1984, LA PESADILLA DE ORWELL

Es 1984. Un futuro cercano, y sin embargo Londres ya no es ni la sombra de la ciudad que, incluso durante la Segunda Guerra Mundial, el mundo había conocido. Ahora es una cualquiera de entre las desvencijadas metrópolis de Oceanía, uno de los tres superestados en guerra continua por el dominio de la Tierra.

En Oceanía, el poder está en manos de “el Partido”, organización política totalitaria regida por los principios del Ingsoc (socialismo inglés), cuyo líder es el misterioso y omnipresente Gran Hermano.

En este nuevo mundo, gobernado bajo los lemas “La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza”, no existen la intimidad ni la libertad de pensamiento o expresión: todos los miembros del Partido y algunos proles (la mano de obra empleada en las fábricas, despreciada y considerada por debajo de la Humanidad) son vigilados día y noche por telepantallas y micrófonos en sus casas, por las calles, en sus lugares de trabajo… El Partido educa a los niños para que delaten a sus padres en caso de que su comportamiento fuera poco ortodoxo o antipatriótico, las torturas y ejecuciones de prisioneros o traidores son entretenimientos públicos y frecuentes, y todo sentimiento amable o amistoso ha sido barrido para dejar lugar al odio salvaje y a la adoración irracional por el líder.

Sin embargo, para Winston Smith, un funcionario del Ministerio de la Verdad, lo peor no es el miedo a ser detenido y “vaporizado”, ni vivir vigilado, sin emociones ni libertad. Lo peor es la ausencia de pasado, la incapacidad para confirmar su sospecha de que, en algún momento, ha debido de haber un mundo más agradable y hermoso.

Winston escribe en su diario:

“Para el futuro o para el pasado, para la época en que se pueda pensar libremente, en que los hombres sean distintos unos de otros y no vivan solitarios… Para cuando la verdad exista y lo que se haya hecho no pueda ser deshecho:

Desde esta época de uniformidad, desde este tiempo de soledad, la Edad del Gran Hermano, la época del doblepensar… ¡muchas felicidades!”

Pero… ¿acaso ha existido alguna vez ese pasado? ¿Se ha podido pensar alguna vez con absoluta libertad? ¿No ha querido siempre el ser humano parecerse a los demás y no ha repudiado ferozmente a todos los Winstons de la Historia? ¿Es posible que, después de haber conocido a lo largo de los siglos las pretenciosas ambiciones, las censuras y castigos de emperadores, inquisidores, conquistadores, fascistas, comunistas, capitalistas, nazis y demás tópicos humanos, sigamos confiando en un futuro mejor?

En realidad, no creo que ese lugar idílico que Winston contrapone a su Oceanía natal (el País Dorado, como suele llamarlo), haya existido ni vaya a existir jamás. A juzgar por lo que he leído, me parece que Orwell, menos optimista que su personaje, tampoco lo creía.

Quizá fuera porque había sufrido y estudiado durante demasiado tiempo la naturaleza de nuestra especie, y sabía que el Gran Hermano es un personaje universal e indestructible, representante de todos los que han llegado y de todos los que vendrán en el futuro. Porque inevitablemente vendrán: llegarán otros Medianos que arrebatarán el trono a los Altos. Y detrás, sosteniéndolos, estúpida y despreciada, vendrá la masa; los proles y los Parsons, llevando sobre sus hombros todo el peso del futuro. Orwell pensaba que no era cuestión de un país, ni de buenos y malos, sino de simples hombres con toda su innata vileza.

O’Brien: “¿Te consideras moralmente superior a nosotros por nuestras mentiras y nuestra crueldad?” Winston: “Sí, me considero superior”.(…) En seguida empezaron a hablar otras dos voces. Después de un momento, Winston reconoció que una de ellas era la suya propia. (…) Se oyó a sí mismo prometiendo solemnemente mentir, robar, falsificar, asesinar, fomentar el hábito de las drogas y la prostitución, propagar las enfermedades venéreas y arrojar vitriolo a la cara de un niño.

1984 es, junto a Rebelión en la granja, la aportación que Orwell quiso hacer a la Historia venidera: en ella puso a disposición del futuro toda su experiencia con los hombres, y, a modo de advertencia, desplegó sus amplios conocimientos acerca de la naturaleza humana, obtenidos observando minuciosamente las miserias de nuestra especie.

En efecto, George Orwell (seudónimo de Eric Blair) encontró en sus viajes la oportunidad para reflexionar acerca de las consecuencias que acarrean la codicia y las ansias de poder. En su juventud, perteneció a la Policía Británica en Birmania, donde se cuestionó los procedimientos de las autoridades coloniales y dio un giro radical a su vida. Experimentó la dureza de la supervivencia en las calles durante la crisis de 1929, y relató en las obras de los años siguientes su mirada a la cara más oscura del capitalismo. Posteriormente participó en la Guerra Civil Española luchando contra el ejército franquista y, como militante del POUM, sufrió la represión que el Partido Comunista de España ejerció, por orden de Stalin, contra los disidentes. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó para la BBC como periodista de guerra y conoció a fondo las técnicas de la propaganda.

Por fin, en 1946, gravemente enfermo de tuberculosis, se retiró a la oscura y lluviosa isla de Jura, en las Hébridas, y, en una casa encaramada sobre los acantilados, a veinte kilómetros del pueblo más cercano, escribió esta novela, que sería la última.

A través de este legado pregonaba Orwell la necesidad de imponer valores de justicia y razón sobre lo que podía convertirse en una locura colectiva que, con el tiempo, se haría cada vez más precisa y despiadada en la consecución de sus objetivos.

“En el siglo XX han existido los totalitarios, como los llamaban: los nazis alemanes y los comunistas rusos. Los rusos persiguieron a los herejes con mucha más crueldad que ninguna otra inquisición. Y se imaginaron que habían aprendido de los errores del pasado. Por lo menos sabían que no se deben hacer mártires. (…) Sin embargo, después de unos cuarenta años, ha vuelto a ocurrir lo mismo. Los muertos se han convertido en mártires y se ha olvidado su degradación. (…) Nosotros no cometemos esta clase de errores. (…) Y, sobre todo, no permitimos que los muertos se levanten contra nosotros. (…) La posteridad no sabrá nada de ti. (…) No habrás existido”

Con estas palabras intentaba Orwell recordar al mundo la importancia de la memoria colectiva y, con mayor derecho, de la individual; de que, como dice Winston, “la verdad exista y lo que se haya hecho no pueda ser deshecho” por bueno o malo que sea para que, de este modo, la Historia y los medios para formar parte de ella pertenezcan a todos y no sólo a unos pocos.

Y detrás de todo esto, en el fondo de la obra, constante pero a ratos casi imperceptible, como el murmullo de la telepantalla, otro problema que el autor palpaba en el aire: la falta de libertad. Libertad de expresión, de prensa y de reunión, libertad de culto… Todo aquello que prometían las revoluciones y las guerras, aquello por lo que él mismo había luchado, se venía abajo, disolviéndose en la uniformidad de los nuevos gobiernos y las sociedades modernas. Era necesario, casi obligatorio, denunciarlo; inventar telepantallas (por entonces, una ficción) para poder hablar de cosas reales, de ejecuciones, torturas y delaciones, de libros prohibidos y educación manipuladora. Pero, por encima de la reivindicación de las pérdidas, se preocupaba de preservar lo más importante, aquello que nos diferencia de robots y autómatas, aquello que aún no hemos perdido: la libertad de pensamiento.

En la realidad, exceptuando pequeñas zonas conflictivas, sólo los países subdesarrollados siguen manteniendo las ya anticuadas políticas de terror que en Occidente han pasado de moda. Desde mediados del s. XX, la subida del nivel de vida medio ha llevado a las masas a desplazar sus intereses, metas y aspiraciones hacia lo material, abandonando por el camino la lucha idealista en favor de su capacidad adquisitiva. A esto se añade el que, a partir de los años sesenta y setenta, la sociedad occidental haya ido renegando, para bien o para mal, de sus antiguos valores y referentes, sustituyéndolos por otros más adecuados a la nueva situación: esfuerzo, religión, familia y otros conceptos hasta ahora sólidos y esenciales, han ido perdiendo puntos, poco a poco, frente al hedonismo.

Aquellos que extraen su poder y su riqueza de las inclinaciones colectivas, son conscientes del cambio y saben que se hace necesaria una nueva estrategia. Han aprendido de los errores que cometieron otros en el pasado, que lo que se consigue con la violencia, no perdura. Resulta más eficaz una manipulación sutil, conocer la opinión de la gente, sus gustos y sus deseos, porque eso ofrece un margen de ventaja: ellos saben cómo se han de mostrar para ganarse la confianza del público, saben que es más fácil tragar lo amargo cuando tiene apariencia de caramelo.

Probablemente esto sea un paso hacia algo más explícito. Poco a poco, nos van acostumbrando a cosas cada vez más grotescas, vamos aprendiendo a aceptar lo ínfimo e incluso a disfrutar con ello, nos bombardean con lo absurdo y lo terrible, hasta que deja de parecérnoslo. Y lo peor es que se ríen de nosotros porque son conscientes de su éxito: los que inventaron el programa Gran Hermano habían leído 1984, sabían quién era Gran Hermano y lo que representaba. También sabían que ni los participantes ni la mayoría de los telespectadores conocerían el libro. La ignorancia les daba la fuerza y podían permitirse la burla.

Clara Gosálvez Silva

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Una respuesta a 1984, LA PESADILLA DE ORWELL

  1. Miguel Carrera dijo:

    A mí me dan ganas de llorar (literalmente, no exagero) cuando pongo la televisión y están poniendo “Sálvame” o alguna otra bazofia por el estilo; y no por su calidad (ínfima, como tú dices), sino porque esa gentuza es la que, hoy en día, marca los hábitos del común de la gente, la que encarna sus deseos de realización personal. Ante tal panorama, lo menos que se puede hacer es gritar: por desgracia, la mayoría de las veces, todo queda en una pataleta, la cual bien se restringe a un círculo muy reducido al que no hace falta convencer, bien se interpreta como la salida de tono de un inconformista, de un “hippie” resentido al que, en realidad, lo que le gustaría es estar viviendo de la sopa boba como el resto de espantajos que aparecen en esos programas. En fin…

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