EL GUSTO POR LO ORIGINAL

El debate abierto hace unos meses acerca de la necesidad de reabrir o no las “puertas” de Altamira nace de la evidencia de que las visitas a la neocueva de Altamira, una réplica exacta de la original, no han cumplido con las expectativas. La gente no quiere ver copias, lo que quiere es disfrutar del sabor del original. El presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, manifestó que había recibido la petición expresa tanto del ex-presidente francés Jaques Chirac como del máximo mandatario mexicano, Felipe Calderón, para ver la versión original de la “Capilla Sixtina del arte rupestre”.  Se vio obligado a responder con un no rotundo. Pero ahora era el mismísimo presidente de los EEUU el que hacía la petición ¿quién le puede negar algo semejante a un premio Nobel de la paz? “¿Ustedes se imaginan lo que significaría para esta tierra que personas de ese nivel viniesen a Cantabria expresamente a ver eso?” Así que el Patronato de Altamira se puso manos a la obra activar la maquinaria que permita en unos años la reapertura controlada de las cuevas patrimonio de la Humanidad a pesar del informe negativo del CSIC. Obama será, por supuesto, el primer invitado en pisar las cuevas desde que se cerraran al público por última vez en el año 2002.

Otro ejemplo claro del gusto por lo original lo podemos encontrar en Florencia. Cuando se visita la Piazza della Signoria se puede disfrutar, junto con otras esculturas, de una réplica exacta del David de Miguel Ángel. Pues bien, lo curioso es constatar cómo, uno tras otro, miles de turistas culturales pasan por delante de la obra sin prestarle la menor atención. Los mismos turistas que horas más tarde entrarán en éxtasis al contemplar in situ la obra original en la Galería de la Academia. Imaginemos  el caso de un turista incauto y desinformado que, sin saberlo, ha entrado en éxtasis ante la copia ¿qué pensará cuando horas más tarde se encuentre con el original? Parece, por tanto,  que el “goce estético” sólo está reservado para la contemplación de obras originales, que nada entiende de copias, por muy exactas que éstas fueran.

Ambos ejemplos nos colocan frente a la siguiente cuestión ¿qué es lo que nos mueve a recorrer miles de kilómetros para contemplar determinada obra de arte? ¿Cuáles son las razones que sostienen el peregrinaje artístico? Estas cuestiones tienen especial interés si tenemos en cuenta que, en la actualidad, uno puede contemplar cualquier obra de arte desde el salón de su casa con una calidad hasta hoy inimaginable. Sólo hay que echar un vistazo a la vista en 360º que el Vaticano nos ofrece de la Capilla Sixtina para darse cuenta de ello. ¿Cuál es entonces la razón por la que no nos contentamos con ello y nos vemos impelidos a ver la obra original?

La respuesta que daremos a estas cuestiones es que es cierto tipo de fetichismo lo que mueve y sustenta el turismo cultural. No es lo mismo entrar en las cuevas de Altamira originales y verse rodeado por esa atmosfera ancestral que entrar en su imitación, por muy bien hecha que esté. Igual que no es lo mismo ver el David que salió de las manos del genio del Renacimiento que el falso David, por mucho que este hecho con un molde y sea prácticamente idéntico.  Es como si estar en presencia de una autentica obra de arte les fuera a proporcionar sensaciones inaccesibles desde cualquiera de los otros canales de acceso a ellas.

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