BREVE APUNTE SOBRE LA DEFINICIÓN

Lo primero que se aprende de una disciplina suelen ser algunos tecnicismos con sus definiciones. Volvemos una y otra vez al diccionario para fijar la definición de una palabra escurridiza. Definimos una música o a un conocido. Sabemos de memoria aforismos que tienen forma de definición (“un prólogo es algo que se escribe después, se pone antes y no se lee ni antes ni después”). Las definiciones están por todas partes.

Al inicio de un debate, conviene definir el asunto o el término del que se habla a fin de evitar confusiones y trucos retóricos, como el que consiste en cambiar de tema cuando nos interesa aprovechando la ambigüedad del planteamiento. Y cuando alguien pregunta qué entendemos por “ciencia”, “amor” o “historia”, la cuestión no es solo de palabras, sino de conceptos e ideas. En estos casos, la definición pasa por referirse a realidades extralingüísticas como teoremas, hormonas, monumentos y cosas por el estilo. Los lexicógrafos no son una excepción: cuando buscan un término equivalente en otra lengua o el matiz que distingue un “prefacio” de una “introducción”, no pueden hacerlo al margen de las referencias de los términos en cada lengua, ni al margen de los prefacios e introducciones del mundo.

No obstante, la perspectiva de un lexicógrafo es distinta a la del filósofo. Un diccionario debe registrar las acepciones que hacen inteligible un lema sin importar el contexto en que aparezca, de manera que una de esas acepciones disipe la duda de un lector concreto ante un pasaje concreto. Las exigencias lógicas y científicas quedan relegadas a las filológicas. Visto así, algunas críticas a los diccionarios generales (por superficiales o simples) pueden reinterpretarse como reproches que les afean no ser enciclopedias ni tratados. El científico y el filósofo usan otro criterio: un término estará bien definido cuando presenta el concepto con claridad y distinción.

Los conceptos son claros cuando se distinguen de otros dados a su misma escala. Además de claros son distintos cuando las partes o los momentos que lo forman aparecen diferenciados con nitidez. La oscuridad se opone a la claridad; la confusión a la distinción. El concepto de guitarra puede considerarse claro en cuanto contradistinto del concepto de laúd, vihuela o tiorba, y distinto en tanto consta de partes nítidamente diferenciadas como son los trastes, el clavijero, las cuerdas, la caja… Los conceptos oscuros y confusos o son incapaces de organizar los fenómenos a los que se da por sentado que hacen referencia, o denotan algo absurdo. Así sucede con el concepto de “cultura”, tomado como un término enterizo, en el que se mezclan el Idul Adha, una catedral y el silbo gomero, y con el concepto de “círculo cuadrado”.

¿Qué alternativas se presentan a la filosofía ante un concepto oscuro y confuso? No cabe sino intentar redefinirlo de modo que los fenómenos a los que se refiere queden articulados clara y distintamente. ¿Y en caso de que no esto no fuera posible? Desecharlo como pseudoconcepto, como un ruido a disposición del que no tenga empacho en hablar sin saber lo que dice.

Aquí empiezan las suspicacias del lector poco familiarizado con la filosofía. ¿Con qué autoridad impugna o modifica las definiciones del diccionario? ¿Hay algo que respalde esa malla de clasificaciones artificiosas y raras que propone a cambio? ¿Sirve  para algo o conduce directamente a la logomaquia más enrevesada e insulsa? Tres décadas de academicismo posmoderno justifican esa desconfianza y dan pábulo a las acusaciones, pero extenderlas a toda la filosofía es abusar de la brocha gorda.

Las redefiniciones no son ni arbitrarias ni puramente estipulativas: de hecho, se confrontan con los usos cotidianos de los términos (aunque no se limiten a poner paz entre ellos) y con los de la tradición académica. La mejor forma de probar su utilidad es mostrar que la nueva definición es más fértil: si permite organizar los fenómenos de una manera más eficiente, con mayor claridad y distinción, conviene adoptarla por más que en nuestras conversaciones cotidianas nos mantengamos en los límites de los usos ordinarios.

Para terminar pondremos un ejemplo extraído de El mito de la cultura. Un hispanohablante puede encontrar el término “cultura” asociado a un concierto sinfónico, a la subvención para la preservación de los bolos babianos, a la erudición de don Martín de Riquer, a la riqueza ritual de un pueblo amazónico, etc. sin que le provoque ningún asombro, aunque pueda intuir que en cada una de ellas “cultura” se usa con sentidos distintos. También puede observar que “cultura” irradia un halo de prestigio capaz de elevar la estima de un objeto cuando es considerado un “bien cultural”, tal y como sucede en los museos etnográficos con yugos y molinillos de café o con las procesiones de gente que camina de rodillas durante kilómetros. Pues bien, además de distinguir los sentidos y articularlos, una redefinición del término puede plantear las relaciones entre las referencias respectivas de manera que el origen de esa irradiación prestigiosa sea rastreable.

Tomando como referencia el cuerpo de los sujetos,  Bueno distingue entre la cultura intrasomática (que implica un moldeamiento adquirido tras un aprendizaje, tal y como sucede al pianista respecto a sus dedos o al hispanohablante respecto a su aparato fonador y a su cerebro), la cultura intersomática (que incluye el conjunto de instituciones, costumbres y ceremonias que constituyen las pautas de comportamiento de los miembros de un grupo social) y la cultura extrasomática (que se refiere a la cultura no subjetual ni social: un cultivo o una partitura). Otras modulaciones de la idea de cultura serían la cultura subjetiva (abarca los conocimientos y modales que caracterizan a las personas cultas) y la idea de cultura circunscrita (contenidos heterogéneos que caen bajo la jurisdicción de instituciones como el Ministerio de Cultura a efectos de su preservación y promoción). Antes de aborrecer estas distinciones como escolásticas uno debe preguntarse si son preferibles a la definición informe que solemos usar.

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Una respuesta a BREVE APUNTE SOBRE LA DEFINICIÓN

  1. teresita dijo:

    Apunto otro aforismo. “La cultura es lo que queda entre lo que se aprende y lo que se olvida”. Me alegra veros crecer. Un abrazo.

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