SI NO LO VEO, NO LO CREO

El éxito del programa de Telecinco Más allá de la vida, en el que la médium Anne Germain pone en contacto a personajes famosos con los espíritus de sus seres queridos, es una de las peores noticias sobre el estado de salud mental de los españoles.

Cuando el programa iba a comenzar sus emisiones, un compañero me preguntó si no lo iba a ver. Al contestarle que no, que no necesitaba verlo para saber que era un fraude, su mirada sólo quería decir una cosa: “eres un intolerante”; cómo podía afirmar eso sin haberlo visto primero; para poder opinar primero lo tenía que ver. Conviene aclarar, antes de proseguir, que mi amigo no es un crédulo indocumentado; su posición es más bien la de un agnóstico. Con el tiempo he comprobado que buena parte del público del programa se autoproclama (en los foros de Internet) agnóstico y, la verdad,  no me sorprende. Espero que al acabar de leer esta entrada tampoco os sorprenda a vosotros. Comencemos por aclarar los términos.

Ateísmo y agnosticismo.

Quizá a un nivel académico resulten claras las diferencias existentes entre el agnóstico y el ateo pero, en la práctica cotidiana, sus límites son difusos, lo que provoca que ambos conceptos aparezcan enmarañados en una nebulosa conceptual que conviene aclarar. Esta confusión vendría originada por el hecho de dividir el mundo, en lo concerniente a la religión, en dos grandes grupos: el de los creyentes y el de los no creyentes. Agnósticos y ateos quedarían englobados en el grupo de los no creyentes. ¿Qué es lo que les diferencia?

A simple vista pudiera parecer que no es más que una diferencia de grado la que media entre estos dos conceptos. De esta manera, el ateo se nos presenta defendiendo una posición radicalizada con respecto al agnóstico. El agnosticismo no sería más que un ateísmo débil o el ateísmo un agnosticismo fuerte. Mientras unos simplemente no creen en Dios (ni dejan de creer) los otros creen que Dios no existe. La distinción, entendida en estos términos, se mueve en un terreno puramente epistemológico. Es en este ámbito en el que aparece el concepto primitivo de agnosticismo tal y como fue acuñado por Huxley. El agnóstico solo dará por ciertas aquellas realidades que sean verificables a través de los sentidos o demostrables científicamente. Sobre el resto de las realidades lo prudente será suspender el juicio. No hay evidencias que prueben que Dios existe (por eso no creen) ni pruebas que excluyan su existencia. Esta pretendida neutralidad hace de la posición del escéptico una posición mucho más amable, respetuosa, tolerante y acorde a los tiempos que corren que la del ateo que tiene la desvergüenza de afirmar que Dios no existe. Es por ello que la mayor parte de los no creyentes se muestren como agnósticos antes que como ateos. Y es que hasta el mismo nombre parece más sofisticado y elegante que el de ateo, como ironiza Gustavo Bueno al compararlo con aquél que prefiere llamarse oftalmólogo antes que oculista.

Es en el ámbito ontológico en el que se abre una brecha mucho más profunda entre el agnóstico y el ateo. El agnóstico al suspender el juicio está dando la existencia de Dios como algo posible. Pero Dios no es una entidad cualquiera. No es lo mismo dudar sobre la existencia de los extraterrestres o los unicornios que hacerlo acerca de Dios. Dios como ser perfectísimo tiene una particularidad que ningún otro ser tiene: su esencia implica su existencia. A Dios no le vale con poder ser. Si puede ser entonces es necesariamente como bien supo ver San Anselmo. A diferencia del agnóstico, el ateo, tal y como le entiende el materialismo filosófico, niega toda posibilidad a la existencia de Dios. El concepto mismo de Dios se le presenta como contradictorio e imposible. Lo que el ateo pone en cuestión, en este marco ontológico, no es si Dios existe o no, sino la propia idea de Dios. Es en este sentido en el que tenemos que entender la afirmación de Engels cuando dice que el agnóstico no es sino un ateo vergonzante.

La fe del agnóstico.

La duda del agnóstico tiene algo de infantil, de ingenua. Es el “si no lo veo, no lo creo” de Santo Tomás, el apóstol. Nos les imaginamos a la espera de la prueba irrefutable de la existencia de Dios como el judío está a la espera de la llegada del verdadero Mesías. Tienen la necesidad de ver para creer. Por eso resulta lógico que no se pierdan ni un capítulo de Más allá de la vida, no sea que las experiencias extrasensoriales de Anne Germain no sean finalmente una farsa. No está la cosa como para dejar pasar ese tren.

Y es que el agnosticismo no es del todo ajeno a posiciones espiritualistas. Es curioso constatar como muchas veces a la vez que crítica frontalmente las religiones del libro (especialmente el cristianismo) se muestra extrañamente tolerante con posicionamientos del tipo “somos energía y la energía no se destruye, se transforma”.

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2 respuestas a SI NO LO VEO, NO LO CREO

  1. Pingback: NÚMERO DIEZ | EL PULIDOR DE CRISTALES

  2. Daniel Baquero dijo:

    No me ha quedado más remedio que levantarme y aplaudir. Creo que esta entrada debería ejemplificar la definición de texto argumentativo de cualquier enciclopedia.

    Sólo una duda pasea por el aire: El término ateo menta al mismísimo para negarle. ¿No habría forma de que este no tuviese que ser citado? Me arriesgo a la pregunta con la intrigante certeza de estar rozando la estupidez. Un abrazo.

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