PATTI SMITH EN EL PUPITRE

A los 21 años Patti Smith se plantó en Nueva York sin billete de vuelta. El poco dinero que llevaba no tardó en agotarse, así que: o regresaba a casa de sus padres, donde era muy querida y le aguardaba un futuro como empleada de sopas Campbell o Columbia Records; o permanecía en la ciudad sin dinero ni amigos a los que recurrir. Optó por quedarse y las penalidades acudieron en tromba. Carecía de techo y de comida, pasaba las noches en un vagón de metro, acurrucada en algún portal o tendida en un cementerio. Durante el día vagaba en busca de algo que llevarse a la boca: zoquetes de pan duro, el corazón de una lechuga mustia, pan de pita o tallos de apio. De vez en cuando se duchaba en la habitación de un algún excompañero de clase que se hubiese mudado a la ciudad para estudiar Bellas Artes. Pasó un mes antes de que encontrase un trabajo y  más tiempo antes de que el hambre dejara de acosarla. Durante semanas durmió en la tienda de la que era empleada: se escondía en el baño a la hora del cierre y luego salía para  descansar en el suelo sobre su gabardina. Al día siguiente fingía haber llegado muy temprano.  Subsistió gracias a la calderilla que sisaba de los abrigos de sus compañeros y que invertía en comprar galletas de una máquina expendedora. Por fin llegó la primera paga y el encuentro triple y casual con Robert Mapplethorpe. Los interesados pueden leer el resto en Éramos unos niños.

Debe de ser muy difícil soportar ese tipo de penurias, sobre todo cuando existe la posibilidad de cancelarlas con una llamada a cobro revertido. ¿Cómo se las arregló para aguantar el hambre, la suciedad y el miedo de dormir a la intemperie? Debido a su obsesión con los artistas: “Suspiraba por ingresar en el círculo de los artistas: su hambre, su modo de vestir, su proceso creativo y sus oraciones” y, en otro párrafo, “No me importaban los sufrimientos de tener vocación, sino carecer de ella”. Está claro que Patti Smith consideraba que los bohemios eran los artistas por excelencia, con su atuendo estrafalario y su martirio decimonónico en aras del Arte. Esta perspectiva presenta las adversidades como ocasiones de virtud artística en las que demostrar que la vocación es auténtica.

¿Qué hubiera sido de esta convicción si hubiese tenido un profesor de filosofía que profesase el materialismo filosófico? Por de pronto, sería diagnosticada como un caso de subjetivismo estético: las obras de arte se reducen a expresar o manifestar al artista, que pasa a ocupar el centro de la escena. Todo cuanto guarde relación con el autor cobra importancia: las manías, los cachivaches, los vicios, las costumbres, el aspecto… porque de su conjunción emana el arte. En el caso de Patti Smith, el subjetivismo no podía estar más exacerbado: el autor ocupa tanto espacio que desaloja a la obra y lo de menos es entregarse a la pintura, la poesía o la fotografía con tal de que aseguren el estatus de artista. Por otro lado, el profesor podría ejemplificar con la idea de arte los problemas de los universales: en qué nos fundamos para designar con el mismo término actividades tan dispares como el grabado y la composición de una fuga, hasta qué punto una idea alumbrada en la tradición occidental puede ampliarse para dar cuenta de prácticas ajenas a ella (qué lugar ocuparía la caligrafía japonesa o la música jemer), qué tipo de relación vincula las distintas especies de arte y qué consecuencias axiológicas tiene, si se puede sostener la división entre artes manuales y liberales… Tampoco estaría de más dar un repaso a los cambios que ha atravesado la consideración pública de los artistas: de los desfiles entre cocineros y criados a las peregrinaciones necrofílicas a Montmartre sin olvidar los ejemplares subvencionados y quejicas.

Después de una sacudida crítica similar, dudo que pudiera contemplar el arte y sus cultivadores con los mismos ojos, lo que sería lamentable: porque esa admisión acrítica del todo artístico le permitió abandonar el dibujo y concentrarse en la poesía, de donde se deslizó involuntariamente a la música pop. Obviamente, esto es el corolario bufo de una conjetura anacrónica, pero lo anterior es una prueba humilde (y algo cogida por los pelos) de que la filosofía no dispara con pólvora mojada ni habla del sexo de los ángeles.

In my Blakean year
I was so disposed
Toward a mission yet unclear
Advancing pole by pole
Fortune breathed into my ear
Mouthed a simple ode
One road is paved in gold
One road is just a road

In my Blakean year
Such a woeful schism
The pain of our existence
Was not as I envisioned
Boots that trudged from track to track
Worn down to the sole
One road is paved in gold
One road is just a road

Boots that tread from track to track
Worn down to the sole
One road is paved in gold
One road is just a road

In my Blakean year
Temptation but a hiss
Just a shallow spear
Robed in cowardice

Brace yourself for bitter flack
For a life sublime
A labyrinth of riches
Never shall unwind
The threads that bind the pilgrim’s sack
Are stitched into the Blakean back
So throw off your stupid cloak
Embrace all that you fear
For joy will conquer all despair
In my Blakean year

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