DE NOVELAS Y APRENDICES

Al poco tiempo de llegar a la facultad leímos ¿Qué es la filosofía? La mayor parte pasamos a considerar con Bueno que la filosofía era un saber de segundo grado, construido sobre saberes previos de diversa índole (ciencias, religiones, mitos, técnicas, ideologías) sometidos a crítica. Si pretendíamos hacer filosofía era imprescindible paliar las carencias espantosas de las que adolecíamos en casi cualquier materia y, dado que el número de libros que se pueden leer en una vida es limitado –a diferencia de nuestro afán por desasnarnos, que tendía al infinito–, concluimos que las lecturas que no mermaran esas carencias debían ser descartadas. El criterio para elegir los libros era la repercusión que tendrían en nuestro escuálido acervo filosófico: a un lado estaban las obras que informaban sobre el mundo y al otro la literatura de ficción. Así fue como nos planteamos la utilidad de las novelas.

Quien más y quien menos,  todos recelamos de nuestra conclusión y nadie la cumplió a rajatabla, aunque la llevamos a cuestas como a un Pepito Grillo convincente. En aquellos años recuerdo haber charlado sobre Tolstoi, Hemingway, Cortázar, Hornby, Mendoza y Felipe Hernández, por citar a los primeros que me vienen a la cabeza. Algunos incluso hicimos nuestros pinitos en lo que podríamos denominar “nematología del lector de novelas” (os toca juzgar si esta entrada es un mero apéndice).

A día de hoy rechazo el veto a las novelas. Creo que nuestro planteamiento era incorrecto: supuesto que alguien interesado en la filosofía aprovechará las ocasiones que se presenten para estudiarla, leer novelas no supone ninguna interferencia, pues se hará en circunstancias incompatibles con el estudio. Incluso las novelas más exigentes requieren menos atención que un libro como El nacimiento de la mente de Gary Marcus, por no hablar de un tratado de álgebra o de El animal divino. Alguien que se lleve un manual de economía a la cama o que lo lea a trompicones en los trayectos de autobús, obtendrá como principal beneficio un silabeo ágil y desenvuelto, pero muy poca economía. Así pues, la verdadera alternativa a las novelas no eran los libros de historia, filosofía y demás, sino salir a dar una vuelta, escuchar música o ver la tele.

En cuanto a la utilidad de las novelas desde la perspectiva de alguien que estudia filosofía, pienso lo mismo que entonces. En primer lugar, sirve para asimilar técnicas de narración: el manejo de la elipsis, la organización del texto, la capacidad de síntesis, cómo sacar partido a la puntuación, etc. Nada de esto es exclusivo de la novela, hay narradores excelentes entre los historiadores, los periodistas, los filósofos o los teólogos. Enlazo unos botones como muestra: William Maltby, Josep Pla, David Hume y Fray Luis de León. ¿Cuál es la ventaja de la novela? Que admite una lectura despreocupada y ligera, a sabiendas de que un profesor de estética o un filólogo del CSIC no siempre se la puede permitir.

Por otra parte, las narraciones novelescas reconstruyen los materiales de los que tratan las ciencias y otros saberes tal como los vivimos, desde una perspectiva segundogenérica. Huelga decir que  no es una aproximación con valor científico, pero puede alcanzar una gran sutileza al mostrar la conciencia como un conflicto de ortogramas inconmensurables o directamente incompatibles (La Regenta, por ejemplo). Al final de la entrada, copiaré un pasaje extenso de Orwell que ilustra la utilidad de las narraciones literarias como un complemento que permite ponerse en la piel de otra gente.

Al igual que sucede con las películas, se puede analizar una novela “tomando en serio” lo que cuenta, poniendo a un lado los recursos específicos del narrador o del lenguaje cinematográfico, es decir, postergando el análisis artístico. Tiene sentido discutir sobre la moral de Madame Bovary o sobre los pensamientos de Hans Castorp cuando se desorienta en la nieve. Quizá sea recolectar rábanos por las hojas, pero no llega al extremo de usar una flauta para rascarse la espalda y encuentra amparo en la deformación profesional.

Estoy seguro de que no todos estáis de acuerdo conmigo, así que espero las críticas con los brazos abiertos.

“Fue en el vértice del parapeto, a las cinco de la mañana. Siempre era una hora peligrosa, porque amanecía por detrás de nosotros y asomábamos la cabeza, esta se prefilaba perfectamente a contraluz. Yo estaba hablando con los centinelas poco antes del cambio de guardia. De súbito, en mitad de una frase, sentí… es difícil describir lo que sentí, aunque lo recuerdo con la máxima claridad.

Fue más o menos como estar en el centro mismo de una explosión. Me pareció percibir una detonación fortísima y un estallido de luz enceguecedora, y sufrí una sacudida tremenda, sin dolor sólo una sacudida violenta, como cuando se toca un cable eléctrico; y una sensación de debilidad extrema, de estar enfermo y no tener fuerzas para hacer nada. Los sacos terreros que tenía delante se alejaron hasta perderse en el infinito. (…) Todo sucedió en una fracción de segundo. Un instante después se me doblaron las rodillas, me desplomé y me di contra el suelo un buen cabezazo que por suerte no me dolió. Tenía una vaga sensación de embotamiento, cierta conciencia de estar herido de gravedad, pero no dolor en el sentido corriente del término. (…)

Cuando traté de hablar me di cuenta de que no tenía voz, sólo un débil graznido, aunque al segundo intento me las apañé para preguntar dónde me habían dado. Me dijeron que en el cuello. Harry Webb, el camillero, había llegado con una venda y un frasco de alcohol que nos daban para las curas de campaña. Cuando me levantaron me salió un chorro de sangre por la boca y oí decir a mis espaldas a un español que el proyectil me había atravesado limpiamente el cuello. ”

George Orwell, Homenaje a Cataluña (Tusquets, pp. 168-169)

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Una respuesta a DE NOVELAS Y APRENDICES

  1. Bruno Cicero dijo:

    El problema empieza cuando, con el paso de los años y el paulatino embrutecimiento a que te va sometiendo el tiempo, acabas por no leer ni lo uno ni lo otro. Hoy me conformaría con haber leído la mitad de las novelas que deseché en su tiempo y alguno de los libros que prometí leer.

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