LA FÍSICA EN FEIJOO

Feijoo

Casi cualquier artículo sobre Feijoo es recomendable, aunque solo sea porque los extractos conducen al original con la misma frecuencia con que una puerta conduce al interior de un edificio. ¿Cuántos serán capaces de pasar por las citas sin que se despierte en ellos el interés por el texto del que proceden? Así pues, como mínimo, “La física en Feijóo: Tradición y renovación”, de Antonio Lafuente y Manuel A. Sellés, constituye una antología latente de los discursos y de las cartas en las que Feijoo aborda las ciencias naturales y, en particular, la física. Aparte de eso, muestra la importancia crucial del Teatro crítico y de las Cartas en el aggiornamento del debate filosófico en España.

A la pregunta sobre el rigor científico de Feijoo, los autores responden con una afirmación tajante. Por el modo de exponer y plantear los principales problemas físicos y químicos de la época no cabe deducir sino un conocimiento cabal y exacto. No obstante, en un punto del artículo sugieren que la presencia oblicua de Newton –pese a la importancia que le reconoce- tal vez se deba a un manejo de la geometría insuficiente para una exposición detallada.

El sistema copernicano es el asunto al que dedica más atención. En estos pasajes brilla la crítica del Teatro en clara contraposición con lo que Gustavo Bueno ha llamado cerrojo teológico y, en general, con las falacias que rehuyen el examen de un argumento apelando a razones extemporáneas. A Feijoo no le tiembla el pulso a la hora de examinar minuciosamente las tesis copernicanas o de reconocer que no se opone a ellas ninguna prueba matemática o natural. Después de exponer las razones favorables al Sistema copernicano, escribe:

“¿Qué le parece ya a Vmd.? ¿Está aún en que es quimérico el Sistema Copernicano? No lo pienso, porque sería menester una extrema rudeza para perseverar en ese dictamen, después de vistos los argumentos que he expuesto a su favor. Y aún restan otros algunos, nada despreciables, que he omitido por no ser prolijo. Yo por mí protesto, que si en esta cuestión no jugasen, sino razones Filosóficas, y Matemáticas, sería el más fino Copernicano del Mundo.”

A continuación, Feijoo se desmarca del sistema debido a su contradicción con las Sagradas Escrituras. ¿Se trataba de una cautela defensiva o de una reserva auténtica? Los autores restas importancia a la disyuntiva porque Feijoo trata las cuestiones astronómicas como un copernicano de hecho. Sea como sea, introduce el punto de vista helioestático lo bastante desarrollado como para que nadie pudiera obviarlos una vez considerados.

El artículo también repasa las críticas de Feijoo a la universidad, como principal responsable del atraso de las ciencias útiles en España. En el discurso “Sabiduría aparente” del Tomo segundo no puede ser más claro:

“El que estudió Lógica, y Metafísica, con lo demás que debajo del nombre de Filosofía se enseña en las Escuelas, por bien que sepa todo, sabe muy poco más que nada; pero suena mucho. Dícese que es un gran Filósofo, y no es Filósofo grande, ni chico. Todas las diez Categorías, juntamente con los ocho libros de los Físicos, y los dos adjuntos de Generatione, & Corruptione, puestos en el alambique de la Lógica, no darán una gota de verdadero espíritu filosófico, que explique en más vulgar fenómeno de todo el mundo sensible. Las ideas Aristotélicas están tan fuera de lo físico, como las Platónicas. La Física de la Escuela es pura Metafísica. Cuanto hasta ahora escribieron, y disputaron los Peripatéticos acerca del movimiento, no sirve para determinar cuál es la línea de reflexión por donde vuelve la pelota tirada a una pared, o cuánta es la velocidad conque baja el grave en un plano inclinado. El que por razones metafísicas, y comunísimas piensa llegar al verdadero conocimiento de la Naturaleza, delira tanto como el que juzga ser el dueño del mundo por tenerle en un mapa.”

Así pues, resulta imprescindible recurrir a otro tipo de estudio cuando se trata de conocer el efectivo funcionamiento de la naturaleza: “Es preciso, pues rendirse a la experiencia, si no queremos abandonar el camino real de la verdad; y buscar la naturaleza de sí misma, no en la engañosa imagen que de ella forma nuestra fantasía”, tal como afirma en “El gran Magisterio de la Experiencia”.

Esto solo es un botón de muestra. Con todo, no recomiendo el artículo sin reservas debido a una interpretación sesgada. Según los autores: “Cuando es acusado Feijóo de dedicarse a asuntos poco serios, su respuesta no deja lugar a dudas: ¿Acaso es más serio ocuparse en asuntos teológicos?”. Sin embargo, Feijoo dice otra cosa muy distinta: no pone en entredicho el interés de la teología, sino el de sus eventuales aportaciones que, a la vista de lo que ocurría en su época, corrían el riesgo de ser meras copias que corrompían la fuente o disparates innovadores fruto del afán de notoriedad (“Prólogo” del Tomo cuarto). Tal vez un desliz no tenga derecho a empañar un artículo entero. Para nuestra alegría, la única manera de comprobarlo es ir leyendo cada uno de los discursos y de las cartas a las que se van refiriendo.

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