DE COALICIONES, PACTOS Y OTROS JUEGOS POLÍTICOS

Ahora, que se acercan las elecciones municipales, seguramente asistiremos a una de esas situaciones esperpénticas a la que nos tienen habituados nuestros políticos. Las coaliciones de gobierno que hasta entonces se han comportado como un matrimonio sin fisuras comienzan a resquebrajarse y a mostrar públicamente sus fisuras. Es entonces cuando asistimos a una especie de pelea doméstica televisada en la que los líderes de los partidos se hacen reproches mutuamente o se apuntan para sí los logros de la legislatura y para el otro los errores. Pero el esperpento comienza, en muchas ocasiones desde el mismo momento en el que se produce la coalición de gobierno. Aquí sí que se puede hablar con propiedad de matrimonios contra natura, de verdaderos monstruos con dos cabezas (o tres en sus casos más ilustres). Si Hume le sirvió a Kant para despertar del sueño dogmático de la razón, este tipo de gobierno le debiera servir al ciudadano para despertar, aunque sólo sea en parte, de la “ilusión democrática” en la que vive sumido. Una de las ilusiones democráticas más arraigadas en el imaginario ciudadano es la de que es el propio ciudadano, cuando se acercan a las urnas para depositar su voto, el que elige al que les gobierna. Lo que realmente hacen es delegar el voto en un representante que lo elegirá por él en votación parlamentaria. En el caso de las coaliciones de gobierno este representante le da el voto al líder de otra formación política, por lo menos, está rompiendo con la transitividad que se le presupone al sistema democrático de representación parlamentaria. Esto limita la capacidad de acción del ciudadano al hecho de depositar el voto en la urna. Una vez depositado, lo que se haga con él, escapa a su control. De esta manera votar se convierte casi en una suerte de experimento de mecánica cuántica.

Además de esto las coaliciones de gobierno provocan otras situaciones que debieran de resultar incómodas desde los parámetros del fundamentalismo democrático. No es algo extraño que debido a este tipo de pactos postelectorales, el partido más votado quede en la oposición siendo los que menos votos recibieron los que se reparten la tajada. ¿No es esto violentar la “voluntad popular” expresada libremente en las urnas? Es verdad, que fue el partido más votado el que primero tuvo la oportunidad para formar gobierno pero en esta situación se entra en el juego del quién da más, en una gran subasta en la que se ofertan consejerías, ministerios o presidencias de gobierno, y no siempre es el partido más votado el que más está dispuesto a ofrecer. De esta manera han aparecido en el panorama político español una amalgama de partidos políticos camaleónicos cuyo objetivo último es el de convertirse en “llave” para formar gobierno con el mejor postor. Esto, los más optimistas, no dudarán en calificarlo de perversión democrática.

Si esto es así ¿qué otras cosas puede hacer un partido si no alcanza la mayoría absoluta para gobernar? Pues, en primer lugar, puede gobernar sin esa mayoría (opción escogida por el actual gobierno de España). Esto le forzará a negociar con los distintos grupos parlamentarios todas las propuestas que saque a votación, por lo que parece la más “democrática” de las opciones. Sin embargo, esta situación puede acarrear algún que otro inconveniente para la propia dinámica del Estado. Hay decisiones que exigen ser aplicadas con la mayor celeridad por lo que una larga negociación parlamentaria puede ser fatal para los intereses del Estado o de la Comunidad Autónoma. Por otra parte, el partido en el Gobierno se verá obligado a hacer concesiones a los demás grupos parlamentarios cada vez que quiera que los presupuestos o cualquier medida concreta salgan adelante. Pues su debilidad le coloca en manos de la buena fe de la oposición. Y esta escasea mucho últimamente. Todo partido quiere sacar rédito de su apoyo. Ahí radica el negocio.
Visto que ninguna de las dos opciones acaba de convencernos ¿por qué no apostar por la instauración de una segunda vuelta electoral como la que existe en otras democracias? Seguro que le encontramos alguna pega pero ¿y la de pantomimas que nos ibamos a ahorrar?

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