EL DEBATE DE LOS TOROS

“Cataluña prohíbe las corridas de toros”. Este titular y otros por el estilo inundaban hace unos días los periódicos. Las reacciones no se han hecho esperar; taurinos y antitaurinos han manifestado sus opiniones sobre la decisión aprobada por el Parlamento de Cataluña. En esta entrada analizaremos algunas de esas opiniones e intentaremos arrojar algo de luz sobre este controvertido asunto.

Que la prohibición de los toros está vinculada al nacionalismo catalán es algo que no creo que, a estas alturas, y dados los resultados de la votación, nadie ponga en duda. Los parlamentarios catalanes, supuestamente movidos por motivos “éticos”, han sido selectivos en su persecución de la “tortura” animal: han ido contra las corridas de toros, pero no contra los correbous. Si solo se tratara, como han señalado en sus intervenciones públicas, de erradicar los últimos vestigios de cierta barbarie institucional dirigida contra los animales, ambas prácticas deberían haber sido prohibidas. Sin embargo, la condena solo ha recaído sobre aquella de las dos que, desde las coordenadas del nacionalismo catalán más o menos separatista, ha podido ser interpretada como una ceremonia española invasora.

 

En cualquier caso, y a pesar de que, como hemos intentado mostrar, la verdadera motivación de los parlamentarios catalanes no ha sido de naturaleza “ética”, es interesante analizar, no obstante, si la ética exige o no la prohibición de los toros. Pero antes de llevar a cabo dicho análisis, nos detendremos a considerar algunas de las críticas de los taurinos a la prohibición.

 

La reacción taurina ha girado en torno a tres ideas, a cual más compleja, abstracta y polisémica: tradición, libertad y cultura. Se proclama, desde esta reacción taurina, que los toros deben pervivir, porque son una tradición centenaria y un bien de interés cultural, y porque su prohibición atenta contra la libertad de quienes gustan de las corridas. Si analizamos las razones aducidas, podemos hacernos una idea del alcance y los límites de esta crítica. Empezando por el final (valga el contrasentido), es cierto que la prohibición de los toros supone un recorte de libertades ciudadanas. Así ocurre, en general, con toda prohibición. Por eso, desde los sectores liberales de las distintas corrientes de izquierda y de derecha, que insisten en la conexión interna entre democracia y libertad individual, se pide el fin de las políticas prohibicionistas. Pero, así como no hay democracia sin libertad, no es posible el estado sin prohibición, es decir, sin un ordenamiento jurídico que regule, poniendo límites, las relaciones de los individuos y los grupos que conviven en un mismo territorio, de forma muchas veces polémica. Por eso, el juicio crítico nunca debe limitarse a considerar la prohibición en sí misma, en tanto que acto de prohibir, sino que debe tener en cuenta su contenido. Una prohibición estará justificada, por ejemplo, si el recorte de “libertades” que conlleva tiene el fin de salvaguardar un principio ético fundamental, como ocurre con la prohibición del asesinato. En relación con el asunto que nos ocupa, la cuestión es la siguiente: ¿puede invocarse la ética para prohibir las corridas de toros y anular la “libertad” de quienes, en el pasado, podían participar y disfrutar de ellas?

 

El análisis llevado a cabo en relación con la libertad vale, en esencia, para enjuiciar la defensa de los toros basada en la idea de tradición. Como es obvio, una tradición no es buena por el mero hecho de existir, y a todos se nos vienen a la mente decenas de ejemplos históricos de tradiciones cuya extinción se ha promovido, de forma más o menos activa, muchas veces en nombre de la ética. De nada serviría, por tanto, insistir en el carácter tradicional de los toros en el caso de que se hubiera llegado a la conclusión, por consenso democrático mayoritario, de la naturaleza “bárbara” y antiética de dicha institución.

 

Por lo que se refiere a la defensa de los toros en base a razones “culturológicas”, es sabido que el PP tiene la intención, si gana las próximas elecciones generales, de promover la declaración de “la fiesta” como bien de interés cultural, lo que podría suponer que el Parlamento de Cataluña se viera obligado a revocar la prohibición. Por razones de tiempo y espacio, no podemos entrar a analizar en profundidad la fórmula “bien de interés cultural”, pero sí diremos que, aplicada a una institución o una ceremonia, supone considerarla una forma estilizada de “civilización”, un producto sublime capaz de “elevar” la condición humana. Así, la declaración del toreo como “bien de interés cultural” eliminaría, por principio, toda posibilidad de considerarlo como una forma de “barbarie” o tortura, o como un atentado contra la ética. Pero a nadie se le oculta que quienes proclaman la naturaleza sublime del toreo, y en base a ello niegan su posible carácter antiético, piden el principio.

 

De todo lo dicho hasta ahora, una cosa al menos podemos sacar en conclusión: es, esta de los toros, una cuestión difícil y problemática que exige un tratamiento filosófico, puesto que en ella están implicadas las Ideas de  Cultura, Civilización, Barbarie, Hombre y Animal. Salta a la vista, además, la necesidad de esclarecer si se trata o no de un asunto de naturaleza ética. De ello me ocuparé a continuación.

 

En este blog ya se ha planteado la distinción entre las etícas antrópicas y las éticas teriotrópicas. Las primeras toman como referencia del campo de la ética al individuo humano, mientras que las segundas amplían el campo de la ética hasta incluir en él a los grandes simios y otras especies animales próximas evolutivamente a la especie humana. Las éticas teriotrópicas suelen organizarse en base a un principio fundamental cuya formulación podría ser la siguiente: “no debo causar dolor o sufrimiento a cualquier individuo animal, humano o no humano, capaz de padecer dolor o sufrir de un modo consciente”.

Aquí dejaremos a un lado la discusión acerca de si los animales pueden o no sufrir, y supondremos que, de seguro, están sujetos a experimentar dolor y placer. En cuanto al toro de lidia, no tenemos inconveniente en reconocer que también él puede experimentar dolor, y qué de hecho así ocurre durante la corrida, pese a que, no obstante, es una cuestión controvertida. De acuerdo con lo que venimos diciendo, resulta evidente que, desde la perspectiva de las éticas teriotrópicas, el toreo es una institución antiética. Desde la perspectiva de las éticas antrópicas, en cambio, el toreo podrá considerarse, a lo sumo, antiestético (cuando no se considere, por el contrario, bello o artístico), pero no antiético, al menos en un sentido estricto.

 

La oposición entre las éticas teriotrópicas y las antrópicas exige tomar partido. En esta entrada, nos movemos en las coordenadas de una ética antrópica materialista. Las razones que nos mueven a ello son de dos tipos: por una parte, razones de principio: solo los seres humanos son sujetos éticos efectivos, es decir, sujetos que organizan su conducta a partir de principios éticos asumidos de un modo más o menos consciente; no cabe reconocer, en este punto, “la igualdad más allá de la humanidad” y, por tanto, no hay motivos para incluir a los animales en el campo de la ética (lo que no significa que nuestro trato con los animales no deba estar sujeto a normas). Por otra parte, razones de consecuencia: las consecuencias que se siguen de las éticas teriotrópicas pueden llegar a ser aberrantes, como lo es, por ejemplo, el hecho de considerar más grave matar a un animal adulto que a una cría humana recién nacida.

 

En todo caso, la cuestión del toreo sigue siendo problemática, aun a pesar de que se hayan asumido los principios de una ética antrópica, puesto que queda abierta la siguiente dificultad: aunque el toro no sea un sujeto de derechos éticos, ¿tenemos la obligación, en base a la normas de buen trato que nos imponemos para regular nuestras relaciones con los animales, de posicionarnos en contra de las corridas?

 

Se admiten opiniones.

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