A PROPÓSITO DE UNA TEORÍA DARWINISTA DE LA BELLEZA II

Suponemos que el origen de los valores estéticos está asociado al desarrollo de la cultura objetual, y que ésta puede definirse, de forma tentativa, como el conjunto de los objetos fabricados por medio de las operaciones normalizadas de los hombres. Ponemos en la normalización, asociada a las operaciones humanas y a los objetos culturales resultantes de ellas, el origen de los valores estéticos. La belleza, por ejemplo, podrá residir en la norma misma, en tanto que enfrentada a otras normas alternativas, pero orientadas hacia el mismo propósito;  en las operaciones normalizadas, en la medida en que se ejecutan de acuerdo con la norma; y en el objeto normalizado, cuyo sentido proviene de la  norma que preside su construcción, en tanto que ésta determina su estructura interna. En general, cabe afirmar que los valores estéticos se van recortando sobre el fondo de este entramado cultural de normas, de modo que la coloración particular de cada uno de ellos puede hacerse consistir en una determinada disposición, en relación con dicho fondo normativo. Así, unos lo son por ajuste,  en diverso grado, otros por desviación, también en diverso grado, otros por negación, etc.

Las producciones lingüísticas son producciones objetivas normalizadas, de forma que todo lo dicho también puede aplicarse a ellas.

La “Naturaleza”, en cambio, no es una fuente original de valores estéticos. La coloración estética que, sin duda, acompaña a muchos objetos naturales,  incluidos los cuerpos humanos, proviene de fuentes culturales. Esto tiene que ver con los procesos de despiece y conceptualización de las formas naturales que pudieron comenzar a tener lugar, en el seno de la cultura objetual, a través del  lenguaje, la pintura y la escultura, y, más adelante, la fotografía o el cine. Por vía de ejemplo: un fenómeno natural como la aurora, que por sí mismo no es ni bello ni feo, sino sólo efecto de determinadas causas, adquiere una coloración estética positiva cuando Homero se refiere a él como “divina aurora de rosáceos dedos”, una fórmula que, desde entonces, se multiplica en bocas y plumas de  hombres por doquier, moldeando nuestra forma de “enfrentarnos” al amanecer y condicionando, incluso, nuestras emociones y sentimientos ante su contemplación.

Merece la pena detenerse en la cuestión del sentimiento estético. Aquí suponemos que el sentimiento estético es un armónico del valor estético. Dado el valor estético, que, como ha quedado dicho, está internamente vinculado a la normalización cultural, el sentimiento estético ocurre en los sujetos por vía de aprendizaje o moldeamiento. Somos adiestrados, en los marcos de los sistemas de educación reglada, pero también por la concurrencia de múltiples estímulos educativos difusos, para reconocer el valor estético, culturalmente cristalizado, y reaccionar ante él de un determinado modo.

Lo dejamos aquí, por el momento. En la siguiente entrada, partiendo de los principios que hemos fijado, intentaremos dar respuesta a las preguntas que dejamos formuladas en el número pasado:

– ¿Existen realmente los universales estéticos? De ser cierto que existen, ¿pueden explicarse por su arraigo bio-psicológico? ¿No habría que ensayar, antes, una explicación de carácter histórico-difusionista?

– ¿No se sigue de la explicación de Dutton sobre el origen de los valores estéticos asociados a los objetos naturales que también los animales poseen una dimensión estética? Pero, ¿acaso la estética no es una dimensión exclusiva del hombre?

– ¿Es correcta la interpretación que hace Dutton de las hachas achelenses como objetos artísticos?

– ¿Qué recorrido real puede tener una teoría que vincula, de forma esencial, el reconocimiento de la belleza en el terreno del arte, la cultura y la acción humana con la selección sexual?

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2 respuestas a A PROPÓSITO DE UNA TEORÍA DARWINISTA DE LA BELLEZA II

  1. Pelayo Baquero dijo:

    Me he encontrado con una cita de Julien Gracq que viene a cuento:

    “El sedimento pedagógico, la costumbre de la enseñanza y la investigación universitaria marcan profundamente nuestra aproximación a la obra de arte. Antes incluso de que nos guste, han querido explicárnosla. Lo que les interesa a los docentes, por razones profesionales muy válidas, no es la libre impregnación que permite disfrutar de ella, sino las cuestiones externas que la aprehenden.”

    Aunque no vea más normalización que la reglada, al menos en esta admite la inculturación de los valores estéticos de la que habláis aquí.

    Un saludo.

  2. Pingback: A PROPÓSITO DE UNA TEORÍA DARWINISTA DE LA BELLEZA | EL PULIDOR DE CRISTALES

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