DE LA “SECUNDARIA” ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA

Vamos a ver, ¿qué es la enseñanza? Y yo qué coño sé. Para eso ya tenemos a catedráticos envarados y pedagogos progresistas que nos iluminan mientras brilla en sus ojos la luz de la esperanza en un mundo mejor. Será por esperanza… y por imaginar mundos mejores. Otra cosa es cuando pisas cada día la arena, pero claro, desde lo alto de las torres de marfil no se aprecian bien los detalles. Si se puede (y debe) hacer realpolitik, ¿por qué no tratar de sintetizar las vivencias e impresiones de un (por favor, cáptese la ironía) soldado de la educación? Puede ser entretenido, máxime si tenemos en cuenta que este soldado tiene un puesto por el que debe pelear en dos frentes a la vez: enseñar… y además filosofía.

Vayamos por partes. Quizá lo primero sea precisar, decepcionando a los más melodramáticos, que este sistema educativo con el que trabajamos no es ni el peor ni el mejor posible. Fallan cosas, pero no todo.  Lejos de mí tratar de solucionar el mundo en varias palabras, me limitaré a denunciar. Todo profesor ha escuchado alguna vez cosas tales como “¿No tienes miedo de que te agreda algún alumno?” No, por supuesto que no. Y no porque uno sea valiente, sino porque tampoco da miedo cruzar la calle o conducir un coche. Los accidentes ocurren, pero son accidentes. El problema no son los alumnos. En secundaria ya se intuye en qué tipo de personas se van a convertir, así que con no esperar nada de ellos tiendes a reaccionar con alegría y admiración a toda actitud correcta, interesante o simplemente buena (y hay varias cada día).

¿Qué es entonces lo denunciable? Muy sencillo, si satisfaces los deseos de la masa que rodea a la enseñanza, no tendrás problemas; si te atreves a remar contra corriente, lloverán las consecuencias. Seré claro, nunca un político ha criticado altas tasas de aprobados, nunca un inspector ha escarbado en un examen aprobado, nunca una madre o un padre se han quejado de que su hijito haya aprobado. Pero claro, hay que bajar a la arena para ver que a casi nadie importa el nivel de formación, lo quieren alto, pero que lleguen todos… y eso es la cuadratura del círculo. Como no se puede lograr, hay que buscar un chivo expiatorio: los vagos que ganan ingentes cantidades de dinero para toda la vida, suspendiendo porque sí en los pocos ratos en los que no están de vacaciones. No es fácil llegar a ser profesor de secundaria, pero los imbéciles no quieren saberlo; no ganamos lo que la gente supone, pero los imbéciles se regocijan de que nos hayan bajado el sueldo dos puntos porcentuales más que a la media de funcionarios españoles; no suspendemos porque sí, pero éste es el único argumento al que llega un imbécil; y tenemos estas vacaciones porque nos lo imponen así, pero los imbéciles no quieren pensar en que reducir vacaciones es algo que muchos veríamos lógico y racional. Con esta situación, cuesta hacer de Quijote y creer en algo. Como uno se siente bien siendo profesional, sigue haciendo su trabajo de la mejor manera posible, pero que nadie espere entusiasmo, sólo faltaba.

Ahora bien, lo peor de lo malo es que puede empeorar; hay algunos pobrecillos que además trabajan en una especialidad tan cómoda como la pregunta-losa que arrastra: “¿Y la filosofía para qué sirve?” La tentación es responder que para no parecer idiota abriendo la boca para preguntar, pero conviene no provocar al enemigo, sobre todo si este es todo un prohombre versado en derecho, ingeniería o arquitectura… Por eso muchos bienintencionados han tratado de responder: para que los alumnos aprendan a pensar. Se agradece, pero vaya… Vamos a ver, ¿acaso la gente va al gimnasio a aprender a levantar pesas o a aprender a correr con la cinta? Digo yo que, siguiendo el símil, vendrán de casa aprendidos a levantar cosas y a alternar rítmicamente el adelantamiento de cada uno de sus pies. El alumnado sabe pensar, no son vegetales. No puede venir por ahí la defensa, tampoco por el eterno “¡Ay, qué bonita la filosofía, a mí me gustaba mucho!”.  No enseñamos a pensar, y puede que no sea bonita, encima no te prepara para ninguna super-carrera de triunfadores, pero te permite ver lo que te rodea desde otras perspectivas, te enseña a analizar lo que quieres y defenderlo, a criticar todo y fiarte de muy pocas cosas. Todos somos borregos pastando en los mismos prados, pero cuando todo este jaleo vital esté a punto de acabarse solo algunos podrán sonreír porque alguna vez levantaron la cabeza para mirar alrededor y preguntarse todo lo que se les ocurrió acerca de ese prado tan raro donde habían pastado toda la vida. Para contribuir a esto sirve la enseñanza de la filosofía en secundaria, para observar y preguntar. ¿Que debería darse prioridad a otras cosas? Lo dudo, pero puede ser. Lo que es seguro es que también los imbéciles tienen sus argumentos para borrar a la filosofía del mapa, pero será mejor mirar para otro lado, que mañana hay que trabajar…y conviene no pensar demasiado en mataderos.

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