DE LA OBRA Y SU AUTOR

El aniversario de la muerte de Céline ha vuelto a suscitar la polémica de hasta qué punto la obra de arte es disociable de su autor. Es decir, ¿podemos juzgar la obra de arte como si fuera algo vivo en su propia individualidad o necesariamente ha de juzgarse a través de quién ha sido su creador? ¿La abyección del artista se imprime en su obra y nos impide juzgarla en lo que pueda valer por sí misma o, al contrario, la obra se independiza del autor y adquiere entidad propia?

Presumo que hoy en día existe cierta unanimidad en reconocer la inocencia del arte frente a la hipotética culpabilidad del autor. Exigirle a éste una probidad moral, una conducta ética o un determinado interés por lo social nos podría llevar a despreciar obras cuya solvencia técnica fuera incuestionable y, sin embargo, las abocaríamos al ostracismo.

Entonces, si reconocemos que esto pueda ser así, ¿por qué nuevamente surge la polémica y una parte importante de la ciudadanía francesa ha exigido a su gobierno (y ha conseguido) que no se recuerde la figura de Céline con motivo del 50 aniversario de su muerte, y ello, además,  teniendo en cuenta que el valor de su obra es hoy día poco cuestionado y que algunos escritores de talla mundial como Vargas Llosa lo sitúan entre los grandes?

Responder a esta pregunta apelando a que quizás esta postura tenga algo que ver con la defensa de lo políticamente correcto puede resultar excesivo porque, si bien eso serviría en algunos casos (como podría ser el de quienes cuestionan al mencionado Vargas Llosa por razón de unos posicionamientos ideológicos claramente liberales), el de Céline estaría más allá de la discusión en un plano ideológico, situándose en un plano moral, puesto que su posicionamiento pocas dudas suscita de que sea realmente reprochable.

Estoy convencido de que, en parte, la reacción que se ha producido tiene mucho que ver con la proximidad de los hechos históricos que posicionaron a Céline como un entusiasta antijudío que, además, fue activo en su militancia. Así, creo que dentro de 100, 200 o 300 años, su obra se valorará de otra forma, y su persona también; de manera que su antisemitismo será olvidado y su figura quedará engrandecida por el valor que le trasmitirá su obra. Así ha pasado en otros muchos casos a lo largo de la historia y así es fácil pensar que seguirá pasando.

También creo –y dejemos ahora a un lado el caso de Céline, imaginando otro caso similar en el que el autor fuera, por ejemplo, un gran pintor- que sería una pena tener que dejar transcurrir siglos para poder valorar esa obra pictórica en toda su entidad. En estos casos, cuando con motivo de un aniversario o de determinados acontecimientos se recuerda a uno u otro artista, lo que se está es celebrando su obra, no su persona que, por sí misma, puede no tener el más mínimo interés, y esta celebración de la obra de arte sin duda va a servir para que tenga mayor difusión y sea más conocida.

En definitiva, sería una verdadera pena que permitiéramos que grandes obras quedaran en el ostracismo porque sus autores fueron unos verdaderos hijos de puta. ¡Celebremos la obra, no al autor!

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