LA PARADOJA NACIONALISTA

«Amenazada de muerte la nacionalidad vasca por el peligro de muerte que corre la raza, a punto de desaparecer su idioma y adulterados su espíritu y Tradición, el Nacionalismo Vasco aspira a purificar y vigorizar la raza, a depurar y difundir el euzkera hasta conseguir que sea la única lengua de Euzkadi y a purificar el espíritu y esclarecer la Tradición del Pueblo vasco, encomiándose sus trabajos en cuanto a este fin: A. A que el Pueblo vasco siga, fervorosamente, las enseñanzas de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana, como las siguió y observó en tiempos pasados, con exclusión absoluta de toda doctrina condenada por la Iglesia Católica. B. A que vuelvan a imperar los buenos usos y costumbres olvidados, fomentando los que se conservan y combatiendo los exóticos y perjudiciales. […]El Partido Nacionalista Vasco quiere la restauración completa de Araba, Gipuzkoa, Nabarra, Bizkaya, Laburdi y Zuberoa, de sus antiguas leyes fundamentales y el restablecimiento de sus Juntas Generales o Cortes Legisladoras y de todos los organismos de Gobierno y Administración de aquellos derivados.[…]Como consecuencia de ello pretende, especialmente la derogación por lo que hace a Araba, Gipuzkoa, Nabarra y Bizkaya, de la Ley de 25 de octubre de 1839, y en cuanto a Laburdi y Zuberoa, de las emanadas de los poderes de la Revolución francesa de 1789, y, en general, de todas cuantas otras leyes y disposiciones hayan sido dictadas por los gobiernos de Madrid y París que en algún modo impidan, amengüen o coarten el libre funcionamiento de aquellas Juntas o Cortes y la ejecución de sus legítimos mandatos. […] Dios y Ley Vieja.» (Manifiesto tradicional del PNV, 1906).

Por aquello de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, nos encontramos con que en España los nacionalismos fraccionarios tienen una cobertura ideológica y logística de la que seguramente carecen en el resto del mundo. Por querernos distanciar del régimen franquista hemos llegado a una situación esquizofrénica en la que defender la unidad del Estado y criticar los nacionalismos es sinónimo de ser de derechas o “facha”. Esta es la primera razón por la que la izquierda española se ha mostrado tradicionalmente condescendiente con el nacionalismo vasco o catalán. Cualquier defensa de la unidad del Estado es mirada como sospechosa y vigilada con cautela no sea que nos encontremos con algún fascista peligroso enmascarado. En cambio las propuestas independentistas de los nacionalismos periféricos, si bien no se comparten, son miradas con cierta comprensión y simpatía. Si a esto le sumas que la mayoría de nuestros políticos de izquierdas se tragan enterita con patatas la leyenda negra, tenemos como resultado la renuncia a una defensa ordenada y racional de la unidad del Estado, una dejación de funciones que le cede el monopolio de su defensa a la derecha. Pero ¿es mejor la situación si la miramos por el flanco derecho? Pues parece que no. Pese a que se les llena la boca con consignas propias del nacionalismo español más rancio son los primeros en pactar con el diablo para poder gobernar. No queda muy lejos aquel otro presidente que hablaba catalán en la intimidad, que se refería a ETA como el movimiento de liberación vasco o del que decía Arzalluz que habían conseguido más en 14 minutos con él que en 14 años con Felipe González. Todo ello viene auspiciado por un sistema electoral manifiestamente injusto que beneficia y da la llave de la gobernabilidad a los partidos nacionalistas. Mientras ésta sea la situación, mientras persista éste sistema electoral que favorece el chantaje nacionalista va a ser realmente difícil intentar restaurar la simetría regional en España la gobierne quien gobierne.

¿Es posible una defensa de la unidad del Estado desde los parámetros de la izquierda?

La respuesta es contundente, no sólo es posible sino que es necesaria. No se trata sólo de defender la unidad del Estado, porque Estados unidos hay de muchos tipos y no todos son asumibles desde la izquierda, sino que se trata de defender una unidad del Estado en los términos de simetría resultantes del proceso de holización política que supone la trituración de los estamentos del Antiguo Régimen en sus partes átomas, los individuos humanos, y su reconstrucción en un Estado nacional de ciudadanos iguales. Es precisamente contra este proceso holizador contra el que atentan los nacionalismos periféricos, Ahora mismo en España es difícil seguir manteniendo aquello de que “toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.. Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía”. Aquí todos somos iguales pero unos lo son más que otros. Hacer la vista gorda ante esta situación supone que la izquierda está en la práctica abdicando de ser izquierda.

Por otro lado, la defensa de la unidad del Estado es mantenida desde las coordenadas de una determinada filosofía política que considera como agentes políticos no las civilizaciones, ni las naciones en su sentido étnico, ni las clases sociales sino precisamente los Estados. En este contexto de dialéctica entre Estados no es asumible por ninguno de ellos desprenderse de ninguna parte de su fisonomía. El posible efecto contagio en otras regiones hace que en el caso español esta defensa sea más necesaria que en ningún otro.

Por otro lado, la izquierda en tanto que solidaria del racionalismo debe defender la unidad de España por una última razón: porque los argumentos esgrimidos para desmembrarla son falsos. Filosóficamente quizá sea la principal de las razones. Nunca exisitió nada parecido a la nación vasca o catalana, son construcciones con fecha de nacimiento y autor. Pero son tomadas como verdades reveladas que no pueden ponerse en duda y sobre las cuales se construye todo un discurso pensado precisamente para salvaguardarlas de la crítica racional. En esto nada tienen que envidiar (o mucho, según se mire) a la teología católica o cualquier otra nematología que en el mundo ha sido. Es labor propia del racionalismo filosófico intentar desentrañar esta maraña ideológica que le sirve de cinturón protector e ir al núcleo para criticarlo.

Como podéis comprobar en ningún momento se ha hablado en esta entrada ni de raza, ni de lengua, ni de culturas eternas para justificar la defensa de la unidad del Estado. Aun así habrá quien la califique de fascista y reaccionaria. Ese es su problema.

Pero lo más curioso de todo es que estos nacionalismos fraccionarios se autoconciben como de izquierdas cuando son la auténtica encarnación de la derecha en España. Son ellos los que apelan a la raza o a otros conceptos seculares suyos (cultura, etnia, lengua, etc.) para justificar sus ansias de independencia. Es tan curioso como que creyéndose antifranquistas son sus verdaderos herederos ideológicos. Lo único que cambia es la escala a la que se aplican los argumentos. Es más, si me fuerzas, la ecuación 1 lengua = 1 nación = 1 Estado o la defensa del pancatalanismo, les sitúa en la órbita de un tipo de nacionalismo cuya imagen difícilmente querrán ver reflejada en el espejo.


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