ANTICONCEPCIÓN Y ABORTO

En septiembre de 2010, los medios de comunicación dieron la noticia de que, por primera vez desde 1985, ha descendido, en España, el número de abortos provocados. Trinidad Jimenez, por entonces ministra de Sanidad y Política Social, atribuyó el descenso a la implementación de la actual ley de salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria del embarazo, que facilita el acceso a la píldora del día después.

Quiero llamar la atención sobre una dificultad que puede pasar desapercibida: la conexión causal entre la facilidad de acceso a la píldora del día después y el descenso del número de abortos provocados sólo puede establecerse desde unas coordenadas ideológicas determinadas. No se trata, en modo alguno, de un hecho puro, no contaminado por interpretaciones teóricas. En efecto, sólo si se considera que la píldora del día después no es abortiva, es posible conectar su distribución y consumo con el descenso del número de abortos. Por el contrario, si se considera que la píldora es abortiva, no podrá hablarse, si quiera, de un descenso en el número de abortos. 

¿Es la píldora del día después abortiva?

Aquí se sostendrá la tesis de que la píldora del día después es un método anticonceptivo, y no un método abortivo. Los métodos anticonceptivos permiten separar el sexo recreativo heterosexual del sexo reproductivo, impidiendo que el espermatozoide llegue a fusionarse con el óvulo o actuando sobre los productos tempranos de la fecundación. Los métodos abortivos, en cambio, suponen la destrucción de un organismo humano individual distinto de la madre gestante. Las consideraciones éticas a propósito de la anticoncepción y el aborto son, según esto, de diferente tipo.

La píldora del día después está indicada hasta las setenta y dos horas después de haber tenido lugar el coito, aunque su efectividad es tanto mayor cuanto antes se administre. El funcionamiento de este método anticonceptivo depende del momento del ciclo menstrual en el que se toma: en unos casos, actúa inhibiendo o atrasando la ovulación, en otros inhibiendo el transporte del ovocito o del esperma, en otros, dificultando la fertilización y en otros, finalmente, puede producir variaciones en el endometrio, haciendo imposible que el cigoto se implante en el útero. Todos los especialistas diferencian este sistema del procedimiento de las píldoras abortivas: estas últimas (como la RU486) provocan un aborto una vez que el embrión está ya totalmente implantado.

La píldora del día después no es un método abortivo, porque actúa sobre conjuntos de células que aún no han dado lugar a un organismo individualizado. Por eso, el uso de este método anticonceptivo no plantea problemas éticos, aunque hay que reconocer que, en el estado actual de las otras técnicas anticonceptivas, a menudo apura los procesos hasta el extremo sin necesidad. Los únicos problemas éticos que se podrían considerar son los que tienen que ver con los riesgos para la salud de la mujer que utiliza este método (los propios médicos advierten que este método debe ser considerado excepcional). 

Es sabido que la Iglesia Católica se opone tanto a los métodos anticonceptivos como a los abortivos. Los métodos anticonceptivos, como se ha dicho, permiten separar el sexo recreativo heterosexual del sexo reproductivo. Desde las coordenadas católicas, esta separación no es admisible, puesto que el sexo es concebido como algo intrínsecamente malo y sólo es tolerado cuando tiene lugar, en el seno del matrimonio, con fines exclusivamente reproductivos. La condena de la anticoncepción deriva, pues, de la condena del sexo; pero la condena del sexo se asienta sobre la base de un prejuicio teológico-dogmático con el que una filosofía racionalista, en el presente, no puede comulgar.

Por lo que se refiere al aborto provocado, dado que éste supone la destrucción de un organismo humano individualizado, es preciso reconocer, en abstracto, que la condena católica tiene un fundamento ético indudable. El problema radica, sin embargo, en que la Iglesia Católica insiste en considerar abortivos no sólo los métodos que actúan sobre el embrión implantado e individualizado, sino también todos aquellos que actúan sobre los productos tempranos de la fecundación. El resultado es, en nuestro caso, que la píldora del día después, sin duda un método anticonceptivo, resulta ser interpretado como un método abortivo. Esto da lugar, en la práctica, a una incapacidad de ver lo evidente: no es lo mismo usar la píldora del día después con el fin de evitar un embarazo no deseado que interrumpir un embarazo destruyendo un embrión humano.

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