PEDIR PERAS AL OLMO

El lector adapta sus expectativas a la naturaleza del texto: no lee un bando municipal por el deseo de divertirse, ni hojea Mafalda con el afán de aprender historia. Así, de un reportaje se espera concisión y un cierto desarrollo del tema; de un titular, el avance del contenido más importante; de un ensayo filosófico, su buena dosis de jerga insufrible… A partir de las características propias de cada género podríamos construir clasificaciones y series ordenadas. Por ejemplo, si atendemos a la calidad de las pruebas empíricas que deben aportar, una posible lista incluiría (ordenados de menos a más): un artículo del Hola, un comentario del facebook, una crónica parlamentaria y un artículo científico. En cualquier caso, antes de comentar un texto uno debe preguntarse qué puedo esperar de él. De lo contrario correríamos el riesgo de criticar Mafalda porque ignora a Felipe V.

¿Qué podemos esperar de una columna publicada en un periódico nacional? O dicho de otra manera, ¿cuáles son las características propias de ese tipo de texto? Por de pronto debe ser comprensible sin necesidad de conocimientos especializados, dado que se dirige al “público en general”. Los columnistas disponen de poco espacio, pero esta escasez se compensa con que pueden dar por consabida la información que el periódico proporciona sin necesidad de resumirla. Es decir, una parte esencial del artículo puede estar implícita. Por otra parte, su objetivo es difundir una opinión, no demostrar una teoría: la utilería académica (bibliografía, notas al pie, gráficos…) está de más. Respecto de la argumentación, basta con que respalde las afirmaciones del autor sin necesidad de que alcancen un rigor formal exquisito.

Antes de seguir, me gustaría llamar la atención sobre un hecho curioso. Los periódicos de mayor tirada reservan las mejores columnas (por su ubicación y por el día en el que se publican) a los novelistas. Tal vez la costumbre impide que parezca curioso, pero ¿es que la destreza narrativa garantiza la solvencia crítica por sí misma?, ¿suple la erudición literaria los rudimentos de economía, derecho y teoría política imprescindibles a la hora de comentar la actualidad? Aunque algunos tengan más que rudimentos (Sánchez Dragó, Muñoz Molina o Vargas Llosa) no los tienen ni hacen buen uso de ellos –si lo hacen– por el hecho de ser novelistas, sino por ser quienes son. La pregunta sigue teniendo sentido: sobre la habilidad retórica se cierne la sospecha de “engrandecer lo insignificante”, como muestra la caracterización áspera de Josep Pla: “Las personas que escriben a través de la imaginación, sin saber nada de nada, producen papeles y libros retóricos; con frases recargadas y enroscadas, recurren a una gran cantidad de palabras para no decir nada”.

Hoy nos ocuparemos de la columna que Juan Manuel de Prada publicó ayer en el ABC con el título de “Persecución religiosa”. En primer lugar expondré el esqueleto de la argumentación y luego pasaré a comentarla. Dicho esqueleto no pretende resumir el artículo, que debe ser leído para entender lo que sigue.

De Prada presenta tres tesis, una por párrafo. Según la primera (T1), el asesinato de cristianos y las “formas más sofisticadas de hostilidad” occidental son fenómenos del odium fideis, es decir, obedecen a la misma causa pese a tener apariencias distintas. La segunda tesis (T2) afirma que los asesinos y los responsables de esas “formas de hostilidad” actúan solidariamente, de manera que los occidentales sacan provecho de las atrocidades que se perpetran contra los cristianos en otras partes. Por último, sostiene (T3) que el derecho a la libertad religiosa disimula una impostura mesiánica contraria al resto de cultos.

El uso del dualismo cuerpo/alma, la alusión química al Diablo, la acepción con que se usa “modernismo”, así como los conceptos de odium fideis y misterio de iniquidad –apologético y apocalíptico respectivamente– revelan de inmediato una perspectiva teológica que estoy a punto de abandonar. Intentaré que la traducción a términos racionales sea lo más neutra posible a fin de que los lectores católicos de este blog no queden centrifugados del análisis. Las críticas materialistas, hechas desde un ateísmo esencial total, tendrán que esperar.

T1 equipara el asesinato de cristianos con las “formas sofisticadas de hostilidad” en la medida en que resultan del odio a la fe (cristiana). En términos lógicos elimina las especies por el género: los asesinatos religiosos y la “hostilidad” occidental quedan englobados en el “odio a la fe”, que se considera el dato esencial. La inmersión en el género no es de por sí una falacia. Alguien que ordene sus libros en las categorías complementarias ficción y no ficción procede por eliminación de especies, y puede que esa indistinción (entre ensayo y poesía o matemáticas e historia) junto con el orden alfabético facilite la búsqueda (por desgracia, lo más probable es que posea muy pocos libros de no ficción). En otros casos, sin embargo, confunde o segrega elementos pertinentes: cuando la especie “terrorismo etarra” se elimina en el género “violencia”, el hecho de que los asesinados sean ciudadanos españoles no nacionalistas quedará difuminado en la expresión “víctimas de la violencia”.  ¿Cuáles son las consecuencias en nuestro caso? No podemos responder sin saber qué denota la expresión “formas sofisticadas de hostilidad”.

La vaguedad se aviene con la amenaza. Cuanto más vaga, más difícil de contrarrestar y, por lo tanto, más alarmante. Me temo que aquí “hostilidad” tiene que ser traducida por “crítica acerba” y “sofisticada” por “académica”. Detrás de ese apelativo tortuoso estaría el “ateísmo militante” desde Karlheinz Deschner hasta The Four Horsemen. Si añadimos a la fórmula del papa los “vapores de azufre”, obtenemos una ilustración de lo que Bueno llama el “cerrojo teológico”: un mecanismo para abortar la más ligera crítica atribuyéndosela mediatamente al demonio.

Volvamos a las consecuencias de confundir los asesinatos de cristianos con las críticas acerbas al cristianismo. Son de dos tipos y opuestas. Quienes compartan las tesis del autor añadirán notas satánicas a su repudio. El resto, antes que la criminalización de la crítica, verá la banalización de un crimen provocada por una comparación desproporcionada. Un católico también puede juzgarlo desproporcionado, incluso en el caso de que Christopher Hitchens le resulte irritante: basta con que acepte la lógica del Código Penal y la distancia que interpone entre la calumnia y el asesinato.

La eliminación de esas especies por el género del “odio a la fe” contiene una sugerencia maliciosa: supone reducir los libros de esos “críticos acerbos” a un producto psicológico, sus críticas serían un mero fruto del odio y sobre ellas debería caer la sombra de la tergiversación y el resentimiento.

El segundo párrafo presenta una Europa post-cristiana empeñada a fondo en la socavación y el descrédito del catolicismo hasta el extremo de amparar los asesinatos cristófobos por medio de la pasividad y de protestas sin efecto. Aduce que la indiferencia de los organismos políticos y de los medios de comunicación constituye la mejor prueba. Ahora bien, ¿está tan claro que la única causa de esa supuesta indiferencia sea la cristofobia? En el caso de los medios de comunicación podría haber pensado en la teoría del kilómetro sentimental (según la cual los muertos importan menos cuanto más lejos se hallen de nosotros), y en el de los organismos públicos podría haber reparado en el funcionamiento de la realidad: ¿acaso cree que Europa tiene una capacidad de coacción suficiente –militar o económica– como para evitar esos crímenes con el simple deseo de que no se produzcan? Asimismo, reconduce la apostasía, el sincretismo religioso y el modernismo “delicuescente y sensiblero” a una sola causa: un misterioso programa destinado a mermar el número de fieles. De nuevo, ¿es esta la única causa?, ¿es disparatado sopesar otras alternativas (hedonismo, nivel de instrucción científica, inmigración…) que no recurran a una conspiración, no ya atea –pues admite el sincretismo religioso­–, sino precisamente anticatólica? Si lo es, Juan Manuel de Prada no da ninguna prueba que merezca el nombre.

No puedo dejar sin comentar el ejemplar de falacia del hombre de paja que está en el cuerpo del párrafo. Como es sabido, esta falacia consiste en caricaturizar las tesis contrarias para que sea más fácil rebatirlas. De Prada atribuye tanto a los defensores de la libertad religiosa como a los partidarios de quitar los crucifijos de las aulas la opinión de que los católicos son “una secta de fantoches integristas comandada por una clerigalla pedófila”. Sin embargo, la conexión es gratuita: puede haber gente que la mantenga y no pertenezca a ninguno de esos dos grupos (un fudamentalista islámico, por ejemplo) y a la inversa, es perfectamente posible un defensor de la libertad religiosa o un partidario de quitar los crucifijos de las aulas que rechace una idea tan grosera y simplista de los católicos.

Pasemos al último párrafo. Cuando hablamos de las características propias de una columna, dijimos que gran parte de sus referencias podían quedar sobreentendidas siempre que fueran accesibles, bien por estar en otras páginas del periódico, bien por ser corrientes. Justo lo que no pasa aquí. Podemos parafrasear la tesis, pero la referencia es tan imprecisa y esquiva que apenas permite una verificación parcial. Desconozco qué pueda ser ese “pseudo-mesianismo oficial aderezado de democracia y derechos humanos”, pero sí puedo refutar que la libertad religiosa sea “sólo nominal”. No hace falta estrujarse los sesos: el PRUNE se presentará a las elecciones municipales, los mormones siguen gastando suela por parejas, se corta el tráfico para que desfilen las procesiones de Semana Santa, etcétera.

A juzgar por lo visto hasta aquí, considero que este artículo no satisface ni las humildes expectativas lógicas propias de una columna y que, por su burdo uso de la lógica, constituye un insulto al lector. También al católico, pues como dijo Chesterton: “La Iglesia nos pide que al entrar nos quitemos el sombrero, no la cabeza”

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Una respuesta a PEDIR PERAS AL OLMO

  1. Miguel Carrera dijo:

    Menudo impresentable (De Prada, lógicamente, no tú); sólo el empleo de la vaguedad, la ambigüedad y la generalización en un asunto que él mismo considera tan serio, tan sangrante, desautoriza sus tesis. No se puede hablar de Europa como si fuera un solo ente pensante o, mejor aún, un sujeto perverso; no se pueden lanzar acusaciones sin definir el objetivo, buscando, de esa manera, que todos los lectores se sientan culpables, cómplices de esa conspiración que, cual fantasma bolchevique, recorrería Europa; y por último, no se pueden reducir los más diversos hechos, causados por razones que van más allá de la religión, a dos sacos perfectamente cerrados con el único fin de apoyar la argumentación: es posible que haya “odium fideis”, pero también que hay muchos otros intereses entreverados; del mismo modo que no es lícito -es totalmente inaceptable- pretender difuminar la distancia entre actos salvajes como ataques suicidas y medidas sociales como la retirada de crucifijos de las escuelas o similar. En este sentido, la retórica empleada por el Sr. De Prada me recuerda (en este artículo, pero también en la mayoría de los suyos) a cuando gente sin ningún tipo de conocimiento de la realidad, que sólo habla de oídas (o, como mucho, basándose en lo que ha leído o visto en “sus” medios de comunicación, convenientemente filtrado y listo para una fácil deglución partidista), se permite, sin embargo, proferir sentencias implacables contra los políticos y el resto de los representantes de la sociedad (incluida la iglesia). Eso, que cuando se trata de alguien anónimo tiene una importancia relativa (aunque no tan poca como podría parecer), puede ser muy grave cuando proviene de una firma conocida y, mal que nos pese, respetada en ciertos círculos. Pero qué se puede esperar de quien se refiriera, hace poco más de un año, al aborto como “nueva forma de holocausto” (“Nadadores a contracorriente”, publicado en el “ABC” el 17 de octubre de 2009); la alusión a Mayor Oreja con la que se abre el artículo no puede ser, a este respecto, más oportuna, más reveladora. Menuda banda…

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