DE GUSTIBUS DISPUTANDUM

Dejar en blanco Google es muy difícil: resistir la tentación de buscar algo –por recreo o curiosidad pasajera– es tan poco probable como que la búsqueda no arroje resultados. Las maravillas de esta doble circunstancia son tan evidentes que no me detendré mucho en ellas. Internet es una biblioteca sin fondo abierta a cualquiera con tiempo y un manojo de gustos personales. El coleccionista de pipas puede zambullirse en la historia del artilugio, ver un vídeo de la fabricación desde la búsqueda del arbusto hasta el acabado de la cazoleta, discutir en un foro sobre el maridaje con los tabacos o participar en la subasta de una ganga; el entusiasta de Thelonious Monk encuentra toneladas de anécdotas, grabaciones caseras, artículos sesudos y reseñas discográficas, por no hablar de apariciones en televisión y fotografías insólitas; por último, alguien interesado en la psicología evolutiva tiene acceso a las páginas de quienes la investigan, donde podrá descargar más artículos y ensayos de los que alcanzaría a leer. Cada hora hay nueva información y zarandajas en la que enredarse a gusto.

Sin embargo, la posibilidad de colar a través de nuestras inclinaciones personales todo lo que llega a nuestro ordenador también tiene consecuencias negativas: cuando se trata de formarse una idea sobre el mundo, aumenta el riesgo de recibir una halagüeña confirmación de nuestros prejuicios. En otras palabras: quien prefiere regalarse los oídos a enterarse de lo que pasa podrá tener la sensación de contemplar el mundo desde una cofa, pero lo hace desde un árbol tupido (que además es un guindo). La otra consecuencia negativa ni siquiera lo es siempre: tiene que ver con dar vueltas a lo mismo y volverse impermeable a las sugerencias imprevistas. Nada letal.

En cualquier caso, las inclinaciones o los gustos nos llevan de la mano varias veces al día. ¿Sabemos algo de ellos?  ¿Se pueden analizar o simplemente se justifican? Hoy, como en la época de Feijoo, campa a sus anchas el “recibidísimo axioma” de que cada uno tiene sus gustos y no hay más que hablar. No obstante, sospecho que su popularidad está tan extendida como su incumplimiento.

Incluso los que conectan sus gustos con las vísceras hablan sobre ellos y tejen teorías sobre su origen (poco importa que sean de andar por casa en el doble sentido de la expresión). La adolescencia es la etapa en la que las preferencias se clasifican en dicotomías inapelables y las propias se enarbolan con orgullo, por eso la elijo como punto de inflexión y sugiero que nos situemos una década más tarde para que se abra ante nosotros el panorama de sus excesos. El conjunto de las cosas que aborrecíamos y con las que disfrutamos ahora, y el de las que hemos abandonado y malviven de la nostalgia rebosan de ejemplos. En ellos encontramos ropa, discos, programas de televisión… y gente. A menudo los cambios obedecen a la trituración de una ideología que se ha revelado falsa: rebeldía = droga, crítica = letras combativas e ingenuas, autenticidad = roña/descaro/apasionamiento, música tarareable = kitsch… Pero otras veces se asocian a estados de ánimo o de salud: una mala noticia arruina la novela que leíamos con placer y una jaqueca vuelve insoportable una melodía. Sin embargo, el caso más curioso tiene que ver con un cambio de gusto que no lleva años, sino minutos, y que está relacionado con dar razones de lo que nos gusta. Quien suela ir acompañado al cine seguramente lo habrá visto o experimentado a la salida, cuando surgen las preguntas de si te ha gustado la película y por qué. No es raro que, mientras uno las contesta, su entusiasmo se desinfle ante los comentarios certeros de otro o que la decepción dé paso al reconocimiento de méritos que un minuto antes le habían pasado desapercibidos.

¿Es posible organizar este embrollo de casos y causas? Invito al lector a que lo intente y le aconsejo por dónde empezar: “Razón del gusto”, un discurso del tomo séptimo (1734) del Teatro crítico universal. La raspa del discurso es que las causas de nuestras preferencias son el temperamento y la aprehensión, que el DRAE de 1726 definía así: “lo que con propiedad se entiende de lo que el entendimiento concibe (…)”, pero también “la vehemente y tenaz imaginación con que el entendimiento concibe, piensa y está cabilando sobre alguna cosa que por lo regular assusta y desazona”. Supuesto que el temperamento es invariable en cada momento, no tiene sentido discutir los gustos que a él se ajustan; sin embargo, la aprehensión que subyace a ciertas preferencias puede ser errónea y, en ese caso, una conversación puede ser útil para descubrir su error y dejarla sin efecto.

Podría destripar el discurso con una paráfrasis salpicada de citas, pero eso les quitaría la oportunidad de seguir una sugerencia imprevista y enriquecer las rutas de sus futuras búsquedas en Google. Por otra parte, creo que esas pocas líneas apuntan una clasificación discutible, pero esclarecedora y lo bastante incitante como para tomarse la molestia de leer una docena de párrafos en un español bien escrito y mejor pensado. Vila-Matas dice que un clásico “es simplemente un libro que no termina de decir lo que tiene que decir” y con Feijoo se cumple, no porque sea confuso y nos obligue a releerlo, sino porque después de 277 años sigue hablándonos con provecho.

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