THE ARTIST Y LA ESENCIA DEL CINE

Si ya de por sí, en los tiempos que corren, es difícil encontrar llena una sala de cine, hacerlo para ver una película muda y en blanco y negro, parece más bien un milagro. Pues bien, ayer fui a ver The Artist y con decir que me tuve que sentar en la siempre cómoda y agradable cuarta fila, creo que es suficiente. Punto para el equipo de Hazanavicius.

La película, a pesar de contener tres o cuatro momentos magníficos, difícilmente hubiera pasado la criba de público y crítica de no ser por su apuesta estética. La trama no deja de ser una revisión en tono romántico de la obra maestra de Billy Wilder, El crepúsculo de los dioses (1950), pues como ella, nos cuenta el proceso de declive de una gran estrella del cine mudo incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos venidos de la mano del sonoro. Es, por tanto, en su sintaxis donde hay que buscar su especificidad.

La elección “formal” de la película puede haber respondido a dos tipos diferentes de exigencias. La primera es de carácter “filológico”, que buscara el rigor histórico no sólo en la vestimenta de los personajes, coches y demás elementos de atrezzo sino también en la propia manera de hacer la película, en la fidelidad al modo de hacer películas de la época. La apuesta estética desde esta perspectiva quedaría ciertamente relativizada, sería como aquella otra de Mel Gibson de usar el arameo y el latín para rodar su Pasión de Cristo. Así, tan importante sería en la pelicula el uso del formato académico (1:33:1) como el rodaje en blanco y negro o la ausencia de diálogos hablados.

La otra posibilidad es bastante más jugosa, la elección de un estilo en lugar de otro, no respondería a exigencias de la historia, sino que sería una elección del director con la que pretende decirnos algo. Cuando elige hacer una película muda lo que estaría haciendo es defender una determinada tesis sobre el cine y su historia: el director nos estaría diciendo que en la época del cine digital y en 3D, de los efectos visuales y las pantallas panorámicas, es posible aún volver a los orígenes y tratar de rescata la “esencia” inmutable del cine. El cine sería esto que vemos en The Artist, todo lo demás es cosmética. Los cambios que los años han traído consigo no han hecho sino envolver esta esencia debajo de unas cuantas capas de barniz. Sólo era necesaria mostrarla tal cual era en realidad, para que público y crítica quedaran iluminados ante su belleza.

Pero no todos las innovaciones en la historia del cine han sido cosméticas, superficiales. Puede que lo fuera la introducción del color o los diferentes formatos cinematográficos. Pero la transformación del cine mudo al sonoro no tuvo nada de cosmético (aunque esa pudiera ser la intención inicial de los grandes productores) pues supuso una verdadera vuelta del revés en el modo de hacer cine. Todo cambió, el número de planos, la duración de los mismos, el montaje, las técnicas de interpretación… No hubo refugio alguno en el que se pudiera resguardar la supuesta esencia inmutable del cine.

Y es en este punto donde la película hace trampa, pues nos presenta una película muda con la sintaxis de una película moderna. Como si la introducción del sonoro hubiera sido un cambio cosmético más que, en todo caso, sólo afectase a las nuevas exigencias para los actores.

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