¿FAHRENHEIT 2011?

El libro electrónico aventaja al de papel en aspectos decisivos. Pese a ello, un buen número de lectores lo rechaza sin que la industria papelera ni el sector de la impresión les haya azuzado a cargar contra sus propios intereses. ¿Cómo se explica esta reacción? La tecnofobia queda descartada: los detractores navegan por internet y divulgan su rechazo a través de foros y bitácoras. ¿Cuáles son las razones que aducen? Si dejamos a un lado las exaltaciones de un encanto ligado al papel y a la imaginería plumífera, encontraremos razones de naturaleza práctica algo más inteligibles.

Pero antes conviene dar un repaso veloz a las ventajas del libro electrónico. Las primeras tienen que ver con la comodidad del lector: se trata de un artilugio ligero, fácil de usar, compatible con tipos de archivo diferentes y que no cansa la vista (ofrece la posibilidad de cambiar el tamaño de las letras y no usa una pantalla retroiluminada). Por otra parte, su capacidad de almacenamiento equivale a la de cientos de anaqueles y, aún así, es tan fácil de clasificar como un pendrive. Resulta más barato y versátil, puesto que las ediciones digitales cuestan menos y son capaces de leer documentos propios. Su uso contribuye a frenar la deforestación y disminuye la contaminación asociada a los blanqueadores de papel. También reproducen mp3, un detalle que los lectores de poesía extranjera sabrán apreciar. Las pantallas que reconocen la escritura y los motores de búsqueda textual se refinan progresivamente. Kindle, el libro electrónico de Amazon, permite acceder al catálogo y comprar libros desde el propio aparato y sin necesidad de estar conectado a internet.

De modo paralelo, las tabletas abren nuevas posibilidades a la edición, con textos organizados verticalmente mediante hipervínculos y en los que se pueda sacar partido a los recursos multimedia (gráficos, animaciones, vídeo y audio). He aquí un ejemplo digno de ver (los impacientes pueden saltar al minuto 2:45). Una vez visto el vídeo, piensen en cómo se podría editar un libro de arte o historia.

Pasemos a las críticas contra el libro electrónico.

Ernst Jünger empezó el Tristram Shandy poco antes de que le hirieran de un balazo en las trincheras de la Gran Guerra. Gracias a que lo llevaba en un bolsillo de la chaqueta pudo proseguir la lectura en el hospital. Tristram, Yorick y el resto le aliviaron la convalecencia. En esta anécdota resplandecen las dos ventajas relativas del libro impreso que se suelen citar: la dureza y la independencia respecto de la electricidad. Acerca de la primera no hay discusión posible: no hay ebook reutilizable después de equilibrar un mueble cojo; sin embargo, yo mismo poseo un ejemplar de Franny y Zooey que sobrevivió a un chapuzón y sigue legible.  En cuanto a la dependencia eléctrica del ebook, lejos de lo que pudiera parecer, no es un grave escollo: al lector voraz le sobra con un enchufe cada cien kilómetros. En cualquier caso, es un escollo menguante porque cada día duran más. Una tercera crítica guarda relación con la perduración de los formatos: ¿podrán leerse mis libros con un aparato cincuenta años más moderno? Si ocurre lo mismo que con las actualizaciones del Office, tenemos motivos para ponerlo en duda.

Los reparos del lector voluptuoso son de otro tipo: encarece el goce que proporcionan algunas ediciones, aunque a menudo parece referirse a cualquiera, y del que no me sustraigo (tres botones como muestra: Acantilado, Gadir y Atalanta). Pero escamotea una parte de la verdad: sentir un libro no siempre es placentero. Olvida los ejemplares pegajosos o pintarrajeados de las bibliotecas y las únicas ediciones disponibles de un buen libro que están impresas en un papel basto, amarillento, con una letra diminuta o sin márgenes. Cuando evita olores penetrantes y el repelús de una hoja polvorienta y húmeda, tener un objeto inodoro y silencioso entre las manos puede compensar la ausencia del olor a tinta o al papel preferido.

Se pueden añadir algunas virtudes más. Las primeras derivan de su condición de bulto. Al ocupar espacio, el libro impreso impone un límite a su acumulación, aunque los amantes de la lectura suelen preferir estrechar pasillos y condenar puertas antes que deshacerse de ellos. Por otra parte, permite que uno se tropiece con un libro que no recordaba haber comprado, o que conceda una segunda oportunidad a uno cuya lectura inició en un momento inoportuno. En el interior de un libro electrónico, en cambio, una compra vieja pasa desapercibida con más facilidad y un libro que se abandona corre el riesgo de ser arrumbado para siempre. En las librerías, la búsqueda de un título te pone en contacto con los de alrededor, entre los que puedes descubrir algo que te interesa y que desconocías hasta ese momento. Tal y como sucede en internet, las librerías digitales encuentran con mucha eficiencia lo que buscas, pero en ellas resulta más difícil encontrar algo que ni tú mismo sabías que te interesaba. Por último, los libros impresos también son, aunque sea de manera secundaria, objetos en los que los usuarios dejan marcas: pueden ser vestigios de personas queridas (anotaciones marginales, dedicatorias, dibujos) o evocaciones de un momento que ha quedado grabado allí como en ninguna otra parte. No estoy seguro de que el ebook conserve esta faceta del libro impreso, pero no importa: otros objetos harán las veces.

El libro no ha sido siempre de papel ni impreso. Ahora que está a punto de convertirse en electrónico o cibernético, lo esencial pervivirá y –como diría Espinosa– habrá incrementado su potencia. Quizá desaparezcan las librerías como las conocemos y con ellas algunas costumbres entrañables, pero saldremos ganando.

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