CÍTAME, POR FAVOR.

Estaréis conmigo en que, por lo menos, resulta irónico que un tipo apellidado Gutemberg sea acusado de “copiar” en la elaboración de su tesis doctoral. Pues al parecer el flamante Ministro de Defensa alemán cuando redactó su tesis hizo un uso indebido de las fuentes. El escándalo ha alcanzado tal dimensión que ya se están pidiendo responsabilidades políticas y la canciller Angela Merkel le llamó a  consultas nada más salir la noticia.  A pesar de lo desproporcionado del asunto, esta noticia nos servirá para decir algunas cosas acerca de la pertinencia de explicitar las fuentes que se manejan en un texto.

Cuando el texto se mueve en un ámbito académico o científico el uso de las citas es un asunto perfectamente reglado. Hay manuales de estilo de cómo se debe citar en una tesis y casi todas las revistas especializadas marcan las pautas sobre cómo conviene citar. Hasta aquí no hay ningún problema. La persona que ha realizado una investigación cita las fuentes utilizadas para que los examinadores puedan comprobar que son verídicas y como muestra de la propia labor de investigación. Citar, en este marco, se convertirá en un síntoma de erudición (cuanto más rara sea la cita más valiosa será). Pero hay veces en las que habrá que tener mucho cuidado con qué autores se citan y en qué contextos (citar se vuelve un elemento de diferenciación, por sus citas le conoceréis). Así, por ejemplo, citar a Gustavo Bueno en determinados ambientes se ha convertido en un verdadero deporte de riesgo (“a ese ni me le mentes” como diria una profesora de la Universidad de Oviedo). Lo que está claro es que, ya sea en una nota a pie de página o con una cita literal o simplemente mencionándolo en la bibliografía, parece que citar se ha convertido en una exigencia moral del que escribe cuando usa “fuentes externas”. Es una muestra de cortesía académica.

El problema aparece cuando se intenta establecer los límites de hasta qué punto hay que citar todo lo que provenga de autores diferentes al que escribe. La primera traba que nos podemos encontrar es puramente estilística. Minar un texto con  una sucesión de citas textuales puede hacer de cualquier texto un plato de muy difícil digestión. Por otro lado, la propia línea discursiva del autor se puede ver presa de las citas que introduce en el texto. Es probable que las citas lleguen a ser las articuladoras del texto y dejen de ser un apoyo para convertirse en una guía. Esta pega estilística la podrá solucionar el autor sazonando las citas con notas a pie de página y otros recursos referenciales menos invasores.

Pero además del problema estético hay otro problema más profundo. Parece que la razón de fondo de tener que establecer un uso reglado de las citas es la de poder levantar una sólida muralla que separe lo que es propio de lo que es ajeno ante un texto determinado, pero ¿hasta qué punto se pueden hablar de pensamientos propios, originales? Porque los que no tenemos la suerte de llegar al conocimiento por ciencia infusa, ni por revelación divina tenemos que conformarnos con hacerlo a través de otros textos. La imagen de alguien cerrado sobre sí mismo creando pensamiento al modo de Descartes o del Pensador de Rodin puede que sea muy romántica pero es ficticia. A Descartes no se le ocurrió su famoso método sentado frente a la chimenea como él pensaba sino a través de la lectura de autores escolásticos que, por cierto, nunca citó. Los pensamientos no surgen de la inventiva de las personas sino que se originan por anamórfosis, por reordenación de elementos ya previamente dados. ¿Qué margen queda para la originalidad? Pues podríamos decir que el margen es muy escaso. Llevado al límite, el escritor casi lo que hace es ensamblar unas citas con otras. Es la labor del demiurgo platónico. La originalidad se verá reducida a cómo relaciona unos pensamientos ajenos con otros pensamientos ajenos, en cuales deja fuera y sobre qué tema los aplica. Poco más. Si le pedimos que lo explicite todo, no podría comenzar ni a escribir.

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