ANTE LA PROPUESTA DE REFORMA DE LA LEY DEL ABORTO

Análisis ético

En esta entrada se parte de los principios de la ética materialista tal como han sido expuestos por Gustavo Bueno y David Alvargonzález. En virtud de dichos principios, se considerará “ética” a toda acción humana que esté formalmente orientada al mantenimiento de la fortaleza del sujeto humano y, por tanto, que suponga la salvaguarda de la integridad física y psicológica del individuo humano corpóreo. La fortaleza de carácter se entenderá como firmeza cuando vaya dirigida a uno mismo y como generosidad cuando se dirija a los otros.

Para determinar cuál es la referencia efectiva de la ética, es necesario considerar la distinción entre individuo y persona, supuesto que no son la misma cosa. Un individuo humano es un sujeto biológico humano indivisible, dotado de una identidad genética y somática. En la escala ontogenética (la del desarrollo de un organismo particular), el individuo humano nacido se irá convirtiendo en persona progresivamente cuando empiece a hablar, y cuando ingrese, por derecho propio, en ese mundo de normas y valores éticos, morales y políticos que conforma la “sociedad de personas”.

La vida personal se constituye como tal a través de la inserción objetiva del individuo humano en un mundo de valores éticos, morales y políticos. Por eso, la vida personal es, por su propia naturaleza, objeto de consideración ética. Por su parte, el individuo humano es condición sine qua non de la persona humana. Sin individuo no hay ni puede haber persona. Esta circunstancia hace que también el individuo sea, a través de la persona, objeto de consideración ética. La relación entre el individuo humano y la persona humana puede considerarse canónica cuando se da la correspondencia entre un individuo humano biológico y una persona humana. La presencia de un individuo humano, sin la correspondiente presencia de una persona humana, es una de las posibles “desviaciones” de la situación canónica. Dicha desviación obliga a considerar cuál es estatuto ético de un individuo no personal. Se hace necesario, en este punto, distinguir dos situaciones: la del individuo que, no siendo persona en acto, lo es en potencia; y la del individuo que, no siendo persona en acto, tampoco lo es en potencia. El primer caso entra dentro del campo de la ética, dada la conexión virtual entre la vida individual y la vida personal. El segundo plantea una dificultad característica: la desconexión objetiva entre la vida individual y la vida personal actúa a modo de fuerza centrífuga, empujando al individuo no personal fuera del campo de la ética; la prudencia y el afán por reconocer visos de vida personal actúan, por su parte, a modo de fuerza centrípeta, contrarrestando la anterior y procurando mantener al individuo en el campo de la ética. Según lo dicho, la ética exige la conservación de los individuos que, no siendo personas, están camino de serlo (embriones, fetos, neonatos, infantes); también la de aquellos individuos cuya personalidad ha “desfallecido” de forma temporal y reversible (sujetos profundamente dormidos, etc.) o que se hallan en las primeras etapas de un proceso de desvanecimiento personal irreversible (fases iniciales de la enfermedad de Alzheimer). La cuestión es más problemática, sin embargo, cuando hablamos de individuos que no llegarán a desarrollarse como personas más que en un grado infinitesimal (anencefalia, parálisis cerebral, etc.). En estos casos puede estar éticamente justificado el aborto provocado eugenésico, como se verá más adelante. También es problemática la situación de individuos que, no habiendo muerto, han desfallecido de forma irreversible como personas (últimas fases de la enfermedad de Alzheimer, estado vegetativo permanente, etc.). En estos casos, puede estar éticamente justificada la eutanasia.

Desde el momento de la implantación del embrión humano en el útero, nos encontramos ante un individuo humano en formación dotado de una identidad genética y somática irreductible a la de sus progenitores. En condiciones normales, dicho individuo acabará siendo una persona humana. Por tanto, y sin lugar a dudas, la ética exige su protección. Sin embargo, en determinadas circunstancias, puede producirse una situación de conflicto objetivo entre los dos individuos involucrados en el embarazo, a saber, la madre y el embrión o el feto. Cuando se trata de un embarazo producido de intento y con un embrión sano, ese conflicto no se da. Sin embargo, existen cuatro circunstancias en las que el conflicto aparece y en las que el aborto provocado es éticamente legítimo.

  1. Cuando el embarazo se ha producido por violación, en contra de la voluntad de la madre, parece lógico que no se puede exigir a la mujer violada que continúe con un embarazo que ella no buscó; un embarazo del que no es responsable y que, de llevarse a término, tendría como producto un hijo cuyo padre biológico sería el violador. Esta situación justifica que el amparo de la mujer y de su propia firmeza pese más que la generosidad hacia el embrión.
  2. Otro caso que también plantea un conflicto entre la generosidad hacia el embrión o el feto y la firmeza de la madre es el del llamado aborto provocado eugenésico. Es la situación en la que se pueda determinar la existencia de malformaciones graves del embrión o el feto. En estos casos el aborto sería éticamente legítimo en la medida en que pueda considerarse que la firmeza de la madre quedaría comprometida ante la perspectiva de llevar a término el embarazo de un embrión o un feto malformado. Por eso, en el conflicto entre la madre y el embrión, la mujer puede optar por la firmeza propia para asegurar su supervivencia.
  3. La situación más clara en la que el conflicto entre el embrión o el feto y la madre es objetivo se da cuando el embarazo pone en grave riesgo la vida o la salud de la mujer embarazada, porque, entonces, la firmeza de la mujer, la exigencia de seguir viviendo, compromete de manera radical la generosidad hacia el embrión.
  4. Por último, podría reconocerse la existencia de un conflicto objetivo entre el embrión o el feto y la madre cuando el embarazo, no siendo buscado, sobreviene de forma accidental por fallo de los métodos anticonceptivos empleados por la mujer y el hombre coimplicado en el proceso. En este tipo de situaciones, la virtud de la generosidad exigiría llevar a término el embarazo y preservar la vida del embrión o el feto que, una vez nacido, podría ser dado en adopción, en el caso de que sus padres biológicos no quisieran hacerse cargo de él. Pero no es nada evidente que ese comportamiento generoso pueda reivindicarse como norma ética general, ya que no todas las mujeres tienen por qué partir de una situación de fortaleza tal que les permita afrontar, sin resentimiento de su propia firmeza, un embarazo no buscado y que, de hecho, se ha procurado evitar de forma activa mediante el uso de los métodos anticonceptivos disponibles.

Es necesario discutir también la situación del aborto provocado cuando afecta a embarazos normales (con fetos bien formados) que son fruto de una práctica sexual consentida no acompañada de los preceptivos métodos anticonceptivos. En nuestro entorno, la información sobre anticoncepción es fácilmente accesible y existe una amplia gama de métodos anticonceptivos a disposición de las parejas y a precios asequibles. La mujer que, no habiendo usado dichos métodos, intenta justificar el aborto provocado en el hecho de “no haber sido deseado el embarazo”, incurre en una manifiesta incoherencia entre sus actos anteriores, al practicar sexo heterosexual sin medidas anticonceptivas, y la situación actual de no desear el embarazo. En este caso el aborto provocado no está amparado por ninguna causa objetiva, es enteramente gratuito, y constituye una falta ética contra el feto. Este tipo de aborto, éticamente reprobable, podría ser contemplado como una infracción que debiera acarrear contraprestaciones, como servicios a la comunidad, fuertes multas o cursos obligatorios de reeducación.

Análisis político

La ley española de 1985 reconocía tres supuestos de despenalización del aborto que coinciden con las tres primeras situaciones de conflicto objetivo entre el feto y la madre que hemos expuesto más arriba. Dicha coincidencia pone de manifiesto la pretensión de la ley de ajustarse a la ética, despenalizando el aborto en tres de los cuatro casos en los que éste está éticamente justificado. El cuarto caso, no contemplado por la ley, es el de un embarazo que, no siendo buscado, sobreviene por fallo de los métodos anticonceptivos empleados.

El primer supuesto recogido por la ley despenalizaba el aborto por riesgo para la vida o la salud física o psíquica de la madre. Como es sabido, la cláusula de la salud psíquica se convirtió en un coladero, dando lugar a una aplicación fraudulenta de la ley que permitía la existencia, en España, como cuestión de hecho, del aborto libre y sin plazo. En la práctica, la mujer que quería abortar (por las razones que fueran) acudía a la consulta de un psiquiatra que, en unos pocos minutos, diagnosticaba con su “ciencia” psiquiátrica que, si la mujer continuaba con el embarazo, se pondría en grave peligro su salud psíquica. El ginecólogo y su equipo, ante tal diagnóstico “científico”, provocaban a la mujer gestante el aborto para salvarla de ese peligro que amenazaba gravemente su salud psíquica. En España era muy fácil, pues, abortar en las clínicas privadas, aunque era mucho más difícil que el Estado cubriera los gastos de un aborto en la sanidad pública, una situación que establecía una clara discriminación por razones económicas.

La actual ley de salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria del embarazo declara el derecho de la madre a disponer de su cuerpo y emplea el eufemismo “interrupción voluntaria del embarazo” para sustituir al sintagma “aborto provocado”. El otro organismo involucrado (el embrión o el feto) no aparece, pues, por ningún lado. Sin embargo, la realidad, por más que quiera enmascararse, es que reconocer el derecho de la madre a interrumpir su embarazo no es otra cosa que reconocer su derecho incondicional (aunque dentro de un plazo) a destruir el embrión o el feto que está gestando, sin tener en cuenta las posibles implicaciones éticas de ese acto, sin discernir en qué casos está justificado y en cuáles no. La ley actual, pues, se desmarca de la ética, ya en su misma formulación, no tiene inconveniente en conculcarla y es, en este sentido, menos “virtuosa” que la ley de 1985.  No obstante, tiene ventajas importantes en su aplicación práctica, pues no incurre en fraude, impone un plazo límite y no introduce discriminaciones por motivos económicos, al prever la cobertura universal de los gastos del aborto provocado en la sanidad pública por el Estado.

El actual ministro de justicia propone volver a la ley de 1985, pero articulando los mecanismos necesarios para ejercer un mayor control que permita acabar con el “coladero” representado por la cláusula de la salud psíquica. El objetivo es regresar a una ley más ajustada a la ética, pero evitando su aplicación fraudulenta, que había supuesto, en la práctica, la existencia del aborto libre y sin plazo en España. A la espera de la concreción del proyecto, quisiera señalar, simplemente, algunos aspectos que me parecen problemáticos:

–          No se contemplaría la despenalización del aborto por fallo de los métodos anticonceptivos, aun cuando podría estar éticamente justificado, como hemos intentado mostrar. Parece que solo una ley de “aborto libre” puede dar amparo a esta situación, pues una ley restrictiva, ante la imposibilidad de discernir si la mujer gestante que quiere abortar se ha quedado embarazada por negligencia o por fallo de las medidas anticonceptivas tomadas, tenderá a asimilar el segundo caso al primero, y no dará, en definitiva, amparo legal a ninguno de los dos.

–          Podría desencadenarse un “turismo del aborto” de mujeres españolas que, ante la imposibilidad de abortar en España sin contraprestaciones legales, y en el supuesto de que dispusieran de capacidad económica, viajarían a otros países con leyes de “aborto libre” para someterse a la operación.

–          Podría florecer un circuito de “clínicas” clandestinas que practicarían abortos, sin el control sanitario requerido, a aquellas mujeres que no pudieran costearse el viaje a otros países.

Cabe pensar que una ley restrictiva como la que se propone podría tener la virtud de propiciar, en base a su capacidad coercitiva, un comportamiento más ético por parte de la sociedad, y determinar, en concreto, un descenso del número de “abortos negligentes”, que son la mayoría. Sin embargo, a la hora de inculcar hábitos sociales, una ley no es suficiente si no va acompañada de un esfuerzo real en el terreno educativo.

 

 

 

 

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THE ARTIST Y LA ESENCIA DEL CINE

Si ya de por sí, en los tiempos que corren, es difícil encontrar llena una sala de cine, hacerlo para ver una película muda y en blanco y negro, parece más bien un milagro. Pues bien, ayer fui a ver The Artist y con decir que me tuve que sentar en la siempre cómoda y agradable cuarta fila, creo que es suficiente. Punto para el equipo de Hazanavicius.

La película, a pesar de contener tres o cuatro momentos magníficos, difícilmente hubiera pasado la criba de público y crítica de no ser por su apuesta estética. La trama no deja de ser una revisión en tono romántico de la obra maestra de Billy Wilder, El crepúsculo de los dioses (1950), pues como ella, nos cuenta el proceso de declive de una gran estrella del cine mudo incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos venidos de la mano del sonoro. Es, por tanto, en su sintaxis donde hay que buscar su especificidad.

La elección “formal” de la película puede haber respondido a dos tipos diferentes de exigencias. La primera es de carácter “filológico”, que buscara el rigor histórico no sólo en la vestimenta de los personajes, coches y demás elementos de atrezzo sino también en la propia manera de hacer la película, en la fidelidad al modo de hacer películas de la época. La apuesta estética desde esta perspectiva quedaría ciertamente relativizada, sería como aquella otra de Mel Gibson de usar el arameo y el latín para rodar su Pasión de Cristo. Así, tan importante sería en la pelicula el uso del formato académico (1:33:1) como el rodaje en blanco y negro o la ausencia de diálogos hablados.

La otra posibilidad es bastante más jugosa, la elección de un estilo en lugar de otro, no respondería a exigencias de la historia, sino que sería una elección del director con la que pretende decirnos algo. Cuando elige hacer una película muda lo que estaría haciendo es defender una determinada tesis sobre el cine y su historia: el director nos estaría diciendo que en la época del cine digital y en 3D, de los efectos visuales y las pantallas panorámicas, es posible aún volver a los orígenes y tratar de rescata la “esencia” inmutable del cine. El cine sería esto que vemos en The Artist, todo lo demás es cosmética. Los cambios que los años han traído consigo no han hecho sino envolver esta esencia debajo de unas cuantas capas de barniz. Sólo era necesaria mostrarla tal cual era en realidad, para que público y crítica quedaran iluminados ante su belleza.

Pero no todos las innovaciones en la historia del cine han sido cosméticas, superficiales. Puede que lo fuera la introducción del color o los diferentes formatos cinematográficos. Pero la transformación del cine mudo al sonoro no tuvo nada de cosmético (aunque esa pudiera ser la intención inicial de los grandes productores) pues supuso una verdadera vuelta del revés en el modo de hacer cine. Todo cambió, el número de planos, la duración de los mismos, el montaje, las técnicas de interpretación… No hubo refugio alguno en el que se pudiera resguardar la supuesta esencia inmutable del cine.

Y es en este punto donde la película hace trampa, pues nos presenta una película muda con la sintaxis de una película moderna. Como si la introducción del sonoro hubiera sido un cambio cosmético más que, en todo caso, sólo afectase a las nuevas exigencias para los actores.

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NÚMERO TREINTA Y DOS

LOS MITOS DEL PRESENTE: De la lotería, por Bruno Cicero.

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DE LA LOTERÍA

Como todos los años, la suerte ha acudido puntual a su cita con la Navidad. Hace poco más de una semana hemos asistido a las oportunas celebraciones con las que los agraciados (en su mayor parte oscenses) reciben a la diosa Fortuna y, en unos días, la estampa navideña se repetirá con motivo del sorteo del Niño. La Navidad se va convirtiendo progresivamente en el periodo no lectivo que transcurre entre los dos grandes sorteos del año. El lema escogido para la campaña publicitaría de este año nos muestra de un modo explícito los nutrientes básicos de tan insigne institución: “Cada Navidad, tus sueños hacen posible la Lotería. Si sueñas, Loterías”. No se nos engaña diciendo que la Lotería hará realidad nuestros sueños, lo que se nos dice es que son precisamente nuestras ensoñaciones las que hacen posible la Lotería. En un momento como el actual, sueños son lo que nos sobra.

Sobre la irracionalidad de la Lotería y otros juegos de azar ya escribió Gustavo Bueno su sexta propuesta para el nuevo milenio hace ya más de 15 años. En este texto asumiremos lo que ahí decía Bueno y, aprovechando el tono del anuncio de este años, le incorporaremos alguna de las claves psicológicas que la sustentan.

Si se considera el reparto desigual de las riquezas como un mal social, no veo por qué, el hecho de que esa desigualdad nazca del azar, iba a tornarlo en un bien. Lo único que supone esto es una aleatorización del desigual reparto de riquezas. Quizás en el caso de la lotería esta irracionalidad cuesta un poco verla pues, en definitiva, tenemos un 0,015% de probabilidades de volvernos millonarios. Con otros ejemplos menos gratificantes esto se verá mucho más claro. No creo que nadie que sea contrario a la pena de muerte, la vería como algo positivo si se nos dijera que las ejecuciones iban a ser aleatorias. Parece pues, que en el caso de las riquezas, el problema no es tanto que exista desigualdad social, sino que lo que realmente nos molesta es que los ricos no seamos nosotros.

Pero la lotería es doblemente irracional, pues supone el caldo de cultivo perfecto para todo tipo de supersticiones que buscan atraer la suerte. Desde el que pasa el décimo por la chepa del vecino, hasta el que compra un número determinado porque ha tenido un pálpito, los días previos al sorteo parecen un festival de magia simpática.

Por otro lado, la Lotería se aprovecha de los mismos mecanismos psicológicos que soportan otras modalidades de juego como puedan ser las conocidas como “maquinas tragaperras”. Una vez que entras en la dinámica del juego es fácil entrar en una cadena de pensamientos de carácter contrafáctico (“y si…”) que te lleve a invertir una cantidad de dinero difícil de asumir por cualquier economía familiar. De esta manera el jugador patológico de lotería  la comprará en su trabajo (si lo tiene), en su lugar de vacaciones, en la gasolinera donde reposta el coche, en el bar donde para… no vaya a ser que toque ahí justo y no haya comprado lotería. Al igual que el que juega a la tragaperras sigue jugando, cada vez más compulsivamente, no vaya a ser que justo en la siguiente jugada la maquina dé el premio y se lo lleve el mirón que me ha estado observando todo el rato.

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NÚMERO TREINTA Y UNO

Porque a falta de pan buenas son tortas aquí os dejamos lo único que hemos podido rescatar de la tempestad y el infortunio.

MISCELÁNEA: La estética del futbol y la posesión del balón, por Bruno Cicero

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LA ESTÉTICA DEL FUTBOL Y LA POSESIÓN DEL BALÓN

Suenan tambores de guerra, llega el primer clásico de la temporada en liga, el primer “partido del siglo” del año, el partido con más epítetos y sobrenombres del futbol mundial.  Es el momento propicio para volver a leer y escuchar  todos los tópicos con los que se viene adornando este partido desde que ocupa el banquillo madridista José Mourinho. Se nos dira que se enfrentan dos maneras antagónicas de entender el futbol, dos filosofías de juego contrapuestas. De un lado, la que entiende el futbol como una rama de la estética frente a la otra que se aferra al resultadismo del “hay que ganar como sea”. Esto no es otra cosa que una revisión actualizada de la eterna polémica entre menottistas y bilardistas, entre  el futbol constructivo y elaborado frente al meramentedestructivo o, como incluso se ha llegado a interpretar, el futbol contra el anti-futbol. Que tamaña batalla se esté librando en nuestro futbol no haría otra cosa que engrandecerlo y dotar el enfrentamiento entre Real Madrid y FC Barcelona de una dimensión más épica todavía.

El hecho de hacer uso de estas distinciones es una prueba de que la guerra ideológica la ha ganado definitivamente Bilardo. Todos hemos asumido que jugar bien o mal al futbol es sinónimo de jugar bonito o feo, que el futbol es una categoría estética.  No hace tantos años que en España se destituyó a un entrenador tras  haber ganado una liga porque no jugaba bonito (“superadas con éxito las urgencias iniciales, el Real Madrid y sus aficionados necesitaban ganar con buen juego”).

No pretendemos en esta entrada negar cualquier pretensión estética al futbol, simplemente nos limitaremos a poner al descubierto los pilares sobre los que se asienta.

Siempre me ha llamado la atención que solamente  en el futbol son aplicables estas categorías estéticas. A nadie se le ocurriría decir que la defensa en zona es más bonita o estética que la defensa individual, y mucho menos aplicar las nociones de belleza a una carrera de 100 metros lisos o a una maratón. ¿Por qué se aplica entonces al futbol?¿en base a qué se dice que un equipo jugó mejor que el otro en un partido de futbol? ¿Cuál es el criterio estético en futbol? Si traducimos el partido en estadísticas, parece que lo que lleva la carga estética no son los goles, ni siquiera las ocasiones de gol o las llegadas al área sino que, por el contrario, el criterio que buscamos es la posesión del balón.

Esto sí que es algo exclusivo y distintivo del futbol. En otros deportes la posesión de la pelota está reglamentada. Un equipo de baloncesto dispone de 24 segundos para finalizar la jugada, algo similar ocurre en el hockey o en el futbol americano. Esta regla sirve de garantía para mantener  la dinámica del juego, la “jugabilidad”. Las dimensiones del campo y el hecho de que se juegue con los pies provocan que limitar el tiempo de finalización de una jugada sea inviable en el caso del futbol. Esta peculiaridad no debería suponer que el criterio de “jugabilidad” sea distinto en el futbol que en el baloncesto, pues en los pocos casos en los que sí se puede reglamentar la posesión del balón (los saques a balón parado o el tiempo del que dispone el portero para poner el balón en juego) se hace en el mismo sentido que en el resto de los deportes. Así que lo maravilloso del futbol y de los filósofos del juego bonito es que han hecho de la necesidad virtud y han convertido algo que simplemente esta desregularizado en el verdadero canon estético del futbol.

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NÚMERO TREINTA

MISCELÁNEA: Aniversario, por Ricardo Nava

MISCELÁNEA: Una reflexión personal, por Blanca Trujillo

PAPELERA DE PRENSA: Pienso, luego existo: el golpe de gracia para la filosofía, por Bruno Cicero.

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