EL SHOW DE TRUMAN O LA VERSIÓN MATERIALISTA DE LA HIPÓTESIS DEL GENIO MALIGNO.

Supondré, pues, que no un Dios óptimo, fuente de la verdad, sino algún genio maligno de extremado poder e inteligencia pone todo su empeño en hacerme errar, creeré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y todo lo externo no son más que engaños de sueños con los que ha puesto una celada a mi credulidad. Descartes, Meditaciones Metafisicas.

La hipótesis del genio maligno y la consiguiente incapacidad para distinguir ficción de realidad es uno de los temas filosóficos más recurrentes en la historia del cine. Es bien probable que ninguno de los cineastas que la han plasmado en imágenes conociera las Meditaciones Metafísicas  ni las doctrinas del filósofo francés, pero eso no quita ni un ápice de interés al hecho de que objetivamente hayan traducido sus palabras al lenguaje de los veinticuatro fotogramas por segundo. Hay versiones para todos los gustos, las hay más fuertes o más débiles, más fieles o más libres a la imaginada por Descartes. Pero todas ellas, como veremos, se pueden reducir a dos grandes grupos: aquellas que representan al  genio engañador actuando paratéticamente o, por el contrario, las que entienden que lo hace apotéticamente. En el primer caso nos encontraremos con que el engañador se “mete” dentro de la cabeza de su víctima y del otro la envolverá operativamente “desde fuera”, a distancia.

Matrix y la más reciente Origen constituirían dos claros ejemplos de películas de la primera clase mientras que en el grupo de las versiones apotéticas del genio maligno podríamos englobar todas aquellas que nos representan el engaño desde la perspectiva de la teoría de juegos, en las que el lenguaje suele ser el “arma homicida” para atrapar a la víctima en su red de mentiras y manipulaciones. La huella y Sospechosos Habituales pueden ser dos de sus ejemplos más relevantes. Como veremos, El show de Truman se nos presenta como un caso particular y excepcional dentro de este último grupo.

Desde otra perspectiva, si analizamos estos dos grandes grupos atendiendo a la fortaleza o debilidad con la que se nos presenta la hipótesis cartesiana (entendiendo fortaleza como potencial engañador) nos encontraremos con que las primeras son versiones fuertes de la misma mientras que las segundas serían bastante más débiles. Lo que nos llevaría a pensar que las versiones paratéticas serían más fieles al espíritu cartesiano (cuya hipótesis era radical pues afectaba la propia estructura lógica y matemática de la conciencia) mientras que las representaciones apotéticas le estarían traicionando inevitablemente. Bendita traición. Pues al entrar a considerar el sustrato filosófico que sustenta cada una de las versiones, nos encontramos con que las primeras nos conducirán forzosamente a tesis fisicalistas o mentalistas, incompatibles con las tesis del materialismo filosófico, en las que la conciencia se reduce al cerebro o a representaciones introspectivas de la mente humana, mientras que en el segundo de los casos la interpretación del genio maligno es mucho más digerible desde nuestros supuestos. La  conciencia no se agota en el interior de nuestras cabezas, sino que se desenvuelve externamente y la manera de poder manipularla es operativamente “desde fuera”.

 

El show de Truman.

No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Karl Marx, Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política.

 

La historia de Truman Burbank, protagonista sin saberlo del espectáculo televisivo más grande y exitoso jamás producido, es susceptible de ser abordada filosóficamente desde varias perspectivas. Se puede hablar de los ecos platónicos de la misma y su “salida de la caverna”, se podría centrar en los aspectos bioéticos que supone la compra por parte de una corporación privada por primera  vez de un embrión humano o abordarla desde la perspectiva de la televisión formal y sus derivaciones ontológicas. Pero aquí nos centraremos en sus implicaciones sobre la hipótesis del genio maligno.

 

En este caso, el genio maligno está personificado por Christof, el director del programa de televisión que ha controlado todos los aspectos de la vida de Truman desde su nacimiento. Su familia, sus amigos, sus miedos e inquietudes, todos los hilos de su existencia han sido movidos por el visionario director. Pero una serie fatal de errores (un foco que se cae, un ascensor con doble fondo…) provocan que el bueno de Truman comience a dudar e inician el “despertar de su conciencia” hasta llegar al momento culminante de la película en el que Christof descubre sus cartas ante Truman en un último intento desesperado para que continúe en el show, esta vez voluntariamente.

 

Es en este momento final cuando la hipótesis del genio maligno se nos presenta en toda su crudeza. Ante las palabras de Christof de que le conoce mejor de lo que Truman mismo se conoce, éste replica diciéndole que “nunca has tenido una cámara en mi cabeza” asumiendo así que su “interioridad” ha estado siempre a buen recaudo, inalcanzable para el genio maligno. El idealista Truman lo está siendo ahora más que nunca.  Pero si asumimos la tesis central de todo materialismo, a saber, que son las condiciones reales de existencia las que determinan la conciencia y, en el caso de Truman, todas ellas han sido controladas por el genio maligno ¿cuál es esa interioridad de la que habla Truman?  Su error es considerar que su conciencia sólo podría ser  manipulada y controlada paratéticamente cuando apotéticamente Christof tenía todo lo que necesitaba. ¿Para qué iba a necesitar entonces poner una cámara en su cabeza?



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