EL SÍNDROME DE ROBIN HOOD

El debate en torno a las descargas gratuitas de internet está minado, de principio a fin, por ideas filosóficas, soterradas, esperando que algún incauto las pise y vuele por los aires. Allí se habla de cultura, democracia o libertad como si se estuviera hablando de algo claro y distinto cuando realmente se está haciendo un uso mítico, metafísico, demagógico y tramposo de estas ideas.

Por la cultura a la democracia

El eslogan del Partido Pirata no puede ser más elocuente, “devolvemos la democracia a los ciudadanos”.  La tesis de fondo de los ideólogos de la cultura libre es que, sólo a través de la una democratización de la cultura, podemos tocar con las manos la verdadera democracia.  Internet nos ha brindado esta posibilidad de acceso libre y universal a los contenidos culturales. Un sueño que el lobby cultural, con la connivencia culpable de los poderes públicos, quiere arrebatarnos con la dichosa propiedad intelectual y sus odiosos derechos de autor. El acceso universal a la cultura es un derecho constitucional que ahora cuatro magnates quieren echar por la borda. David Bravo, cuya imagen sirve para ilustrar esta entrada, lo expresa con claridad meridiana:

“Yo, lo confieso, en mi adolescencia tuve pensamientos impuros cada vez que pasaba por delante de un escaparate de El Corte Inglés y veía reluciente la última película de mi actor favorito o el último libro de Eduardo Galeano. Me imaginaba, lascivamente, con ese libro entre mis manos saboreándolo en las más insólitas posturas. Cuando entraba en la tienda y miraba el precio del libro me daba cuenta de que yo no necesitaba anuncios de televisión que me concienciaran de lo saludable que es para el alma la lectura, yo lo que necesitaba eran 2.500 pesetas. Si en aquellos tiempos me lo hubiesen dicho no lo habría creído. Ahora puedo no solo tener “El Libro de los Abrazos” en un santiamén sino que podría bajarme más de 50 mp3 con la voz del bueno de Eduardo leyéndolo para mí.

Yo no conocía a John Coltrane hasta que internet irrumpió en mi vida y tengo que reconocer que aunque siempre he sido aficionado al cine de terror no tenía ni idea de lo que éste era hasta que he accedido al cine asiático donde de verdad saben hacerlo. Noam Chomsky no me sonaba de nada hasta que vi un documental sobre él bajado de la red llamado “manufacturing consent”. En resumen podría decirse que si todo este sueño no existiera yo ahora estaría cantando “papichulo” mientras veo “Salsa Rosa” y mi máximo líder intelectual sería Pocholo”.

David Bravo, Confesiones de un pirata.

El panorama es desolador, los elevadísimos niveles culturales que la población ha alcanzado gracias a Internet  se irán al traste por el intervencionismo de un Estado al servicio del capital. Sólo hay que echar un vistazo a las listas de películas o discos más descargados de los últimos años para darnos cuenta de que lo que se están descargando es la quintaesencia de la cultura. “Sin Internet no hay Cultura posible” parecen clamar desesperadamente nuestros defensores, Lo que nos gustaría preguntar es ¿qué entienden estos señores por Cultura? No les vendría mal que entre Chomsky y John Caltrone buscaran un rato para descargarse El Mito de la Cultura de Gustavo Bueno. Y para que vean que no hago distingos, se lo prescribiré también a los “agentes culturales”, a quienes su lectura no les iba a sobrar. Y un consejo para estos últimos, mejor os iría dejando de intentar vender Cultura, conformaros con vender libros, discos o películas.

Robin al rescate.

El arco del mítico héroe ha devenido en ipad y ya no cabalga por los bosques de Sherwood sino a través de la red de redes. Su objetivo ahora es rescatar a los creadores de las fauces de la industria cultural. Un Internet libre es la mejor garantía que el artista puede tener para ver reconocido su trabajo. Las posibilidades de difusión a través de Internet hacen de la red 2.0 el vehículo perfecto para que pueda difundir su obra. Por otro lado, la facilidad que la red ofrece para la publicación de contenidos evita que los nuevos talentos se vean frenados por las cortapisas puestas por una industria herméticamente cerrada a la innovación creativa. Así podrán evitar que los editores o las discográficas se lucren con su trabajo, un trabajo que verán recompensado indirectamente por su difusión gratuita en Internet. El ejemplo paradigmático de esto es el de la música donde las estadísticas muestran cómo el pronunciado descenso del consumo de CD´s lleva aparejado un incremento exponencial de la afluencia a los conciertos. De esta manera, el uso de redes P2P sólo perjudicará a los de la discográfica mientras que los artistas saldrán totalmente favorecidos.

Para decir esto hay que tener una verdadera estrechez de miras o ser unos auténticos mentecatos.   En primer lugar ¿los conciertos dejan de ser contenidos culturales? Y si lo son ¿no debieran ser igualmente gratuitos y de acceso universal? ¿O el problema es que no se puede meter todo el equipo por la banda ancha de Internet?  ¿Cómo extrapolar este modelo a otros productos culturales en los que el peso de la industria y los costes de producción son mucho mayores, como es el caso del cine?

Pero a los adalides de la circulación libre y gratuita de la cultura les queda una última bala en la recámara, utilizar los elevados costes impuestos por la industria cultural a sus productos como justificación de sus acciones, “si no queréis que nos lo descarguemos por Internet bajad los precios”, unos precios muy por encima de los costes de producción. ¿Qué no podrían decir de la vivienda,  a la que todos también tenemos derecho por la Constitución y cuyo precio esta elevado más de un 200%? Me gustaría oír a un abogado como David Bravo justificar en los tribunales la ocupación de viviendas en base a tan sólido principio.

Todos hemos bajado alguna vez contenidos sometidos a derechos de autor, la diferencia es que ni intentamos justificarlo ni tomamos a nadie por tonto.

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2 respuestas a EL SÍNDROME DE ROBIN HOOD

  1. Pingback: NÚMERO VEINTIUNO | EL PULIDOR DE CRISTALES

  2. Miguel Carrera dijo:

    “[P]odría decirse que si todo este sueño no existiera yo ahora estaría cantando ‘papichulo’ mientras veo ‘Salsa Rosa’ y mi máximo líder intelectual sería Pocholo”. Pues mira que yo al pájaro este me lo imagino más en esa tesitura que escuchando a John Coltrane (que si no lo conocía antes de tener internet es, simplemente, porque no merecía conocerlo). Que diga, en todo caso, que internet le ha brindado la oportunidad de acceder a todas esas cosas sin levantar el culo del asiento. Tal y como lo expone, es como si antes de existir la red no existieran o estuvieran reservadas para un círculo de iniciados. No existirían para él…

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