EN SERIO CON LAS SERIES

En la vida cotidiana manejamos las ideas de una manera práctica, heurística, como si realmente supiéramos lo que queremos decir y como si lo que decimos sólo tuviera una lectura posible. Tratamos unívocamente ideas complejas y soterramos bajo su aparente uniformidad todo un entramado de relaciones complejas; cada uno dice lo que quiere y el que escucha entiende lo que le da la gana. Procedemos, en definitiva, como sofistas con ideas como Democracia, Cultura, Ciencia, Igualdad. La labor del filósofo, por el contrario, consiste en desenmarañar estas ideas y pulirlas hasta que cumplan el precepto cartesiano de la claridad y la distinción. Esto puede parecer un tema muy serio y aburrido, ocurrencias de filósofos que tienen demasiado tiempo libre. Yo, que no soy filósofo y que de tiempo libre ando bastante escaso, voy a intentar ilustrar esta cuestión con un ejemplo cercano.

Una de estas ideas cuya aparente claridad viene dada por su indefinición es la idea de unidad y la relación de las partes con el todo. Todos creemos saber en que consiste tal cosa y si yo os dijera, por ejemplo, que la justicia, la sensatez y la piedad son partes de la virtud no tendríais ningún problema en entender lo que os estoy diciendo y podríamos empezar a discutir sobre el tema inmediatamente. Vosotros me podríais decir que si la piedad sí que si la piedad no, pero ninguno (los filósofos no contáis) me contestaríais lo que Platón le contestó al sofista:

 – ¿Qué clase de unidad es la virtud? La justicia, la sensatez y la piedad ¿son partes de la virtud, o bien éstas que acabo de nombrar son todas nombres de una sola realidad? Esto es lo que quiero saber.
– Fácil resulta, Sócrates, responder a esto: al ser la virtud una, son partes las que mencionabas.
¿Son partes a la manera que la boca, la nariz, los ojos, los oídos, son partes del rostro, o la manera en que lo son las partes del oro, que en nada difieren entre sí y cada una con respecto el todo, excepto en la grandeza o la pequeñez?

El acierto de Gustavo Bueno fue convertir este texto marginal del Protágoras de Platón en una de las distinciones básicas del materialismo filosófico: la que diferencia entre totalidades atributivas (la cara con respecto a sus partes) y totalidades distributivas (los lingotes de oro). En un caso las partes aparecen vinculadas entre sí, referidas las unas a las otras, mientras que en el otro caso las partes se relacionan directamente con el todo, lo ejemplifican, independientemente de que puedan establecerse relaciones entre ellas.

Me diréis que os había prometido un ejemplo cercano y, en lugar de eso, me he ido 2500 años atrás para hablaros de Platón y de las totalidades atributivas y distributivas. Pero no desesperéis que todo llega en la vida.

Seguro que la mayoría de vosotros seguís alguna serie de televisión. Si no es Perdidos, habréis visto Juego de Tronos y si no Los Simpson, Friends o Aida. Pues bien, si aceptamos que cada serie es una totalidad y que los capítulos son sus partes, podríamos preguntarnos, siguiendo a Platón, si estas partes siguen el patrón de la nariz y la boca con respecto a la cara o, por el contrario, se comportan como los lingotes con respecto a la barra de oro.

Intuitivamente se puede apreciar diferencias entre unas series y otras. Pero no podríamos hacerlas explicitas de no haber diferenciado antes entre especies de totalidades. Así unas series funcionan como totalidades atributivas (Perdidos, Juego de Tronos, 24) en las que los capítulos se interrelacionan unos con otros y no se entienden por separado (no constituyen unidades aisladas), mientras que otras conforman totalidades distributivas (Los Simpson, Cheer’s, Friends) donde cada capítulo reproduce unos esquemas determinados que permiten una mayor independencia (sin por ello dejar de estar relacionados). Es por ello que en unas series tenemos la sensación de no poder perdernos ningún capítulo porque si no “perdemos el hilo” mientras que en otras esta exigencia de fidelidad no es tan estricta. Y lo dicho de las series televisivas se podría extrapolar a las series cinematográficas. Pocos empezarían El Señor de los Anillos o El Padrino por la segunda película pero no tendrían inconveniente en ver primero Indiana Jones en la Última Cruzada antes que En busca del arca perdida o ver Torrente 3 sin haber visto ninguna de las anteriores.

Si, después de todo, os sigue pareciendo la filosofía como algo inútil, propio de gente ociosa, intentad explicarlo renunciando a las herramientas que nos brinda la filosofía.

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