familias de teorías daría cobertura a esta polémica aunque los términos del conflicto fueran diferentes. Y esto es así porque las tres comparten la asunción de los hechos como realidades dadas al margen de las teorías, que serán descritos por estas (descripcionismo),  las falsaran o verificaran (teoreticismo) o, por el contrario, se adecuaran a ellas (adecuacionismo). Las diferencias entre unas y otras vendrán determinadas por el lugar en el que se coloque el acento de la verdad científica.

El descripcionismo coloca el acento en los hechos, “interpretando a todas aquellas cosas que puedan encontrarse asociadas al proceso científico (lenguaje, instituciones sociales, experimentos, manipulaciones con aparatos, libros, razonamientos, …) como formas que, más que contribuir a la conformación o constitución de la verdad científica (que se supone ya dada) estuvieran destinados en un principio, a titulo de métodos, a facilitar el acceso a las verdades manifestadas por las descripciones de los hechos o de los fenómenos”.  La verdad en este caso se nos presenta como aletheia, como desvelamiento de la realidad. En nuestro caso, a la física no le queda otra cosa que amoldarse a los hechos, y si los neutrinos fueran finalmente más rápidos que la luz se tendría que plegar a esta circunstancia. Son los hechos los que marcan el paso.

Para el teoreticismo, por el contrario,  la verdad científica caería del lado de la teoría, de la forma. Desde esta perspectiva verdad vendría a significar coherencia del corpus teórico. Pero “en la medida en que se suponga la posibilidad de sistemas coherentes que, sin embargo, no son científicos (incluso pueden ser metáfisicos) es evidente que el teoreticismo tendrá que volverse de algún modo a la materia. Este es el verdadero problema de fondo que, a nuestro juicio, se encierra tras el problema de la demarcación” En la versión más refinada del teoreticismo sería a través de la falsación como se establecen estos contactos con los hechos. Las verdades científicas se nos presentan, desde esta perspectiva, como provisionales pues tienen que poder ser falsadas para ser científicas. Ésta parece ser la concepción de la ciencia más seriamente comprometida por el caso de los neutrinos, que habrían venido a falsar la teoría de la relatividad que hasta la fecha se había mostrado solvente.

Por último, el adecuacionismo, que sitúa la verdad no en la forma ni en la materia, sino en la adecuación de forma y matería, sumaría las desventajas del teoreticismo a las del descripcionismo y en nuestro caso también supondría un rechazo a la teoría de la relatividad pues ya no encaja con la nueva realidad aportada por los neutrinos superlumínicos.

El problema no es, en este caso, si la verdad se coloca del lado de la teoría o del lado de los hechos porque en ambas situaciones el resultado es el mismo, el problema estriba en la propia distinción entre hechos y teorías que es la que posibilita semejantes falacias.

Por último, sería oportuno señalar que el principio por el cual la teoría de la relatividad mantiene constante la velocidad de la luz y que determina que ningun otro cuerpo pueda superar esa velocidad, no es en modo alguno una verdad contingente, que se encuentre aislada de otros postulados cientificos y que pudiera ser derribada manteniendo en pie el edificio. En este principio confluyen, por el contrario, tanto el principio de relatividad de Galileo como las ecuaciones de transformación de Lorenz o la propia ecuación relativista (e= mc2) entre otras. Con semejantes mimbres bien se puede hacer un cesto

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NÚMERO TREINTA Y TRES

A HOMBROS DE PLATÓN: Ante la propuesta de reforma de la ley del aborto, por Nicolás Azcona.

SECUENCIAS: The Artist y la esencia del cine por Bruno Cicero.

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