EL DEBATE DE LA PROSTITUCIÓN

En una entrada de su blog personal, publicada el día 13 de octubre de 2009 con el título “El debate de la prostitución”, Carlos París presenta los tres principios éticos en los que fundamenta su condena de la prostitución. El primero establece que los seres humanos no pueden ser considerados y tratados como mercancías. El segundo establece que la utilización del propio cuerpo, para la prestación de servicios sexuales, económicamente retribuidos, no es un trabajo. Y el tercero establece que las relaciones sexuales entre seres humanos, en una sociedad emancipada, deben ser libres, mutuamente consentidas y desarrolladas en condiciones de igualdad.

Consideraciones acerca del primer principio.

Un aspecto nuclear del sistema económico capitalista es la conversión universal de todas las cosas en mercancías. Todo se puede comprar y vender en el mercado, y lo único que cuenta es el valor de cambio, no el valor de uso. La tierra misma, el trabajo y el dinero se vuelven mercancías.  

El trabajo humano supone el ejercicio, por parte del sujeto trabajador, de operaciones productivas y transformadoras que recaen sobre objetos externos a él. En el capitalismo, el resultado de la acción productiva y transformadora del trabajador no le pertenece a este, sino al capitalista. En esta situación, lo alienado o extraño no es solo el producto del trabajo, sino también, y más radicalmente, el productor mismo, el propio trabajador. En efecto, dado que el ser humano consiste en su acción productiva, y dado que esta se manifiesta y se plasma (se objetiva) en el producto, la desposesión de este implica la desposesión, la pérdida y la negación de sí mismo.

Por otra parte, el producto se hace independiente, queda desvinculado de su relación con el sujeto productor y acaba siendo considerado como una cosa natural. Por consiguiente, también el sujeto productor mismo se convierte en cosa (puesto que, como se ha dicho, el hombre es su actividad productiva, y esta se realiza y objetiva en el producto), quedando sometido al mismo trato y uso que las cosas.

La conclusión es que el hombre, en el seno del capitalismo, una vez que vende su fuerza de trabajo a cambio de un salario (algo a lo que se ve abocado, irremediablemente, para poder sobrevivir) se convierte, todo él, en mercancía.  

De lo dicho se sigue que el primer principio de Carlos París (“los seres humanos no pueden ser considerados y tratados como mercancías”) es, por sí mismo, vacío, y que sólo cobra algún sentido a la luz de la equiparación, llevada a cabo por el propio Carlos París, entre la consideración y tratamiento de los seres humanos como mercancías y la esclavitud. Esta equiparación no es admisible, puesto que la relación capitalista-trabajador no puede asimilarse a la relación amo-esclavo, pero, en cualquier caso, dejaré al margen esta dificultad y supondré, en adelante, que lo que Carlos París quiere decir es, sencillamente, que la esclavitud es una institución contraria a la ética.  

La prostitución no siempre se ejerce en condiciones de esclavitud. Sin embargo, en los casos en los que no hay esclavitud, siempre hay, según Carlos París, ausencia de libertad, de forma que una mujer puede verse “forzada” a ejercer la prostitución por una situación de miseria o, en el caso de la prostitución de lujo, por una falsa conciencia que hace consistir la felicidad en la opulencia. La esclavitud, en general, y la prostitución ejercida en condiciones de esclavitud, en particular, son, desde luego, éticamente condenables. Sin embargo, el criterio de la ausencia de libertad no es suficiente para fundamentar un juicio ético contrario a las formas de prostitución no esclavistas. ¿Quién es libre de no trabajar? ¿Quién está libre de alguna forma de falsa conciencia?

Consideraciones acerca del segundo principio.

Según Carlos Paris, existe una diferencia esencial entre el trabajo y la prostitución: en una actividad laboral se vende la fuerza de trabajo, pero no el cuerpo y la realidad personal. Sin embargo, la actividad transformadora y productiva que se ejerce al aplicar la fuerza de trabajo no es externa al cuerpo y a la persona, como sostiene Carlos París. Todo trabajador trabaja con el cuerpo, y el trabajador, la persona, no es otra cosa, en definitiva, que el cuerpo mismo. Por eso, todo trabajo compromete el cuerpo y la persona del trabajador, del mismo modo que ocurre con la prostitución. Por tanto, la diferencia, de haberla, es de grado.

Consideraciones acerca del tercer principio.

Carlos Paris denuncia que la relación sexual mercantilizada supone una degradación deshumanizadora: el cuerpo de la prostituta se convierte en mercancía y la persona del cliente-contratante se convierte en puro dinero. Sin embargo, esto es algo común a muchos trabajos, si no a todos. ¿Qué es el obrero de la construcción, más que un cuerpo que se vende a cambio de un salario, y qué el constructor, más que un dinero que contrata cuerpos?

Carlos París también denuncia que, en la prostitución, la relación sexual es asimétrica. Esta es, a mi juicio, la apreciación más acertada de todo su análisis. Las  consecuencias de esta asimetría, sin embargo, solo salen a la luz en el momento en que dejamos de concebir el sexo en términos de relaciones, para pasar a concebirlo en términos de operaciones. En efecto, las llamadas “relaciones sexuales” no son, en sentido estricto, “relaciones”, sino “operaciones”. Supuesto esto, el problema del sexo practicado en condiciones de asimetría radica en el hecho de que una de las partes implicadas opera sobre la otra desde una posición de dominio. En estas circunstancias, es más fácil que el sexo se torne violento o, sencillamente, que resulte perjudicial para la salud de la parte dominada (la prostituta) que, además, y en la mayoría de las ocasiones, tendrá que exponerse al sexo asimétrico con más frecuencia de la aconsejable, si quiere asegurarse el sustento.

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2 respuestas a EL DEBATE DE LA PROSTITUCIÓN

  1. Pingback: NÚMERO TRECE | EL PULIDOR DE CRISTALES

  2. Me han parecido acertadas tus críticas a las consideraciones de Carlos París en los dos primeros puntos. La prostitución es tan condenable, perniciosa y mercantilizadora del ser humano como el capitalismo. Como vivimos en una sociedad capitalista (afortunadamente), las “condenas” a la prostitución no se pueden particularizar sino que son comunes a todas las relaciones existentes dentro de este sistema de producción y distribución de la riqueza.

    Sin embargo en el tercer punto discrepo. La relación que se establece entre el cliente y la chica no ha de ser asimétrica, aunque puede serlo en función de diversos factores. Por ejemplo una señora ya entrada en años, poco atractiva o con mal carácter no tendrá seguramente la misma clientela que una chica joven, agraciada y simpática. En cuanto más clientela tenga la mujer mejores serán sus condiciones, podrá elegir qué prácticas desea ofertar, a qué hombres atender y cuánto cobrar. En cuanto menos demanda exista de sus servicios más tendrá que rebajar sus tarifas, verse obligada a realizar servicios que no le agradan o admitir a una clientela menos selecta. Por eso, paradójicamente, las campañas abolicionistas en contra del cliente lo que consiguen en la realidad es empeorar las condiciones de trabajo de las prostitutas (aunque estoy seguro de que ellas lo saben perfectamente).

    Nada más y un saludo, me ha gustado mucho leer tu análisis.

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