QUÉ LEER

No es lo mismo impugnar una doctrina en una tesis doctoral que hacerlo en las diez páginas de un artículo científico: los “géneros literarios” imponen límites y condiciones a la argumentación. La materia sobre la que se discute y el enfoque del texto añaden nuevas restricciones. Así pues, cada disciplina tiene un modo más o menos propio de argumentar, que no se agota en la propensión a cometer ciertas falacias o en la frecuencia con la que se recurre a unas figuras argumentativas antes que a otras, sino que modifica el asunto mismo del que se trata.

En un texto filosófico, el carácter vicioso o necesario de un argumento circular se dilucida más allá del propio argumento: no basta con clasificarlo después de haber reconocido un patrón. El lector lo desechará como una falacia, o lo aceptará como un recurso dialéctico-trascendental, solo tras haber examinado el sistema en el que se inscribe y las consecuencias que se desprenden de esa decisión. Un análisis formal es insuficiente y la neutralidad, imposible. Quienes profesan una filosofía –por muy borrosa o incipiente que sea– la llevan encima a todas horas y en todas partes, quieran o no. Dicho de un modo gráfico, nadie puede dejarse la piel a la entrada como quien cuelga el abrigo de un perchero.

Por su parte, los juristas mantienen a raya las consideraciones morales e históricas que no aparecen recogidas en el derecho positivo. Algo que reduce las interferencias personales del agente en beneficio de la ley puede convertirse, ampliado como regla de análisis general, en un sesgo reduccionista. La estructura política de España involucra aspectos ideológicos, económicos e históricos cuyo descarte deforma su planteamiento como problema. No se discute la necesidad de un enfoque estrictamente jurídico, sino que sea autosuficiente.

En resumen, los cultivadores de una disciplina tienden a extrapolar los métodos de argumentación con los que están más familiarizados. En esta entrada propongo un antídoto sencillo: leer documentos escritos desde otra perspectiva. Como el tiempo libre escasea y las ciencias puras requieren una formación previa sólida y ordenada, he elegido un sitio donde abundan artículos de ciencias humanas, bastante breves y más accesibles.  La página de las revistas científicas del CSIC ofrece pasillos de estanterías en las que hurgar en busca de lectura. El abanico de asuntos saciará al curioso más empedernido, pues hallará estudios sobre la función de los burdeles como espacios de sociabilidad y sobre el influjo de Cervantes en Calderón, así como unas páginas sobre el ocio de Madrid hacia 1900 y otras sobre la Cueva de Mazaculos II.

En algunos casos, los artículos no pueden descargarse cuando aparecen en el último número publicado (nada terrible, pues sospecho que vuestra impaciencia por devorarlos soportará unos meses de espera). El diseño de la página es tan transparente que no me aventuro a describirlo sin el talento de Cortázar. Por último, quisiera recomendar dos artículos de interés específicamente filosófico. El primero trata de identificar a los destinatarios reales de las burlas socráticas dirigidas contra Crátilo en el diálogo homónimo; el segundo trata sobre la impronta romana o germánica de los visigodos, cuya conclusión puede ponerse en relación con Ortega, que achacaba los supuestos males congénitos de nuestro país al predominio de los componentes romanos sobre los germánicos. De nada.

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