EL PSICOANÁLISIS COMO PSEUDOCIENCIA

La primera entrada de esta categoría está dedicada al psicoanálisis, un ejemplo de pseudociencia que ha tenido mucho éxito y predicamento. Las pseudociencias son un conjunto de teorías, prácticas y doctrinas no científicas que reclaman dicho carácter y, con él, el prestigio social que las ciencias modernas han alcanzado como formas de conocimiento. Son, en una palabra, falsa conciencia institucionalizada cuyo nacimiento, desarrollo y desaparición no obedecen a principios gnoseológicos sino a condicionantes de carácter socio-económico. Algunos ejemplos históricos de pseudociencias son el mesmerismo o la frenología.

Franz Antón Mesmer (1734-1815), por ejemplo,  mantenía que el movimiento y la situación de los astros influían en el comportamiento y la fisiología de las personas. Defendía que las personas tenían una fuerza magnética que formaba parte de un fluido magnético universal, más tarde denominado magnetismo animal. Según él, enfermedades mentales como la histeria eran el resultado de una mala distribución de los fluidos magnéticos corporales y podían curarse a través de sesiones magnéticas que sólo él podía realizar. Tuvo un gran éxito durante algunos años, aunque  los resultados beneficiosos que obtenía eran producto de la sugestión de los pacientes. A pesar de que el caso de Mesmer pueda parecer algo muy lejano en el tiempo no lo es tanto. Sólo hay que fijarse en el caso de las famosas pulseras Power Balance que no dejarían de ser una estafa aislada si no estuvieran sustentadas  por la creencia en la influencia cósmica de  las fuerzas magnéticas.

Pasemo al caso del psicoanálisis, cuyo origen histórico se sitúa en 1895, año de la publicación de Estudios sobre la histeria de Freud y Breuer. Se presenta inicialmente como una teoría psicológica. Sin embargo, en la medida en que dicha teoría pretendió ir dando razón, no sólo de las conductas individuales, sino también de la religión, el Estado o el arte, desbordó el ámbito efectivo de la psicología y se convirtió en una antropología y en una metafísica. En todo caso, aquí nos centraremos en el núcleo psicológico, o más bien psiquiátrico, de la teoría.

Freud defendía que el origen de las neurosis y de otros trastornos mentales se debía a la presencia de sucesos inconscientes traumatizantes de naturaleza sexual que tenían su origen en la infancia. Los traumas inconscientes llegaban a serlo porque en ellos estaban implicados tendencias sexuales a las que se oponían otras fuerzas (normalmente se trataba de las fuerzas represivas de la moral social, interiorizada por el propio sujeto). Al ser impedidos estos deseos, en su camino hacia la conciencia y la realización, se producían los síntomas, interpretados como sustituciones simbólicas de esos deseos reprimidos. De ahí que la curación pasase por que el paciente, a través del método de la asociación libre, llegase a sus contenidos inconscientes y reprimidos a fin de que los síntomas perdiesen el fundamento del que surgían.

El método fundamental del diagnóstico y del tratamiento psicoanalítico era la transferencia que se establecía entre el paciente y el médico durante la cura. El paciente transfería al psicoterapeuta los sentimientos y afectos sentidos hacia los padres, los cuales generalmente estaban reprimidos. Con frecuencia, esa transferencia cobraba una coloración sexual, que posteriormente se volvía agresiva. La transferencia desempeñaba un papel muy importante en la cura, ya que, gracias a ella, afloraban muchos afectos o impulsos que, de lo contrario, difícilmente hubiesen llegado a la conciencia. Por eso el psicoanalista debía estar muy atento para poder sacar las conclusiones relevantes que se derivaran del modo en el que se produjera la transferencia.

Lo básico del tratamiento psicoanalítico era el hallazgo de la génesis de los síntomas que se encontraba en el inconsciente, donde estaban depositados los  recuerdos o impulsos traumáticos. Todo intento de llegar a ellos tropezaba con una fuerte resistencia, por lo que había que recurrir a la asociación libre para acabar venciéndola y acceder a los contenidos reprimidos. La interpretación de los sueños era un buen método de acceso a dichos contenidos reprimidos, pues fácilmente se satisfacían en ellos de forma velada. Para encontrar su significado latente, el paciente debía contar todo lo que asociaba a ellos. Aunque la resistencia del paciente a comunicar, incluso a través de las asociaciones libres, podía ser un gran obstáculo, el análisis de la resistencia en sí misma podía ser un camino para descubrir los traumas. En todo caso, al superar la resistencia por el análisis, el yo consciente se fortalecía, al conseguir poner bajo su control los impulsos del inconsciente.

Freud sostenía que el psicoanálisis era una ciencia basada, en última instancia, en la observación imparcial de los datos clínicos, pero los “eruditos en la vida y obra de Freud” han mostrado que la práctica clínica de Freud tiene un componente de mala fe, puesto que él era perfectamente consciente de la falsedad de muchas de sus afirmaciones, a pesar de lo cual guardaba silencio frente a las refutaciones, invocaba confirmaciones imaginarias, manipulaba la información o simplemente mentía (vid. Le livre noir de la psychanalyse, de Catherine Meyer). A continuación, se va a hacer referencia a dos casos clínicos que pueden servir como muestra del fracaso del psicoanálisis freudiano como psicoterapia.

El caso de Anna O.

En 1882, cuando todavía era estudiante, el joven Sigmund Freud escuchó hablar a su amigo y mentor Josef Breuer del caso de Anna O., un caso grave de histeria que supuestamente Breuer había logrado curar de modo sorprendente. Anna O. sufría múltiples síntomas extremadamente espectaculares, pero Breuer había constatado que podía hacerlos desaparecer logrando que ella contara, bajo hipnosis, los incidentes traumáticos que estaban en el origen de sus síntomas. Intrigado por este caso, Freud empezó a interesarse por la terapia basada en la charla y la palabra. En 1953, Ernest Jones reveló que el tratamiento de Anna O. no estaba terminado, como contaba Breuer en Estudios sobre la histeria. Bertha Pappenheim (así se llamaba en realidad Anna O.) había tenido una recaída y tuvo que ser internada en una clínica, así que Breuer no la había curado. Además, los documentos revelan que Breuer le daba morfina para calmar sus dolores, de modo que la famosa cura por la charla y la palabra, modelo original de todas las curas analíticas del mundo, había sido un fracaso total, y tanto Breuer como Freud lo sabían.

Por otra parte, fue Breuer quien suspendió el tratamiento de Anna O. cuando empezó a encapricharse por ella. Sin embargo, Freud invirtió los roles de los dos protagonistas para sugerir la naturaleza sexual de la histeria de Anna O: tenía que ser ella la que se había enamorado de su psicoterapeuta, y no al revés.

La cocaína como terapia “eficaz”

Antes de practicar el psicoanálisis, Freud había llevado a cabo algunas experiencias con la cocaína. En concreto intentó utilizarla como medio para curar la morfinomanía. Llevó a cabo su intento con su amigo Ernest von Fleischl-Marxow, que sufría una fuerte dependencia de la morfina después de una operación quirúrgica. Si se da crédito a las publicaciones de Freud, la desintoxicación de la morfina gracias a la cocaína había sido un éxito total. Ernest von Fleischl-Marxow había logrado abstenerse de la morfina sin padecer síntomas de abstinencia importantes y, diez días después, había dejado de tomar cocaína. Pero la historia que Freud cuenta en la correspondencia privada que mantenía con su novia es muy distinta: Freud le revela que está muy preocupado por su amigo porque se ha hecho completamente adicto a la cocaína. Así pues, Freud no tenía ningún reparo en presentar al público una terapia desastrosa como un gran éxito.

Si el psicoanálisis no es una ciencia ni funciona como psicoterapia, entonces es inevitable preguntarse por las razones de la enorme implantación que tuvo a mediados del siglo XX. La respuesta que cabe dar es que la razón del éxito del psicoanálisis probablemente tiene que ver con la ausencia de psicoterapias alternativas de peso en la época, puesto que las neurociencias, la fisiología científica y la psicofarmacología no se habían desarrollado aún. Por otra parte, algunas de las alternativas que existían de hecho, como la práctica de la lobotomía en el tratamiento de algunos trastornos mentales, eran todavía más cuestionables.

La implantación social del psicoanálisis, pese a sus fracasos, pudo deberse también a los componentes ideológicos de la teoría que eran compatibles con el entorno social. Uno de estos componentes era la ideología de género: el psicoanálisis estaba completamente envuelto en la ideología de género de la alta sociedad de la época. Freud concebía a la mujer como una copia imperfecta del hombre a la que le falta el pene. Esta ausencia constituía el mayor obstáculo para el desarrollo personal y sexual de las mujeres y tenía consecuencias en sus capacidades intelectuales y de razonamiento. Por eso, según Freud, las mujeres no habían contribuido prácticamente en nada al desarrollo de la civilización, salvo en la invención del tejido, que es una actividad esencialmente femenina, puesto que lo que busca es esconder su carencia. Esta visión negativa de las mujeres era compartida en su época. El único terreno en el que las mujeres tenían un papel reconocido era en la maternidad y en el cuidado de los hijos, pero Freud negó también ese papel a las mujeres, pues el malestar generado por la ausencia del pene persigue a la mujer hasta en la maternidad. La mujer que decide tener un hijo lo hace para reemplazar el pene que no tendrá nunca. Desde la lógica freudiana, toda acción materna es potencialmente traumatizante para el niño: si el niño es muy mimado, el excesivo apego a la madre favorecerá la homosexualidad y si el niño es criado severamente, también. En cambio, es el padre el que es visto como el salvador del niño y, si se le permite cumplir adecuadamente con su rol, podrá intervenir en la relación madre-niño guiándole en su realización.

Esta “culpa de la madre” llega hasta el punto de que en la década de 1950 y 1960 el psicoanálisis llegó a considerar a las madres como responsables y culpables de trastornos mentales como la esquizofrenia o el autismo. Freud no creía que el psicoanálisis fuera útil en el tratamiento de enfermedades mentales como la esquizofrenia, pero algunos de sus discípulos hicieron oídos sordos. Un caso es del de Freida Fromm Reichmann que, en contra de las teorías psiquiátricas del siglo XIX, decretó que la esquizofrenia no era una enfermedad de origen fisiológico, sino que se debía al entorno del paciente y, sobre todo, a la influencia de la madre.

La pregunta es ¿por qué el psicoanálisis, a pesar de su probada falsedad, sigue vigente en nuestros días?  La respuesta es doble. En primer lugar el psicoanálisis, como cualquier otra pseudociencia, es incapaz de enmendar por sí mismo sus errores. Recurren de manera sistemática a la trampa metodológica. Si el paciente, por ejemplo, no está de acuerdo con lo que el terapeuta le dice es irremediablemente el paciente el que se equivoca puesto que no conoce los secretos del inconsciente.

En segundo lugar, la  psiquiatría actual no tiene casi contenido, se limita prácticamente a recetar pastillas. Estas prácticas “deshumanizadas” producen desaliento en los pacientes que lo que necesitan es una atención constante.  El psicoanalista se convierte así más bien en asesor espiritual de unos pacientes desatendidos por el sistema. Su función actual es la de psicagogo.

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