A PROPÓSITO DE LOS SINDICATOS

Hace tiempo que venimos presenciando cómo, desde distintos sectores mediáticos,  se está creando una corriente de opinión realmente desfavorable hacia los partidos políticos y los sindicatos. Se trata, en la mayoría de los casos, de intentar desprestigiar a quienes participan de manera activa en este tipo de asociaciones, llegando a poner en cuestión la necesidad de su existencia, cuestionamiento que suele utilizar, entre otros argumentos, el del enorme coste que su subsistencia supone para las arcas del estado, que las financia a base de subvenciones.

Estos planteamientos, no lo olvidemos, calan hondo en la sociedad y son asumidos con bastante ardor desde el propio movimiento del 15-M.

Pues bien, lógico es preguntarse el porqué de esta campaña (creo que perfectamente se puede llamar así) y qué intereses están detrás.

Aunque siempre se hayan podido oír críticas más o menos aisladas y muy ideologizadas contra partidos y sindicatos, a nadie se le oculta que es a partir del estallido de la gran crisis, en la que nos hemos visto sumergidos, cuando desde grandes sectores de los medios de comunicación se produce un ensañamiento ciertamente preocupante. En este contexto, y centrándonos en las organizaciones sindicales (orillando a las políticas, que no son el objeto de estas reflexiones) parece bastante obvia la intención de desprestigiar, hasta la asfixia, a quienes todavía tienen una capacidad de reacción frente a las políticas económicas y sociales que se están imponiendo en todos los países europeos y que en España se están aplicando con devoción desde el gobierno de Zapatero.

Los sindicatos son organizaciones cuya existencia, no sólo reconoce, sino que ampara y promuevela Constituciónque, además, les reconoce el derecho a participar en las políticas públicas y en la planificación económica del Gobierno. Su existencia ha permitido asistir a un desarr0llo social que sin ellos habría sido totalmente imposible. Espero que no suene a demagógico decir que sin la lucha de los trabajadores organizados en asociaciones sindicales, las jornadas laborales, los descansos, los salarios dignos, la seguridad en el trabajo, las mejoras de tipo socio-familiar, la asistencia médica, y tantas otras cosas, sencillamente no existirían. En todo caso, y en alguna empresa en concreto, se podrían encontrar unas condiciones laborales dignas, dependiendo únicamente de la voluntad del empresario, condiciones cuya persistencia, por otra parte, nunca estaría garantizada.

Bien, si damos por bueno que la existencia de los sindicatos no es cuestionable desde el punto de vista de su legitimidad legal, ni tampoco desde el de sus fines, toca preguntarse de qué viven, cómo se financian.

Los sindicatos no son entelequias, los constituyen personas que se afilian a una determinada organización y que contribuyen económicamente mediante el pago de una cuota mensual. Además, al ser reconocidos como instituciones básicas del estado democrático, la constitución les reconoce el derecho a recibir fondos públicos que, como en el caso de los partidos políticos, están en función de la representación obtenida en las elecciones (puede ser conveniente reseñar que la participación en las elecciones sindicales arroja medias del 80% de los trabajadores censados, dato que puede contribuir a dar una idea del interés que para los propios trabajadores puede tener que existan los sindicatos). En cualquier caso, lo que quería resaltar es que el derecho a recibir fondos públicos no es exclusivo de partidos y sindicatos, asiste también  a los asociaciones culturales, sociales, juveniles, a las televisiones, al fútbol, etc. Y a la propia Iglesia Católica, que recibe al año 15 veces más que el conjunto de los sindicatos.

Pues bien, sabemos que el estado contribuye en una parte (si hablamos de los dos grandes sindicatos en menos del 10%) a la financiación de los sindicatos, y por esos ahora toca preguntarse ¿y para qué quieren los sindicatos tanto dinero?, ¿será para pagar a sus cuadros y permitirles vivir liberados de su obligaciones como trabajadores? La respuesta es no. Los trabajadores conocidos como “liberados”, lo son a base de la cesión de horas sindicales que les hacen sus compañeros. Digamos que ejercen sus funciones sindicales a jornada completa porque todos o una parte de sus compañeros renuncian a sus propias horas sindicales.

Por tanto, sus recursos se emplean en otra cosa, fundamentalmente en el desempeño de su cometido principal que es la acción sindical a través de la negociación colectiva. Al año se negocian miles de convenios en España, convenios cuya fuerza obligante vincula al empresario y beneficia a todos los trabajadores, estén o no afiliados

Además, los sindicatos, al igual que las organizaciones empresariales, son cesionarios de fondos públicos que han de invertir en la formación de los trabajadores, en impartir cursos de formación a afiliados y a no afiliados, y esto es así, porque el estado delega, en  los sindicatos y organizaciones patronales, la formación profesional de los trabajadores, que él no imparte con medios propios.

En fin, los sindicatos son organizaciones sociales básicas, cuya existencia no debería ser cuestionada en absoluto, o en todo caso, sólo desde posiciones que se declaren claramente contrarias a la mejora de la calidad de vida de los trabajadores y que aboguen sin tapujos por una organización económica en la que solamente una de las partes tenga capacidad de decisión.

Esta defensa de las organizaciones sindicales no debería ser entendida en ningún caso como una defensa a ultranza de las políticas sindicales, que obviamente han de ser criticadas en su aplicación práctica, como cualquier otra política que sigan los partidos o que aplique el gobierno, pero lo que sí ha de quedar claro es que su existencia como instituciones democráticas creadas para defender los derechos de los trabajadores es, en mi opinión, incuestionable desde posiciones políticas que se pretendan democráticas.

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