UN CISNE EN EL DIVÁN

La última película de Darren Aronofsky, El cisne negro, es una obra poliédrica, susceptible de muchas interpretaciones y con mucho material de análisis para un blog como el nuestro. La trama se centra en Nina, una bailarina que verá como sus sueños profesionales se cumplen cuando es escogida para interpretar el personaje de la reina de los cisnes en el nuevo montaje del clásico de Tchaikovsky. Nina es una bailarina excepcional, con una técnica y virtuosismo extraordinarios, que la convierten en la intérprete perfecta para transformarse en  el cisne blanco. Pero interpretar el papel de reina de los cisnes exige de ella algo más, ha de ser capaz de representar también su contrapunto y némesis: el cisne negro. Esto exigirá de ella llegar a unos registros bien distintos para los que parece que no está preparada. La búsqueda del cisne negro se convertirá en una obsesión enfermiza para Nina que la llevará al límite de la autodestrucción. Aronofsky nos vuelve a llevar al mismo terreno que ya abriera hace más de diez años con Réquiem por un sueño. Sólo que en este caso la sustancia psicotrópica es la propia ambición de la protagonista y sus sueños de alcanzar la perfección interpretativa.

Entre lo apolíneo y lo dionisíaco.

Viendo la película no resulta descabellado imaginarse a Aranofsky con el guión en una mano mientras sostiene El nacimiento de la tragedia de Nietzsche con la otra. Tanto la dualidad existente entre el cisne negro y el cisne blanco como la que media entre el personaje de Nina y el de Lily parece que están pensadas en el marco de la distinción clásica entre lo apolíneo y lo dionisiaco. Es una distinción que sin ser mencionada aparece ejercitada en la película hasta la saciedad. El personaje de Nina ejemplifica a la perfección lo apolíneo: es el virtuosismo metódico, la gracilidad, la contención, lo luminoso, la pureza. Lily, en cambio, representa todo lo contrario, es improvisación y desmesura, naturalidad en estado puro. La una tiene lo que le falta a la otra para interpretar los dos papeles. Desde los presupuestos nietzscheanos estamos ante la obra perfecta, aquella que es capaz de fusionar ambos caracteres y volver a la esencia misma de la tragedia griega de Esquilo y Sófocles.

Pero esta interpretación nietzscheana de la película afecta también a la propia realización de Aranofsky que es capaz de conjugar momentos luminosos y preciosistas al representar al detalle los movimientos y cadencias de la danza clásica con el exceso formal de sus últimas secuencias.

Otra posible interpretación que se puede hacer de la película es la psicoanalítica. Desde esta perspectiva se hará hincapié en el trasfondo sexual de la película y se interpretará los tres personajes principales como correlatos de los tres elementos de la psiqué humana de los que nos hablaba Freud. Así la película no estaría estructurada sobre la base del enfrentamiento entre el cisne negro y el cisne blanco sino entre la castradora madre de la protagonista y el personaje de Lily, su alter ego pulsional. Ambas representan la lucha entre el super-yo y el ello, lo normativo frente a lo concupiscible, por llevarse la consciencia (el yo) a su terreno. Es en la mediación entre los dos contendientes donde, para el psicoanalista descansa la salud mental del individuo. A la luz del final de la película está claro que Nina no es una buena mediadora ni una buena auriga (si seguimos el mito platónico).

Por otro lado, todo lo que tiene Lily de proyección mental de Nina no hace sino incidir en esta interpretación psicoanalítica de la película. En cualquier caso, esta segunda interpretación nos muestra un panorama alarmante y es que, por mucho que académicamente se den por muertos a Freud y sus seguidores, a un nivel mundano sus doctrinas siguen ejercitándose continuamente. Es por ello que una crítica filosófica del psicoanálisis sigue siendo hoy igual de necesaria que hace unos años.

Interiorizando al cisne negro.

Además de estas dos interpretaciones de la película (más literarias que filosóficas) hay una tercera interpretación posible, la que surge de entender la película como pivotando sobre una cierta idea acerca del oficio del actor o intérprete. Actuar no sería otra cosa que interiorizar el personaje que se va a interpretar. La película, desde esta perspectiva, se centraría en el proceso que tiene que recorrer Nina para conseguir “hacer suyo” el personaje del cisne negro y que la conducirá inevitablemente al abismo de la locura. Esta interpretación nos parece la más interesante porque ofrece una visión (heredada del sistema Stanislavsky y consagrada por el método del Actor´s Studio) acerca de las artes escénicas que es la imperante hoy en día pero que, sin embargo, se nos muestra como oscura filosóficamente.

¿Qué es eso de interiorizar un personaje? La primera dificultad que nos encontramos es que es un proceso que no es verificable por parte del espectador (la interioridad de cada uno es inaccesible para el resto) a no ser que asumamos la tesis de la película, que sólo se puede interpretar de un modo realista aquello que previamente se ha interiorizado. Es fácil ver que esto nos conducirá irremediablemente a una petición de principio.

¿Os imagináis a un violinista explicándonos el proceso por el que ha interiorizado Las cuatro estaciones de Vivaldi? Es absurdo. Pues lo mismo debería parecernos en el caso del actor, que se tiene que limitar a ejecutar una partitura lo mismo que el violinista, sólo que esta vez en forma de guión. La tesis de la actuación como interiorización parece que lo único que busca es intentar elevar el oficio del actor a la categoría de artista. No es más que una reivindicación desesperada del papel del actor en las artes escénicas y especialmente en el cine. Pero dejémoslo aquí de momento, pues éste es un tema sobre el que tendremos que volver al proseguir con la serie sobre la sustantivación del cine como arte.

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