EL LABERINTO SENTIMENTAL de J. A. Marina

Marina comienza su libro con la cita de Virginia Woolf: “A la gente le gusta sentir. Sea lo que sea”. Es éste el modo en que nos introduce en su particular expedición por el laberinto de los sentimientos, una maraña de confusas y familiares emociones que Marina va desentrañando poco a poco y organizando hasta obtener un esquema más o menos claro.

Aun así, y a pesar de su buena voluntad, el resultado es poco alentador: parecemos estar destinados al caos sentimental y a la autoincomprensión de esas “razones del corazón que la razón no alcanza a vislumbrar” de las que habla Pascal.

Como dice el autor, aunque no elegimos nuestros sentimientos, los reconocemos como lo más íntimo y espontáneo de nuestra personalidad; un “detector” de aquello que nos interesa, que a veces se vuelve contra nosotros. La realidad en que vivimos, difícilmente objetivable y barnizada de matices (“las cosas son lo que son para mí”), es fruto de un balance permanente, de la evaluación continua de aquello que nos rodea, cuyos resultados determinan los derroteros de nuestras emociones y nuestra evolución sentimental.

Esta evaluación se lleva a cabo en varios niveles de profundidad, ya que no todos los sentimientos tienen la misma incidencia en nuestro comportamiento y estado emocional, y a menudo sus resultados nos parecen incomprensiblemente inaccesibles. Los sentimientos son experiencias cifradas, cuyo significante suele ser bastante claro, aunque su significado permanezca oculto. Recurriendo a una cita de Spinoza, en la que éste describe cómo, al gozar de un deseo cumplido, nuestro cuerpo y nuestra alma modifican su constitución, pasando a desear otras cosas, Marina explica que los sentimientos son el punto de llegada de una acción o tendencia y el inicio de otra. En sus propias palabras: “el sentimiento es una experiencia consciente que sintetiza las transacciones entre mis deseos, expectativas o creencias, y la realidad”.

Más allá de la definición de sentimiento, en el origen de cada sistema afectivo individual se hayan dos elementos básicos y determinantes, que podríamos llamar los “cimientos del laberinto”: se trata, por un lado, de la estructura cultural y social a la que pertenece el sujeto, y por otro, del cúmulo de experiencias que el sujeto ha ido almacenando desde sus primeros días de vida.

Respecto al primero han surgido a menudo polémicas y preguntas del estilo de ¿hay sentimientos universales o sólo particulares? o ¿tienen culturas aparentemente distintas bases comunes? La respuesta más elocuente y certera es la del antropólogo Geertz: “Los problemas, siendo existenciales, son universales; las soluciones, siendo humanas, son diversas”.

Efectivamente, existen desencadenantes y sentimientos universales, que desembocan en problemas y esperanzas muy similares y se manifiestan mediante una especie de lenguaje común a todos. Sin embargo, a pesar de estas conexiones básicas, intervienen también otros factores que hacen que los mismos desencadenantes se concreten de manera diferente, y que cada cultura cree modelos y esquemas sentimentales propios. Dichas particularidades identitarias están relacionadas con las valoraciones y regulaciones que la sociedad hace de sus sentimientos, llegando a veces a normalizarlos o relacionarlos con ciertos roles o sectores de la población. A menudo, incluso dentro de una misma cultura, los modos de sentir cambian y evolucionan con el roce de la historia.

En el caso de la “biografía de los sentimientos”, como la denomina Marina, sucede algo parecido: también en la vida afectiva del niño hay etapas universales de cognición que cada individuo desarrolla de forma distinta, dando lugar a personalidades diferentes.

Primero a través de la interacción con la madre, y después de manera cada vez más independiente, el niño construye modelos propios de interpretación de la realidad; su mundo afectivo se modifica y entran en juego sentimientos más y más complejos. Cada vez con mayor conciencia de ello, el niño responde a unas normas sociales, alejándose de su círculo de intimidad y sumergiéndose en el grupo.

SENTIMIENTOS INDIVIDUALES

De la definición de sentimiento que hemos visto, extraemos la interesante conclusión de que nuestra implicación en el sentir es doble; yo soy el sujeto en dos niveles paralelos: soy el que siente y soy partícipe de la acción que siento. Se mire desde donde se mire la evaluación sentimental, soy la “condición de su aparecer”, como dice Marina: soy quien la dota de significado al considerarla, y la considero sólo en la medida en que me afecta.

Es esta egocéntrica individualidad la causa de que personas distintas sientan cosas diferentes frente a la misma situación.

Las respuestas sentimentales dependen de la personalidad afectiva, es decir, de los esquemas interpretativos de cada individuo, entendiendo por esquema las estructuras neuronales que funcionan como patrones recurrentes para asimilar información, comparar y captar diferencias y producir respuestas. Se podría decir que los esquemas afectivos prolongan habilidades naturales; que son la unión entre entre lo innato y lo adquirido.

Los sentimientos, pues, están determinados por elementos coyunturales (la situación real), efímeros y cambiantes, y por elementos estructurales (los deseos, las creencias y expectativas, la idea que el sujeto tiene de sí mismo), más estables, que se refieren a lo que hemos llamado personalidad. Tal y como la define Marina, la personalidad es el “estilo de obrar”, que no hay que confundir con el carácter: éste, entendido como el estilo de responder afectivamente a las situaciones, no determina el comportamiento, mientras que la personalidad sí. De hecho se dice que “los sentimientos son el puente entre la personalidad y los actos”.

EL JUICIO SENTIMENTAL

Al analizar los sentimientos, hemos dicho que nos indican cuál es la mejor opción. Pero… ¿qué entendemos por “mejor”? La opción que nos haga más felices. Hay “estilos de sentir” más propensos a la felicidad que otros, por eso muy a menudo es necesario efectuar cambios en lo más hondo de nuestros esquemas emocionales y equilibrar nuestra personalidad afectiva de tal modo que ningún sentimiento domine nuestra conciencia. Según Carol Magay y Susan McFadden, los cambios nos producen sorpresa e incluso miedo, puesto que arriesgan nuestra estabilidad: estas investigadoras afirman que la emoción es lazo de continuidad y a la vez proporciona el dinamismo motivacional del cambio.

Existen dos tipos de cambios personales, uno brusco y dramático, y otro gradual. En ambos casos se debe producir una modificación profunda y una reestructuración de las creencias que suele responder al siguiente esquema: sorpresa, desequilibrio emocional, evaluación, reflexión, cambio personal. Pero sobre este tema del cambio hay que hacer varias observaciones. En primer lugar, los cambios más interesantes, es decir, los graduales, son activos y lentos: son la acción y el tiempo lo que los consolida. Además, a la hora de cambiar, hay que poner en la balanza los beneficios y los inconvenientes que va a traernos nuestro nuevo “yo”, para no salir perjudicados. Por esto decimos que vivimos por encima de nuestros sentimientos: juzgamos con la inteligencia lo que nos dice la afectividad. Aquí es donde entran en juego los conceptos de “valores vividos” y “pensados”: los valores vividos surgen de nuestra experiencia sentimental, y encuentran en los valores pensados una barrera racional y una meta sublime hacia la que proyectarse. Esto sucede porque, como dice el autor, la inteligencia humana está organizada en dos niveles unidos por los fenómenos conscientes: el computacional, productor de las ocurrencias, y el ejecutivo, que tiene la capacidad de autodeterminación.

Es este segundo sector el que se encarga de evaluar los sentimientos, a partir de tres criterios: 1) decimos que son malos cuando anulan la libertad (es decir, nuestro deseo de ser libres condiciona nuestros demás deseos); 2) juzgamos las emociones según los efectos del comportamiento que fomentan; 3) los calificamos de adecuados o inadecuados respecto de un valor presente.

Por último, tenemos que tener muy claro a qué nos referimos cuando hablamos de felicidad. Si nos interrogamos acerca de sus “ingredientes”, reconoceremos que para ser felices debemos sentirnos seguros, nuestra energía vital tiene que ser absorbida por una sensación de plenitud e intensidad, debemos ser conscientes del cumplimiento de nuestras metas, y  confiar en nuestra propia autosuficiencia. Existen dos tipos diferentes de felicidad: la objetiva, que se refiere a esa situación necesaria para construir nuestro bienestar individual (es decir, la posesión de derechos y dignidad, a menudo menospreciados, a pesar de su importancia), y la felicidad subjetiva, que depende de nuestros proyectos, de nuestro estilo de percepción emocional… en definitiva, de lo que podríamos llamar nuestra personalidad afectiva.

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