CUANDO EL ALMA CABE EN EL CEREBRO

Quienes entienden las relaciones entre ciencia y filosofía en términos de pugna por un territorio en común (el conocimiento), verán en la problemática mente/cuerpo la configuración de un nuevo campo de batalla. Desde este punto de vista, la ciencia irá paulatinamente vaciando de contenido a la filosofía al ir encontrando respuestas científicas a los problemas filosóficos clásicos. Es la consideración de la filosofía como conocimiento pre-científico o proemial.  La situación sería la siguiente: hasta ahora hemos dejado que los filósofos se entretengan haciendo juegos de palabras en torno al alma y al cuerpo pero ha llegado el momento en que nosotros, los científicos, podemos dar una respuesta definitiva a esta cuestión. Una vez resuelta científicamente, a los filósofos no les quedará otra opción que callar y acatar el dictamen o hacer objeción de conciencia como vienen haciendo las distintas religiones. Aunque este esquema pudiera parecer caricaturesco es el que funciona conceptualmente en la actualidad y es uno de los rasgos característicos del fundamentalismo científico. No nos extenderemos más en su análisis o crítica pues ya ha sido tratado en otra entrada de este blog, lo que nos interesa es ver cuál es el dictamen que la ciencia ha arrojado sobre esta materia para acatarlo, no sea que nos llamen insumisos. Que se quiten los niños que vienen los mayores.

El increíble desarrollo de la neurología en las últimas décadas nos colocaría en disposición de poder interpretar todos los procesos mentales en términos de los procesos neurológicos y cerebrales que los determinan. Así el problema mente/cerebro es un falso problema. Lo único que hay realmente es el cerebro, los procesos psicológicos y mentales no son sino meras apariencias, epifenómenos de los procesos neuronales. Se podría decir que el cerebro segrega pensamiento como el hígado segrega la bilis. Parece que la ciencia ha terminado por secularizar el alma que, una vez muerto Dios o arrinconado, fue mente y ahora se materializa en el cerebro. “El alma o la psique cabe en el poco más de kilo y medio del tejido cerebral”, en palabras de Eduardo Punset.  Es un reduccionismo fisicalista al que no sólo se ve afectado las realidades mentales sino también las entidades abstractas. Todo es explicable desde el cerebro y los neurotransmisores: desde el amor hasta el gusto por una determinada música, pasando por las conductas, los pensamientos y las emociones.  La reducción supone la eliminación de uno de los términos y la hipostatización del otro. Esto tiene una consecuencia gnoseológica inmediata: psicología y neurología verán así sus respectivos campos unificados.

Es en este terreno gnoseológico donde el materialismo presentará batalla en primer lugar. Y no porque se meta a hacer ciencia sino porque los científicos se han metido a hacer filosofía. Es la filosofía espontánea de los científicos lo que posibilita este enfrentamiento. Psicología y neurología no son reductibles porque definen sus campos a una escala diferente. Supongamos el caso de un niño que tiene una mala conducta del sueño y hay que dormirle. Se nos presentan dos alternativas: la primera y más inmediata es suministrar al niño una pastilla para dormir. La pastilla liberará un componente químico que provocará una reacción en algún receptor cerebral obteniendo como resultado que el niño se duerma y los padres descansen. Esta solución es neurológica, está pensada a una escala paratética, de reacción entre dos elementos químicos.  La segunda posibilidad, y la más recomendable, es la de asumir que este problema hay que resolverlo a escala psicológica. Esto implica necesariamente que la solución será apotética, a distancia. El psicólogo no opera sobre el cerebro sino sobre las conductas. Se recomendará a los padres unas técnicas de entrenamiento de la conducta para que el niño aprenda a dormir solo. El libro Duérmete niño, del doctor Estivill es un claro ejemplo de solución apótetica y psicológica al problema del insomnio infantil. Como podemos apreciar ambas soluciones obtienen el mismo resultado pero lo hacen a escala diferente. Es esta diferenciación de escala la que media entre la Psicología y la Neurología y la que provoca que ambas categorías no sean reductibles.

¿Es posible extrapolar estas conclusiones al campo sobre el que ambas disciplinas operan? O dicho de otra manera, si la psicología no se puede reducir a los parámetros neurológicos ¿puede entonces la mente verse reducida a un simple epifenómeno del cerebro? Es ahora cuando entramos en el terreno ontológico. Pudiera parecer que, desde una postura materialista como la que defendemos, se mire con cierta benevolencia este reduccionismo fisicalista pues sería más solidario con las tesis materialistas que su contrario, el mentalismo. Pero nada más alejado de la realidad. La inconmensurabilidad entre los tres géneros de materialidad (cuerpo, alma e ideas, a groso modo) es una de las tesis fundamentales del materialismo filosófico. Nadie niega que mente y cuerpo sean inseparables. No existen las mentes sin cuerpo.  Lo que si se niega es que los procesos mentales sean reductibles e interpretables desde los parámetros de los procesos neurológicos. En otras palabras no son separables pero sí son disociables como los días son disociables de las semanas o las semanas de los meses, “por cuanto las leyes o ritmos de desarrollo de estos géneros resultan ser irreductibles e independientes de las leyes o ritmos de desarrollo de los géneros asociados”.  Dejemos que Vidal Peña cierre esta entrada por nosotros:

“Si, por el hecho de considerar injustificadas esas menciones a la interioridad ajena, estimásemos carentes de sentido expresiones como «los verdugos causan un gran dolor a sus víctimas cuando les aplican hierros candentes», y recomendásemos su sustitución por algo así como «las personas a quienes los verdugos aplican hierros candentes experimentan ciertas alteraciones de sus músculos faciales, se retuercen y emiten sonidos inarticulados»: tal neutralidad descriptiva se haría, quizá, sospechosa de sadismo”

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