LA FILOSOFÍA EN LA UVI

Es un tópico, en la historia de la filosofía, referirse a la Edad Media como un periodo ominoso, como un paréntesis en la historia del pensamiento. La filosofía habría nacido en Grecia seis siglos antes de nuestra era y se habría ido desarrollando a través de la historia de una manera más o menos lineal y progresiva salvo durante ese erial de ideas dominado por el fanatismo religioso. La filosofía, durante varios siglos, habría permanecido en estado latente, escondida, hasta que el genio de Descartes –al situar el cogito en el centro de su sistema (el giro copernicano del pensamiento) –, diera el pistoletazo de salida a la era moderna, la era del desarrollo filosófico y científico. Desde entonces hasta nuestros días la filosofía, las ciencias y, con ellas, la humanidad habrían seguido evolucionando ininterrumpidamente.

No vamos a entrar aquí a refutar esta visión maniquea de la historia de la filosofía, ni vamos a analizar cuál es la verdadera dimensión de la figura de Descartes; oportunidades habrá de sobra en este blog para rendir cuentas con ellos. Lo que buscamos no es tanto iluminar lo que se nos presentaba como oscuro (la Edad Media) como oscurecer lo que parece luminoso. Se defenderá aquí que la filosofía vive en la actualidad un nuevo periodo ominoso. Sólo que ahora –si cabe– es peor, pues si en la Edad Media su mala salud se habría debido a limitaciones externas (el cierre de la Academia por Justiniano, el fanatismo religioso…), hoy la crisis es estructural. La filosofía académica vive con respiración asistida esperando el golpe de gracia definitivo.

¿Cuál es el presente del que estamos hablando? En el plano político, el presente viene configurado por el mundo posterior a la caída de la URSS. Es la era del capitalismo triunfante. En este marco se nos presenta una realidad política que se mueve en la dialéctica entre las democracias capitalistas, China y los estados islámicos (solamente Hispanoamérica se nos podría presentar como un cuarto eje alternativo). ¿Tiene cabida la filosofía dentro de este marco geopolítico? Tanto en China como en los países islámicos la respuesta se nos presenta como claramente negativa, pues no se dan las condiciones necesarias para la cristalización de la filosofía como saber crítico. Es muy difícil que brote filosofía en los lugares donde no existe, se requiere un caldo de cultivo que sólo se ha dado una vez en la historia (en Grecia en el siglo VI a.n.e), y parece obvio que no es el caso de las sociedades de las que estamos hablando. ¿Es mejor la situación en las democracias del consumo y de la abundancia? Pues la respuesta tampoco será muy halagüeña. Parece, como veremos, que el papel de la filosofía académica en las democracias homologadas del mercado pletórico (capaz de reponer inmediatamente todo lo que consume) también es nulo. Este punto merece que nos detengamos en él un poco.

Las democracias actuales lo son sólo nominalmente. El pueblo no ejerce el poder ni lo puede ejercer. Éste es uno de los grandes mitos del presente, el saber político requiere una serie de conocimientos técnicos que la población es imposible que obtenga. Es una necesidad estructural del sistema, uno no puede estar formándose indefinidamente, debe incorporarse al mercado laboral cuanto antes para poder consumir y que así el sistema se sostenga. Si ya de por sí pensar en un hombre politécnico es inviable, no diremos nada si tomamos como campo de referencia una población cada vez más adocenada como es la de la sociedad actual. Lo que resulta de esto es que el ciudadano está excluido por completo del ámbito de las decisiones  políticas salvo cuando libremente elige en las urnas quién le representa en el Parlamento y en el Gobierno del Estado. Pero esta elección no es otra cosa que un acto de consumo más. Al ciudadano lo que se le presenta para elegir es un manojo de campañas publicitarias: es la política del merchandising.

Si el pueblo soberano no lo es realmente ¿qué le queda entonces? Pues la libertad de expresión será su único consuelo, el único resquicio para seguir manteniendo la idea de que vivimos en una sociedad democrática. De esta manera, no nos sorprende que en infinidad de ocasiones se equipare democracia con libertad de expresión. Todo el mundo tiene libertad para expresar sus opiniones y que sean respetadas todas por igual. No importa la dificultad del tema ni la pericia del opinante.  Todo el mundo es filósofo como todo protestante es un papa.

A esto hay que añadir otro factor más a tener en cuenta: en las democracias realmente existentes se han constituido una serie de ideas-fuerza que resultan incuestionables. Estas ideas son los mitos del presente de los que nos ocupamos en otra sección de este blog.  Son ideas como soberanía nacional, tolerancia, libertad, humanidad… que se aceptan como claras y distintas, como dotadas de un sentido unívoco cuando en realidad necesitan de una criba filosófica para clarificarlas y desbrozarlas. En lugar de ello, son aceptadas como verdaderos dogmas de fe. Son reductos inexpugnables a la crítica filosófica. Hemos cambiado por tanto el fundamentalismo religioso de la Edad Media por el fundamentalismo democrático predominante en la actualidad. Para pervivir, la filosofía se vería obligada a “prostituirse” y ponerse al servicio de alguna corriente ideológica para ayudarla a conseguir la victoria en el mercado parlamentario, convirtiéndose con ello en mera nematología.

Si la filosofía del pretérito, la del pretérito teocrático o autocrático, se definía como ancillae Theologiae o como ancillae Regis, la filosofía del porvenir democrática podría definirse como ancillae democratiae, y como ancillae scientiae. De otro modo: como filosofía vulgar, como ideología consagrada a defender los dogmas fundamentalistas de la democracia y de la ciencia. La lucha implacable contra la teocracia y la religión, en favor de la soberanía del pueblo y del estado de derecho (prácticamente, de la oligarquía de partidos), la representación del pueblo por sus parlamentarios, la libertad, la solidaridad, la tolerancia, la paz, el diálogo, el género humano, la alianza de las civilizaciones, el progreso gradual y el estado final de bienestar socializado. Nadie podrá suscitar en democracia duda alguna sobre estas ideas sublimes. Porque la única fuente de donde pueden manar estas dudas, dirá el demócrata, es el espíritu de la intolerancia, de la teocracia, de la autocracia o del terror. O, para decirlo con una palabra que hoy las abarca con la brocha gorda a todas, del fascismo

(Gustavo Bueno, El porvenir de la filosofía en las sociedades democráticas. El Catoblepas, número 103)

Pero el presente de la filosofía no sólo viene determinado por el marco político en el que esta implantada. No se puede entender la realidad actual sin acercarnos a las ciencias que la constituyen y conforman. Las ciencias en su propio desarrollo van ampliando parcelas de realidad que hasta entonces no existían. De esta manera el mundo del presente es mucho más amplio que el de hace unos siglos. La ciencia es el único saber que es capaz de hacer esto, pues sólo ellas son capaces de construir verdades necesarias y universales. Desde esta perspectiva el panorama se le aparece a la filosofía como mucho más esperanzador puesto que a más ciencia más filosofía. La filosofía como saber de segundo grado necesita de las ciencias para poderse desarrollar. Las Ideas filosóficas se construyen a partir de los conceptos que se desprenden de los saberes de primer grado: las ciencias, las tecnologías, las artes, etc. Así históricamente la filosofía habría nacido de la mano de la geometría (“Nadie entre aquí sin saber geometría” rezaba el frontispicio de la Academia de Platón) y su desarrollo sería inexplicable al margen del desarrollo de las propias categorías científicas. De esta manera, lo que cabría esperar en el presente desde el marco científico no sería otra cosa que  el despegue definitivo de la filosofía como doctrina crítica, pues nunca tuvo tanto material de primer grado sobre el que reflexionar. ¿Cuál es entonces el problema para que esto no sea efectivamente así?

El problema viene de la mano de otra corriente de pensamiento fundamentalista que junto con el fundamentalismo democrático también configura la matriz mítica de la “conciencia” del presente. El fundamentalismo cientificista defendería la tesis de que la ciencia es capaz de abarcar toda la realidad. Así la ciencia se autoproclamaría como la única visión racional del mundo relegando a la filosofía al papel de pura metafísica. La filosofía se vería abocada a pugnar con la religión por la supremacía en el reino de lo trascendental. El caso límite de este fundamentalismo cientificista sería el que propugna que existe una categoría científica (unas veces la química, otras la física, otras las matemáticas) que sería capaz de abarcar en su campo la realidad de todas las cosas (“todo es química” o “todo es física”). Desde el materialismo filosófico defenderemos que la realidad se encuentra parcelada, cada parcela sería el campo de una ciencia categorial concreta, cerrada, y que estas parcelas no son reductibles entre sí. Además defenderemos que hay parcelas que son eminentemente filosóficas y que nunca podrán encontrar una respuesta científica. La clasificación y distinción entre las diferentes ciencias, la delimitación de su estatuto gnoseológico, etc. son todas ellas cuestiones filosóficas. Otra cuestión es quién lleva a cabo esta labor filosófica. No tiene porque ser alguien del “gremio” de los filósofos sino que cada vez es más habitual que lo hagan los propios científicos. El problema es que cuando un científico analiza estas cuestiones, muchas veces no es consciente de que está haciendo filosofía y piensa que sigue haciendo ciencia. Es ahí donde vienen los patinazos ya que casi nunca conoce la historia de la filosofía ni su dinámica y con ello esta condenado a “redescubir indefinidamente el Mediterráneo”.

De todo lo dicho hasta ahora se desprende que la filosofía en el presente se encuentra ingresada en la UVI, en estado terminal esperando el feliz desenlace. ¿Quién será el alma candida que se apiade de nosotros y nos desenchufe de una vez por todas?

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3 respuestas a LA FILOSOFÍA EN LA UVI

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