HAY QUE METER LA PATA SI SE QUIERE SACAR UN PIE

La Rochefoucauld (1613-1680)

“El afán por parecer listo impide llegar a serlo”. La Rochefoucauld

Tener fama de listo es envidiable. Por mucho que eleve las expectativas, y con ellas la probabilidad de un fracaso estrepitoso, también amortigua la decepción, pues los responsables de esa fama harán lo necesario para preservarla intacta: desde adelantar excusas que suavicen el batacazo hasta tejer una red de justificaciones que propulse al caído a su posición inicial, igual que una cama elástica debajo de un trapecio. El momento crucial se da cuando “fulanito es muy listo” se transforma en un mantra que rebota incluso en los labios de personas que nunca lo han tratado y que, por tanto, carecen de razones para difundir la noticia, más allá de un gusto franciscano por el manteo sin ton ni son. Cuando se alcanza ese consenso, el listo roza la impunidad. Si suelta una bobada, puede que el interlocutor la deforme hasta que insinúe algo agudo o erizado de segundas intenciones y, en caso de que la bobada sea de una pureza intratable, las posibilidades de que se pase por alto superan las que suele gozar un simple peatón (o un listo alejado de su hábitat). Por si fuera poco, la fama de listo provoca la apertura espontánea de puertas, bocas, brazos… sin olvidar las cremalleras (con perdón).

Ahora bien, el afán desmedido por obtener ese estatus –y la obsesión por conservarlo– conducen a una memez crónica. El alumno que confunde el error con la humillación, desenfoca el asunto que se estudia en beneficio de su imagen; olvida que el error es solidario de la conciencia, que la infalibilidad es un privilegio reservado a un ente que no existe (según los autobuses) o que no puede existir (según los materialistas). Cualquiera que eche un vistazo a las cosas que escribía hace unos años encontrará alguna tontería inevitable. La única manera de aprender algo es exponerse a la crítica y asimilarla cuando corresponda. Si alguien decidiera callar hasta alcanzar la certeza de atinar en todo, enmudecería o se agotaría en una indagación solitaria y pobre.  Cada vez que uno calla por miedo a equivocarse, o no admite una refutación a sabiendas de que es cierta, o finge conocer algo que en realidad ignora debería sentir un escalofrío en el frondoso pelaje de sus cuartos traseros, la sensación de que el calzado se apezuña. Si se quiere sacar un pie, hay que meter la pata.

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