¡HORREYIA¡ ¡HORREYIA¡

Si se me permite la licencia, la plaza de Tahrir hace doscientos años justos estaba en Cádiz. El 24 de septiembre de 2010, los gaditanos vivían allí una jornada de emoción y de arbórbola (alegría) tan desbordada como la que a través de la televisión hemos estado contemplando desde el pasado jueves 11 de febrero en la plaza más popular de El Cairo. En Cádiz, en el teatro de la Isla de León, hoy Isla de San Fernando, aquella luminosa mañana de fiesta y de esperanzas se inauguraban las Cortes que querían poner fin al Antiguo Régimen.

Benito Pérez Galdós fue el gran narrador de aquellos hechos. En el capítulo VIII del libro titulado precisamente Cádiz, uno de los que componen sus Episodios Nacionales, se refirió Pérez Galdós a lo ocurrido aquel día con estas palabras: “El reloj de la historia señaló con campanada la última hora” (del régimen milenario) “y realizose en España uno de los principales dobleces del tiempo”.

Otro doblez del tiempo, concebido por Galdós como una sábana extendida que se la pueden doblar sobre si misma, es  lo que estamos viviendo estos días en El Cairo con emoción. Ciertamente, la mente del filósofo es por naturaleza  fría y  se mueve en las distancias de la abstracción; pero la filosofía también es ética, y nadie puede abstraerse a la emoción de asistir en vivo y en directo a uno de esos “dobleces “ del tiempo. Nadie se puede sustraer a la sensación de ser testigo de uno de los momentos que pueden calificarse como históricos, porque ocurren en las contadas ocasiones en las que la historia se da vuelta a si misma y muestra la otra cara de su tejido, una cara por el momento oculta.

La cara de la tela de Egipto que estamos viendo estos días, nadie la conocía. No es la de las Pirámides de postal y los cruceros del Nilo; no es la de las momias de faraones remotos ni la de camellos y palmeras hoteleras. Es por el contrario la inédita imagen de una juventud que ha plantado cara a todo esto con un grito nuevo: ¡horreyia¡ ¡horreyia¡   Nuevo, porque nunca hasta ahora habíamos oído llamar así a la libertad. En Cádiz, hace doscientos años, el concepto de la libertad empezó a tomar cuerpo para nuestra historia y siempre miraremos hacia aquella ciudad y hacia aquellos años como vinculados a los mejores sueños y aspiraciones. Hoy esos mismos sueños han cruzado el Mediterráneo por fin y parece que quieren anidar en los países árabes de los que los tópicos más arraigados en Occidente siempre han predicado que son tan incompatibles con la libertad, como el agua y el aceite.

Pero lo cierto es que mitad de la población de toda la ribera sur del Mediterráneo tiene menos de 25 años. Casi tres cuartas partes de esa población tienen menos edad que el régimen de Hosni Mubarac y que, poco a poco, un nuevo sistema de valores se ha ido abriendo camino entre ellos. Aparentemente, poco tienen que ver estas multitudes de jóvenes que inundan las plazas árabes reclamando libertad y exponiendo sus vidas en esa reclamación, con sus contemporáneos del norte del Mare Nostrum, muchísimo menos numerosos, muchísimo más cómodos que parecen empeñados en demostrar constantemente que están de vuelta de todas esas necesidades fundamentales. Lo decía recientemente un intelectual árabe con estas palabras: “Prácticamente, he dejado de admirar a Europa por su egoísmo. Los europeos tienen el mejor proyecto que se pueda concebir, pero cada vez son más cómodos e insensibles. Renuncian a los esfuerzos de los trabajos penosos y a la propia defensa, incluso renuncian a tener hijos”.

La juventud del tercer mundo, a de los países que tratan de desarrollarse, ansía lo que aquí tan poco valor tiene. Por celebrar elecciones libres, tener representantes a quienes encomendar la realización de políticas y a quienes poder pedir periódicamente responsabilidades, para ellos es un sueño. Se juegan la vida por ello. Mohamed Buazizi, y los cientos de jóvenes muertos estos días en la batalla por la libertad  saben bien valorar lo que eso significa, igual que lo sabemos los españoles y los europeos.

Porque hoy todos los jóvenes de Europa, todos los ciudadanos europeos gozamos de libertad, una libertad jamás antes conocida al menos a lo largo de 2.500 años de historia. Pero no debemos olvidar nunca la larga lucha mantenida para conquistarla. Todavía en 1942, sólo cuatro países europeos eran libres; veinte años después, 1962, ya lo eran todos con la excepción de España, Portugal y Grecia. Veinte años después, en 1982, aún faltaban por incorporarse a la libertad todos los países del bloque del este.  Muchos de nosotros y muchos de los líderes europeos, retenemos la memoria viva de lo que significa una dictadura, lo que representa la censura de prensa, la prohibición de reunión y de manifestación, por poner algunos ejemplos de falta de libertad. Se ha sufrido demasiado en nuestros países europeos por la falta de libertad, y por eso quizá cuando vemos a otros, en este caso los egipcios los tunecinos luchar por ella, no podemos por menos que sentirnos a su lado.

Nadie sabe cómo evolucionará esta nueva historia del viejo Egipto, del milenario mundo árabe que, como España hace doscientos años, empieza a removerse de encima las losas que no le dejan vivir. Pero si los acontecimientos fueran al menos en su mayor parte en la dirección que Barak Obama apuntaba en su célebre discurso a los jóvenes de la Universidad de El Cairo ahora hace dos años – un discurso que conviene repasar y estudiar porque no tengo la menor duda de que contiene muchas de las claves de lo que ahora estamos viviendo- la nueva historia que ahora empieza el viejo Egipto milenario tratará de construirse sobre la columna de la horreyia bien fundamentada en instituciones sólidas.

Pero no sólo la libertad, también se convertirá la orilla sur del mediterráneo en un escenario de paz y para la paz. Como los europeos, los países árabes darán mucha importancia a la  seguridad propia y a la de todos frente a la delincuencia, el crimen, el desempleo, la enfermedad y la dependencia y las redes, ocultas o no, vinculadas a las amenazas terroristas internacionales.

Si tiene éxito la apuesta juvenil de Egipto,  acabará imponiéndose el imperio de la ley y del derecho frente a imperios milagrosos o revelados y participará de esta comunidad nueva, imaginable hace algunos años, que comulga con la idea de que todos y todas somos iguales ante la ley.

La apuesta por la prosperidad, por el enriquecimiento que significa la diversidad y el pluralismo político son los otros grandes logros que todos debemos desear a estos millones de personas de la ribera meridional del Mediterráneo, que mientras escribo estas líneas limpian las pintadas y reparan los desperfectos causados por su heroica movida de veinte días de lucha con frases de nardo como esta: Perdonen las molestias. Estamos construyendo Egipto.

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