LA PIEDRA DE ROSETTA DE LA PRENSA ESPAÑOLA

El hecho de que en la actualidad todos podamos disponer de una hemeroteca o una fonoteca en casa debería prevenir a los periodistas, tertulianos y demás opinantes sobre la conveniencia de pensarse muy seriamente lo que van a decir o escribir. Cualquiera, con un mínimo de mala leche, puede rebuscar en busca de incoherencias, contradicciones o errores de predicción de los analistas.  Pues, a juzgar por lo dicho y escrito estos días sobre la revolución egipcia, parece que no están teniendo en cuenta estas precauciones. En este sentido, todavía no se han adaptado a los tiempos modernos. Nos hemos encontrado numerosos ejemplos de ello. Así, los mismos que negaban que los Hermanos Musulmanes estuvieran detrás de las protestas, pocos días después hablaban de ellos no sólo como participes sino como los encargados de la organización logística de la protesta. Al igual que en una tertulia radiofónica se ironizaba sobre la posibilidad de que hubiera disturbios en la plaza de la Liberación un día antes de que seis muertos y más de seiscientos heridos les desmintieran. Y la lista de ejemplos podría continuar. Pero no sólo los periodistas pecan de falta de cautela. Hillary Clinton, secretaria de Estado de los Estados Unidos, hablaba de la estabilidad del régimen de Mubarak y de su disposición a responder las demandas del pueblo egipcio sin contar con la reacción mucho menos condescendiente que Obama mostró en los días siguientes.

Pero no es en busca de errores concretos y accidentales (propios de los periodistas que se meten a futurólogos) en lo que nos queremos centrar en esta entrada. Lo que nos interesa es mostrar cómo la prensa ha sido presa en sus análisis de algunos de los mitos del presente que nos ocupan en esta sección.

En primer lugar, cabe resaltar la buena prensa de que goza el concepto de revolución. Esto quizá se deba a que se ha establecido una conexión causal entre revolución y democracia. Como si toda revuelta contra un régimen autocrático condujera necesariamente a la democracia. Lo curioso de esta identificación es que se podrán contar con los dedos de una mano el número de revueltas o revoluciones democráticas que en el mundo han sido. Esta identificación me recuerda cuando de chaval me costó sangre y sudor convencer a un amigo mío de que los Estados Unidos eran una república. Él había asociado república con comunismo e izquierdas y le resultaba imposible concebir que el Imperio americano fuera una república o que la república tuviera algo que ver con la derecha. Pero esto no ha sido impedimento para nuestros analistas, ya que antes incluso de que los propios manifestantes mencionarán la palabra democracia calificaban la revuelta de democrática. Lo que indica que se está haciendo un uso muy laxo del concepto de democracia.

Pero si hay un mito que ha estado presente estos días en la prensa es el de la voluntad del pueblo. Frases como “el pueblo que toma conciencia”, “el pueblo sale a la calle”, “el despertar del pueblo”,  “el pueblo es dueño de sus destino” o “el pueblo vence a Mubarak” se han repetido hasta la saciedad en estos días. Hablar en esos términos del pueblo como agente de la historia, como sujeto de voluntad, es hablar metafísicamente. La pena es que la mayoría de estas frases hayan salido de la boca de Santiago Carrillo, alguien que casi por inercia nos es simpático ¿Cómo se cuantifica el pueblo? ¿Cuántos manifestantes hace falta que salgan a la calle para hablar de pueblo? ¿Un millón de personas es suficiente? Me cuesta mucho imaginar a Santiago Carrillo proferir semejantes frases cuando una cantidad similar sale a la calle en las manifestaciones por la familia cristiana. Se puede decir que es una forma de hablar, pues entonces habrá que buscar otra forma de hablar.

Este mito es solidario de otra de las ideas que se han escuchado estos días: la soledad del tirano. Es obvio, si todo el pueblo estaba en la calle no podía quedar nadie al lado del sátrapa. Esto es otra vulgaridad. Ningún régimen aguanta treinta años en el poder sin el apoyo de cierta parte de la población. Nosotros lo sabemos muy bien que hemos tenido entre nosotros cuarenta años a uno y todavía sus partidarios se dejan escuchar de vez en cuando por las calles.

En definitiva todos estos mitos han ido tejiendo un discurso del que han sido víctimas casi todos los medios de comunicación, un discurso al que han ido ajustando los acontecimientos, hasta el punto de que El País en su editorial del día 11 de febrero acababa con estas líneas:

“La mayor incógnita afecta a la actitud del Ejército, presentado ayer por Mubarak como garante del proceso político y protagonista de las horas previas al discurso de la decepción. Hasta ahora ha conseguido mantenerse en un territorio relativamente neutral entre el dictador y la protesta. A partir de ahora será más difícil eludir el dilema entre reprimir a los manifestantes o echar de una vez al rais. Las próximas horas van a ser de nuevo muy tensas. La protesta va a continuar. La transición todavía no ha empezado”.

Parece que el dilema del que habla alcanza tintes morales. Parece que se está diciendo que lo malo sería reprimir a los manifestantes siendo lo bueno que el Ejército diera un golpe de Estado ¡Válgame Dios! ¿Tanta protesta pacífica, tanta democracia, tanto todo para acabar abogando por un golpe militar? Pues bien, ahí está, el tirano se ha marchado y los militares han tomado el poder. Eso sí, han prometido que cumplirán las demandas del “pueblo” egipcio. Esperemos que sea así.

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2 respuestas a LA PIEDRA DE ROSETTA DE LA PRENSA ESPAÑOLA

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  2. Miguel Carrera dijo:

    Te felicito por el texto, Bruno; me ha gustado mucho y, además, coincido con lo que dices. Sorprende el papanatismo de la gente que, sin saber de qué va el asunto, sólo por ver gente salir a la calle y liarse a tortas con “los malos”, se pone a jalear la revuelta y a hablar de derechos humanos, alianza de civilizaciones y otras cosas por el estilo, cuando los que están en el ajo lo único que quieren es derrocar a un tipo. De lo que no se da cuenta esta gente bienpensante, creo yo, es de que, por mucho que unos se demuestren manifiestamente malos (aquí nadie está defendiendo a Mubarak), eso no convierte a los otros, automáticamente, en “buenos”. Harían bien, si no, en acordarse de Irán y la “democrática” revolución de los ayatolás.

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