UNA VERDAD MUY CÓMODA

Es curioso pensar cómo el exceso de información puede resultar peor que su ausencia. Son varios los casos en los que sucede así, pero si hablamos del cambio climático superaremos los límites de todo lo sospechado. Hemos llegado a un punto en el que aportar algo supone desbrozar, parcelar, limpiar esa selva informativa en la que nos movemos.   Y no se puede comenzar embistiendo de frente. Zapatero a tus zapatos, el cambio climático es, en sí, un problema científico interdisciplinar. Todos sabemos en qué consiste, pero, en buena lógica, deberemos comprender los desarrollos científicos que determinan sus causas para erigirnos en portavoces de movimientos a favor o en contra del origen humano del calentamiento global. Si no es así nos encontramos únicamente con dos posibilidades: o se está siendo deshonesto, a sabiendas, en función de intereses particulares, o nuestros amigos portavoces sencillamente…se fían.

Sintiéndolo mucho, la confianza (prima cercana de la armonía) no ha sido nunca protagonista en el devenir de eso que llamamos Historia. No veo por qué debería serlo ahora. Visto así, acontecimientos simplemente extraños pasan a provocar espasmos. Me refiero al caso del portavoz jefe, del faro de la Humanidad perdida, del último resquicio de conciencia sobre este planeta: Albert Gore. Seré muy breve.

Quizá Al sea un experto matemático (única manera de comprender los patrones de difusión de gases en la atmósfera, por ejemplo), quizá sea el hombre más confiado del mundo (lo que explicaría lo bien que escogió a los abogados que entregaron a G.W.Bush la Casa Blanca en el 2000), pero hay un detalle que le hace sospechoso (la tercera opción amenaza): ¿Cómo se puede tener la cara de considerarse un activista, un rompedor capaz de llamar a la fachada de su obra “Una verdad incómoda”,  y aceptar, sin pestañear, todos los premios mundiales habidos y por haber al pensamiento uniforme, a lo políticamente correcto? Comienzo: Oscar (pura transgresión), Nobel (valiente a veces, pero político siempre), Príncipe de Asturias (los becarios del sistema) y una larga lista de premios “galletita al chico que hace lo que debe”.

Señor Gore, con todos los respetos, ¿Sabe usted lo que es gritar una verdad incómoda?, ¿sabe lo que es matar y morir por ella?, ¿sabe lo que es renunciar a todo, y todo es todo, por esa idea? Imagínese lo peor que le pudiese pasar en su vida personal (las verdades incómodas siempre tienen consecuencias personales), si se ha producido a causa de su “lucha”, entonces sí es incómoda. Hagamos el experimento de negar en una plaza pública abarrotada la realidad del cambio climático, ¿cuál sería la reacción de la gente? Precisamente la que están pensando. ¿Cuál es entonces la verdad incómoda?

Trato de ser honesto, no soy experto en nada que me permita negar o afirmar el cambio climático, (de todas formas, sospecho que nos iría bien suponiendo que es causado por entero por el hombre, por si acaso), pero de lo que estoy seguro es de que si dejamos de ser críticos estamos perdidos. Señor Gore, necesitaría usted mucho más que un documental y varios premios para erigirse en profeta si no fuese un maestro de la conducción de masas. Lástima, en el 2000 le robaron la posibilidad de llegar a “un lugar”, por eso debe seguir todavía hoy dando vueltas o…eso, conduciendo.

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