POLÍTICOS EN LA PICOTA

A juzgar por lo ocurrido esta semana, el desprestigio de la clase política va camino de tocar fondo, habiendo dejado atrás, ya hace tiempo, el punto de no retorno. Si creemos los resultados del mes de marzo del CIS, los políticos se han consolidado como el tercer mayor problema de España, al lado del paro y la situación económica, y muy por encima del terrorismo de ETA, la violencia contra las mujer, el racismo, la inmigración, etc. Por si fuera poco, la polémica decisión de los eurodiputados de negarse a viajar en clase turista para reducir costes y de no congelarse los salarios, ha levantado una tremenda polvareda en las redes sociales y en los medios de comunicación.

De esta manera, se ha abierto un debate público acerca del salario percibido por nuestros representantes no sólo en la eurocámara sino también a nivel nacional. Hay que tener sumo cuidado, pues resulta muy fácil verse arrastrado a posicionamientos demagógicos y populistas. La percepción general es que, en una época de vacas flacas, en la que se nos transmite el mensaje de que hay que apretarse el cinturón y con una tasa de paro desorbitada, son los políticos los primeros en no predicar con el ejemplo y no bajarse del carro de la bonanza económica.  “Caraduras”, “sinvergüenzas”, “chupópteros”… son algunos de los calificativos con los que en los últimos días se ha honrado la figura de nuestros gobernantes, incluso es posible encontrarlos todos juntos en algún artículo de opinión como éste que firma Esther Esteban.

Se podría decir que el estado de la opinión general se ha tornado arcilloso, perfectamente maleable, campo abonado para los sofistas, verdaderos esculpidores de opiniones, que con sus soflamas y arengas bien pudieran conducir a la población a su terreno. Son los peligros de argumentar con el estómago. Intentemos analizar la cuestión lo menos visceralmente posible.

Es evidente que existe una tremenda desproporción entre lo que los políticos perciben por su trabajo y el salario medio del ciudadano de a pie pero ¿está justificado? ¿en qué se fundamenta esta desigualdad? Si tenemos en cuenta cómo se calculan los salarios tipo para un determinado puesto de trabajo, veremos que la responsabilidad asumida por el trabajador en el desempeño de su función es una de las variables principales para determinar el montante que percibirá por su trabajo. Desde esta perspectiva,  esta brecha salarial no se nos presenta ya como desigualdad sino como la continuación lógica de la dinámica empresarial al ámbito público.

Por otra parte, no existe termino de comparación entre lo que puede percibir el Presidente del Gobierno, los ministros o cualquiera de los diputados y alcaldes con lo percibido por los grandes dirigentes empresariales españoles.  Si bien es cierto esto último, no les convendría a los políticos abusar de esta comparación con los empresarios (ni con los grandes futbolistas al estilo de Bono), porque llevado al límite este argumento es contraproducente: ¿Cuánto dinero ha generado con su trabajo Emilio Botín para el Banco Santander? ¿cuántas veces ha rentabilizado ya el Real Madrid el dinero invertido en el fichaje de Cristiano Ronaldo? ¿puede decir los mismo Bono o cualquier otro político teniendo en cuenta la situación económica del país? No será, por tanto, en base al rendimiento económico de su desempeño en lo que el político funde sus privilegios.

Otro argumento que se suele usar para justificar lo que cobran nuestros políticos es que esto sirve como freno a la corrupción política, así no necesitarán recurrir a los instrumentos del Estado para completar ilícitamente su sueldo.  No será más bien al revés, y al quitar cualquier atractivo adicional al puesto de gobernante nos desharemos también de los interesados, advenedizos y corruptos que se acercan a la política para medrar y buscan más su interés particular que el del Estado. Si el sueldo de los políticos se equiparara al de un funcionario medio  todos estos buscarían otro nicho más asequible y atractivo en el que colocar sus huevos. Pronto el número de políticos sería similar al de filósofos y sólo quedarían los que realmente buscan el bien del Estado y no el suyo particular.

Mi jefe siempre me vacila preguntándome sobre qué diría Platón sobre cualquier tema. Pues ahí va lo que dice sobre éste:

En el Estado serán ellos [los gobernantes] los únicos, entre los demás ciudadanos, a quienes esté prohibido manejar y hasta tocar el oro y la plata, guardarlos para sí, adornar con ellos sus vestidos, beber en copas de estos metales, y éste será el único medio de conservación así para ellos como para el Estado. Porque desde el momento en que se hicieran propietarios de tierras, de casa y de dinero, de guardianes que eran se convertirían en empresarios y labradores, y de defensores del Estado se convertirían en sus enemigos y sus tiranos: pasarían la vida aborreciéndose mutuamente y armándose lazos unos a otros: entonces los enemigos que más deberían temerse serían los de dentro, y el Estado y ello mismos correrían rápidamente hacia su ruina. (…) Ahora bien, en este momento nuestra tarea consiste en fundar un gobierno dichoso, a nuestro parecer por lo menos, un Estado en el que la felicidad no sea patrimonio de un pequeño número de particulares, sino común a toda la sociedad (…) no nos obligues a hacer que vaya unida a la condición de nuestros guardianes una felicidad que les haría dejar de ser lo que son.

Y más adelante:

Y así, el Estado nuestro y vuestro  vivirá a la luz del día, y no en sueños, como la mayor parte de los demás Estados, donde los jefes se baten por cosas vanas y se disputan con encarnizamiento la autoridad, que miran como un gran bien. Pero la verdad es que todo Estado en que los que deben mandar no muestren empeño por engrandecerse necesariamente ha de ser el que viva mejor (…) Pero dondequiera que hombres pobres , hambrientos de bienes y que no tienen nada por sí mismos, aspiren el mando, creyendo encontrar en él la riqueza que buscan, allí no ocurrirá así. Cuando se disputa y se usurpa la autoridad, esta guerra doméstica e intestina arruinará al fin al Estado y a sus jefes (…) Además no conviene confiar la autoridad a los que están ansiosos de poseerla.

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