COREA DEL NORTE Y EL DERECHO INTERNACIONAL

El clamor por un sistema internacional de justicia no asombra a nadie. Aparece puntual cuando arrecian los conflictos o se evoca alguna atrocidad que ha quedado sin resarcir. Pero tras  la noble aspiración de eliminar la impunidad y asegurar unos derechos mínimos a un gran número de víctimas, hay muy poca cosa: la celebración bucólica de un prototipo –lo bastante futuro como para que el mundo no lo arruine–, o proyectos que se disuelven en hipótesis abstractas. Vale más no preguntarse si es posible en un futuro. A pesar de su nombre, los visionarios desprecian lo que ven. Mejor si nos preguntamos qué sentido tiene aquí y ahora, en este mundo.

Una ley es papel mojado si nadie garantiza su cumplimiento. Por otra parte, el derecho es producto de una comunidad concreta, en un momento histórico concreto y sujeta a intereses concretos: no emana de una Humanidad pura, atópica y atemporal. Ante cualquier ordenamiento, cabe decirse: ¿quién obliga a respetarlo?, ¿qué dice? En resumen, la idea de un sistema internacional de justicia es solidaria de dos supuestos: la posibilidad de un Estado planetario y la posibilidad de que los contenidos de las leyes mereciese un acuerdo unánime. A día de hoy no hay nada que los corrobore, más bien al contrario: ¿aceptarían los musulmanes la libertad de culto?,  ¿los católicos ultraortodoxos la investigación con células madre?,  ¿las mujeres occidentales la penalización del adulterio femenino?; ¿hay algo en el mundo que invite a pensar en una federación en cuyo seno las fricciones de los indios con los pakistaníes, de los chinos con los vietnamitas o de los israelíes con los egipcios carecieran de importancia?

El conflicto entre las Coreas puede ilustrar el alcance de estas dificultades. En realidad, la escala auténtica del problema abarca a China, Estados Unidos, Rusia y Japón. Un conjunto de siete estados cuyos intereses pueden simplemente yuxtaponerse, pero más a menudo se solapan o se enfrentan. En este contexto, las Resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU cobran un tinte distinto al que presentan en los medios de comunicación, donde aparecen exentas, como el resultado ecuánime de un organismo casi inmaterial.

En 1993, la República Democrática Popular de Corea abandona el Tratado de No Proliferación y declara su propósito de convertirse en una potencia nuclear. Desde entonces  los desencuentros con los Estados Unidos se recrudecen. Los momentos álgidos de las relaciones entre ambos están marcados por las pruebas nucleares norcoreanas de octubre de 2006 y mayo de 2009, que fueron contestadas por el Consejo de Seguridad de la ONU en las resoluciones 1718 y 1874. Las medidas que proponen son las mismas y están encaminadas a impedir el comercio ilegal con material nuclear. Las dos contemplan sanciones económicas muy severas, algunas de las cuales llegaron a cumplirse. Sin embargo, en términos generales, se quedaron sin efecto. ¿Por qué? Principalmente porque China las interpretó con un exceso de benevolencia. Dado que unos tres cuartos del comercio coreano se establece con China, país del que depende energética y alimentariamente, la influencia económica del resto no es vital. Las sanciones no desestabilizaron el régimen.

Desde una perspectiva ética, preocupada por la integridad corporal de los individuos, la actuación de China es incomprensible o sádica. Nadie sabe como los chinos la miseria en la que vive la población norcoreana. En 2009 hubo 3000 deserciones, el déficit cereal del país dejaría morir de hambre a un tercio de la población de no ser por las ayudas extranjeras, desde 1998 la esperanza de vida ha disminuido en tres años y la mortandad infantil ha aumentado un 30%. A pesar de las aportaciones chinas, los alimentos que suministra el gobierno comunista apenas suponen la mitad de las calorías diarias recomendadas. ¿Por qué no contribuyen al derrocamiento del régimen? ¿Por qué continúan abasteciendo a Corea de petróleo y alimentos cuando saben que el programa nuclear saciaría a más de media población? Y no solo eso. A principios de mes, el científico estadounidense Siegfried S. Heckler pudo visitar una planta de enriquecimiento de uranio que en el futuro podría contribuir al desarrollo de tecnología militar atómica. Según su opinión de experto (fue director del Laboratorio Nacional de Los Álamos), se trata de una instalación ultramoderna que en abril de 2009 no existía. ¿Es posible que Corea la levantara sin ayuda? Según Heckler, no. Alberga sospechas de que la tecnología proceda en parte del paquistaní A. Q. Khan. En su informe aventura una hipotética ruta comercial que parte de Irán, atraviesa Afganistán, tal vez pase por Pakistán antes de internarse en China y cruzar la frontera natural del río Tumen. La desconfianza acerca del celo con el que China desalienta a Corea del Norte en su carrera nuclear contribuye al desconcierto.

Salvo que elijamos una perspectiva política. La subsistencia de Corea está en manos de China, a su vez, Corea brinda a China el papel de único país capaz de influir en su política, lo que le otorga una posición privilegiada como agente político en el Pacífico norte. Además, un régimen parasitario y dependiente puede ser preferible a un aliado de Estados Unidos, reunido, rico y limítrofe. Pero la clave está en que hasta ahora, mientras las amenazas norcoreanas fueran creíbles y su comportamiento errático diera consistencia a las amenazas, Corea del norte mantendría lejos la influencia de los Estados Unidos, que siempre podría ser interpretada como una provocación.

La importancia de los ataques norcoreanos de los últimos meses radica en que han roto ese equilibrio. El hundimiento del buque surcoreano Cheonan en marzo, que mató a 46 militares, y los bombardeos sobre Yeonpyeong del martes, han alterado la estrategia de Estados Unidos. Tras el hundimiento tuvieron lugar las primeras maniobras conjuntas con Corea del Sur. Las que están a punto de producirse estaban previstas antes del bombardeo, pero hay un factor nuevo: la incorporación del portaaviones George Washington a los cuatro buques de superficie multiplica la potencia militar estadounidense hasta el punto de que, por sí sola, podría repeler un ataque norcoreano. Esta decisión sustituye una represalia proporcional (de consecuencias inciertas) por una amenaza prudente pero indudable. Por otro lado, muestra a China que si no ejerce su influencia sobre Corea del Norte de un modo más afín a los intereses de Estados Unidos, la presencia de su ejército en la península no hará sino incrementarse.

Espero que estos breves apuntes hayan arrojado algo de luz a la trastienda del derecho internacional público y de sus límites estructurales.

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Una respuesta a COREA DEL NORTE Y EL DERECHO INTERNACIONAL

  1. Jorge Santoveña Martín dijo:

    La eterna búsqueda de un derecho universal, unido indisolublemente a la gobernanza mundial, es un objetivo (o un sueño) desde los orígenes del pensamiento político.

    Esto, que en sí mismo (como teoría), no tiene ningún contrario, si no que como modelo sólo nos encontramos con defensores y partidarios, tiene una muy díficil puesta en práctica.

    Uno de los casos más paradigmáticos de la poca influencia (o credibilidad) actual de la Corte Penal Internacional de La Haya (tribunal de justicia internacional permanente cuya misión es juzgar a las personas acusadas de cometer crímenes de genocidio, de guerra y de lesa humanidad) es el de las Guerras Balcánicas de principios de los años 90 del siglo XX.

    En concreto la acontecido en la ciudad bosnia de Srebrenica. En julio de 1995, la ciudad fue capturada por el Ejército de la República Srpska (VRS), (ejército serbo-bosnio), perpetrándose en sus alrededores la masacre de Srebrenica, en la que aproximadamente 8.000 varones bosnios fueron asesinados.

    Srebrenica se encontraba en una zona catálogada por la ONU como “segura”, de hecho, se encontraban allí alrededor de 400 soldados holandeses de los Cascos Azules.
    Los soldados de los Cascos Azules tienen orden de “no disparar” mientras no sean atacados. Los oficiales de la VRS, conocedores de esto, decidieron realizar todas sus “maniobras” militares sin atacar a los Cascos Azules, es decir, actuaron como si no estuvieran, de hecho, este es un claro ejemplo de la inutilidad de estas fuerzas de pacificación, en según que casos.

    Pues bien, desde hace unos años, mediáticamente, la Corte de la La Haya sólo es noticia, cúando se trata de juzgar a oficiales o gobernantes serbios (tanto de Serbia, como de Bosnia), como pueden ser Slobodan Milošević ( ya fallecido), Radovan Karadžić o el eterno “desaparecido” Ratko Mladić.

    Para la Corte, se trata de condenar la matanza de civiles bosníacos a manos del Ejército Serbobosnio. Es decir, de condenar a los responsables de la limpieza étnica acontecida en el este de Bosnia-Herzegovina.

    Sin embargo, los serbios no confían en la imparcialidad de la Corte, y lo que es más llamativo, ni gran parte de los bosníacos tampoco lo hacen.

    ¿El Motivo de unos y de otros?.

    Creen que la Corte Penal Internacional de La Haya , a quién está defendiendo, a quién está haciendo justicia, es a los Cascos Azules holandeses, es decir a la ONU, es decir, así mismos.

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