¿POR EJEMPLO…?

Las funciones principales del ejemplo son aclarar una definición, poner a prueba una conjetura o avalar una tesis. No se trata de tareas excluyentes, aunque un mismo ejemplo puede ser una ilustración extraordinaria (por su simplicidad) y a la vez una prueba deleznable (por lo mismo). En esta línea, la retórica medirá la bondad de un ejemplo de acuerdo con factores diversos: el tiempo de que dispone el orador, la facilidad de ser presentado con imágenes, la instrucción o la edad de la audiencia, el tipo de texto (un sermón, una conversación de chat, el tema de un libro de texto)… Aquí daremos esquinazo a esas cuestiones y nos centraremos en la escasez de ejemplos, un fenómeno que puede instalarnos en la inopia por la vía rápida.

Una y otra vez encontramos la frenología como ejemplo de pseudociencia o la lucha conta los nazis como la guerra justa por antonomasia. Con independencia de que esa repetición sea enojosa o fucsia, contribuye a la escasez y debemos preguntarnos si es perjudicial en sí misma. A mi juicio lo será cuando obedezca a la pereza o a la incapacidad de encontrar ejemplos menos trillados, y no lo será cuando responda a necesidades practicas. Recurrir a un caso conocido por todos puede evitar un digresión innecesaria o ser útil a un público cuya composición haga imposible atribuirle unos conocimientos concretos o uniformes.

A continuación hablaré de algunas consecuencias indeseables de la escasez por pereza o estupor. La primera consiste en hacerse la ilusión de haber encontrado una explicación convincente que luego resulta precipitada o vergonzosa. ¿Cómo puede suceder algo así? Pues basta con que uno verifique su teoría con lo mismos datos que la sugirieron. Este espejismo es especialmente temerario entre profesores, tertulianos y sabiondos, pues se trata de gente inclinada a airear sus ocurrencias antes de haberlas sometido a examen. Otra consecuencia indeseable guarda relación con la comprensión deficiente: parece claro que si entiendo algo bien podré proponer ejemplos de mi cosecha sin temor a equivocarme. Ahora la escasez es un indicio de incomprensión o de comprensión inmadura o defectuosa. Con eso tienen que ver los etcétera huecos. ¿Qué hay bajo ciertos puntos suspensivos o etcétera que rematan enumeraciones en apariencia interminables? Nada de nada. Les invito a que hagan la prueba de animar al abreviador para que continúe su lista. Cuando eclosionen los puntos suspensivos nacerán cáscaras.

Confío en que estas líneas despierten una sana desconfianza en la escasez de ejemplos: estrujarse los sesos en su busca reduce el riesgo de usar el etcétera como un tapujo y de hablar como el muñeco de un ventrílocuo.

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